Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Tenedores o cucharas


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Hay solo dos maneras de estar en el mundo: como tenedores o como cucharas. Los tenedores pinchan, sacan, hieren la vida de los demás. Las cucharas, en cambio, contienen, nutren y sostienen.



Víctor Frankl lo dijo con otras palabras, después de su experiencia en los campos de concentración: en todos los pueblos, en todos los bandos y en todas las épocas existen personas decentes e indecentes. La complejidad humana radica en que a veces mutamos de una versión a la otra y nos alejamos del mandamiento que nos enseñó el Señor: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Cómo andamos por casa

Si hacemos una pequeña introspección, quizá descubramos algo curioso. Con los demás solemos intentar ser cucharas: tratamos de actuar con verdad, bondad y caridad. Sin embargo, al tratarnos a nosotros mismos, muchas veces nos volvemos fieros tenedores que pinchan todo lo bueno y digno que Dios puso en nosotros al crearnos.

También puede ocurrir lo contrario: procuramos lo mejor para nosotros mismos, pero terminamos punzando a los demás con actitudes de acaparamiento, individualismo, violencia o indolencia. El desafío de la vida espiritual consiste en buscar una mayor coherencia interior: aprender a ser amor y servicio en todas las direcciones.

Cáritas inflación

No es fácil comprender por qué los seres humanos nos inclinamos hacia una u otra forma de vivir. A veces, personas que han recibido la misma educación, el mismo amor familiar y las mismas oportunidades terminan tomando caminos muy distintos. Una historia real lo ilustra bien. Tres hermanos quedaron huérfanos después de que un misil matara a sus padres. El mayor se convirtió en terrorista; el segundo decidió olvidar su pasado y se dedicó exclusivamente a ganar dinero; el tercero se transformó en voluntario por la paz.

Un misterio

¿Por qué ocurre esto? ¿Será parte de un equilibrio que no alcanzamos a comprender? ¿Influirán las relaciones que cada uno recibió desde el inicio de su vida? ¿Habrá también algo inscrito en nuestra historia biológica o en nuestra herencia emocional? El misterio del corazón humano sigue siendo profundo.

A veces, desde muy pequeños, algunas personas parecen inclinarse hacia el conflicto, la división o la agresión. Otras, en cambio, muestran una disposición natural a construir, dialogar y ayudar a quien se les cruza en el camino.

Sin embargo, incluso cuando alguien ha recibido heridas profundas, también puede aparecer algo sorprendente: personas que, habiendo sufrido el mal, deciden no reproducirlo, como fue el tercer hermano que optó por la paz. Transforman el dolor en sentido y se esfuerzan aún más por amar y servir.

La lucha espiritual

Tal vez lo más esperanzador de todo es que nadie es completamente una cosa u otra. La mayoría de nosotros somos cucharas en tiempos de calma, abundancia y seguridad. El verdadero dilema aparece cuando esas condiciones desaparecen. Cuando llegan el miedo, la escasez, la incertidumbre o la amenaza, entonces se revela hacia dónde se inclina nuestro corazón. San Ignacio de Loyola hablaba de algo parecido cuando describía el discernimiento entre dos banderas. Cada día, de una manera u otra, elegimos bajo qué bandera queremos vivir.

Hoy atravesamos tiempos particularmente inciertos y violentos. No cuesta ver regimientos de tenedores buscando su parte y dañando al resto sin demasiada vergüenza. A menudo se justifican diciendo que se trata de “daños colaterales”. Para los cristianos, en cambio, la invitación es distinta: intentar vivir como cucharas, incluso en medio de nuestra fragilidad.

¿Cómo lograrlo? Para resistir la tentación de la dureza, necesitamos algo más grande que nuestras propias fuerzas. Necesitamos pedir a Dios que abra nuestros ojos para reconocer la verdad de lo que somos y descubrir su presencia actuando silenciosamente en la vida. Muchas veces terminamos comportándonos como tenedores no por maldad deliberada, sino por miedo, angustia, inseguridad o desconfianza. Son heridas de nuestra ceguera interior que nos hacen creer que todo depende exclusivamente de nuestra capacidad de defendernos.

Sin embargo, la fe cristiana recuerda algo fundamental: Dios es más grande que cualquier oscuridad. En la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo, el amor ya ha vencido al odio. Por eso vale la pena cultivar conscientemente la fe, la confianza y el abandono. De esa manera podremos atravesar incluso los tiempos más turbulentos sin dejar de sostener la vida de los demás. Al final del día, cada gesto cotidiano nos vuelve a colocar frente a la misma pregunta sencilla y decisiva: ¿voy a actuar hoy como tenedor o como cuchara?