Marzo, el mes de monseñor Romero (III)


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Hay numerosas palabras (escritas o pronunciados) de monseñor Romero de gran profundidad y belleza, pero hay un texto que me resulta querido en especial, quizás porque me ayudó mucho en momentos de zozobra personal. Se trata del discurso de aceptación del doctorado “honoris causa” en la Universidad de Lovaina, pronunciado en esa ciudad el 2 de febrero de 1980, unas semanas antes de su muerte martirial.



Es posible que sea uno de sus discursos de mayor hondura teológica, y que en su redacción contase con alguna(s) persona(s) que le hiciesen aportaciones. Leer y releer estas palabras, rezar con ellas, me ayudó en tiempos de dificultad interior y exterior, cuando hay que recurrir al hondón de la fe para continuar en la vida.

Discurso en Lovaina

Encuentro significado en la totalidad del texto, pero hoy me ceñiré al último párrafo de su discurso en Lovaina, donde cita una frase de san Ireneo: “La gloria de Dios es el hombre que vive”. Él la concretó en la realidad salvadoreña de sus días como “la gloria de Dios es el pobre que vive”. Aunque monseñor no la pronuncia de forma explícita, la frase de san Ireneo se continúa como “y la gloria del hombre es la visión de Dios”. Por mi parte, añadiría: “Y, viviendo, el hombre intenta dar vida a otros”. En cualquier profesión, en cualquier esfera de la vida.

En múltiples ocasiones he acudido a esta frase como clave de interpretación de la realidad, propia o ajena. ¿Tal o cual cosa (decisión, compromiso, dedicación) da vida a la persona y a quienes le rodean? Nada tiene que ver con felicidad o tristeza, con estados de ánimo o sentimientos, que pueden ser pasajeros o inestables, sino con una forma de estar en el mundo y una praxis que los demás pueden objetivar y comprender, y que tiene unas consecuencias concretas sobre nosotros y nuestro entorno.

Médico general

Del mismo modo que monseñor Romero invita en su texto a interpretar la realidad sociopolítica (que califica de explosiva) de su país en sus días, podemos juzgar el hoy con la misma clave de lectura. Las decisiones personales y familiares, pero también de quienes nos gobiernan, ¿a quién benefician? ¿Dan vida o empobrecen y, en cierta manera, dan muerte? ¿Son positivas para las personas que nos rodean o para la sociedad en la que vivimos? ¿Crean empleo y posibilidades o, al contrario, pobreza y dependencia, ausencia de oportunidades? Todo ello es mensurable.

Responsabilidad personal

En relación con lo anterior, hay que recordar que monseñor siempre apeló a la responsabilidad personal, exhortó a no refugiarse en lo injusto de las estructuras para evitar comprometerse o justificar las malas acciones personales. Pedía una coherencia entre el hacer cotidiano de cada persona (en su trabajo, casa, familia, matrimonio) y el compromiso social o político.

Lo expresó así en una de sus homilías más conocidas, la penúltima, pronunciada el 23 de marzo de 1980, donde dijo: “Qué fácil es denunciar la injusticia estructural, la violencia institucionalizada, el pecado social. Y es cierto todo eso, pero, ¿dónde están las fuentes de ese pecado social? En el corazón de cada hombre… Todos somos pecadores… Por eso, la salvación comienza desde la dignidad del hombre, de arrancar del pecado a cada hombre.”

Creo que estas últimas frases ilustran y completan la cita del discurso en Lovaina. No podemos refugiarnos en acusar a estructuras o personas injustas para inhibirnos y no hacer lo que podamos por los demás, tener vida e intentar darla a otros. Debemos poner nuestro granito de arena en la construcción de un mundo mejor, que comienza por nuestra pequeña esfera de influencia, por humilde y limitada que sea. Tenemos una responsabilidad personal en nuestro mundo, pequeño o grande, y no podemos pasarnos la vida quejándonos de lo mal que está todo y echando la culpa a tal o cual gobernante, nacional o extranjero.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por nuestro país y por nuestro mundo.