Tribuna

Razón de mi Esperanza

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“Dichosos ustedes, si tienen que sufrir por la justicia. No teman ni se inquieten; por el contrario, glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen”, nos dice el apóstol Pedro en su primera carta.



Entre las tantas formas de comunicar que tenemos como Iglesia católica –donde pareciera que todas son válidas–, podemos ver con claridad que este paso de Francisco a León XIV nos permite un tiempo propicio para reflexionar y discernir en profundidad las maneras en las que nos pronunciamos ante y con el Evangelio.

Son demasiadas las voces que quieren intervenir en favor de un León XIV alejado de Francisco y hacen ver y creer que no sería la continuidad, si no la vuelta hacia una iglesia más tradicional. Y hay algunas voces que, sin haberse encontrado con las profundidades de Francisco, proponen volver a un magisterio anterior al Concilio Vaticano II, desde el cual se marcó un giro fundamental, pasando de una apologética de paredes defensivas a una evangelización de encuentro en el diálogo y abiertamente testimonial. “Cualquiera que se las pida”, dice Pedro. No caigamos en la tentación de responder lo que la gente no pregunta.

Podríamos aprovechar digo, este tiempo, para preguntarnos qué es lo que estamos diciendo y cómo, para quiénes estamos hablando, qué jergas y preconceptos utilizamos, cómo se autorizan las voces contrarias en todo al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia y algunas cuestiones más.

¿Cómo nos estamos comunicando dentro de las asperezas que proponen los medios y las redes? ¿Con qué palabras respondemos? ¿Cómo y dónde busco la verdad? ¿Me dejo descolocar por la Palabra o sólo quiero pensarla y dar respuestas intelectuales acomodadas a mi propio juicio? ¿Cómo asumo la responsabilidad de lo que genero? ¿Dejo que el Evangelio corrija mi modo de decir?

Francisco nos dijo en su libro Esperanza, que “Dios ama las preguntas de manera especial. En cierto sentido, las ama más que las respuestas”.

En el Concilio Vaticano II

La constitución dogmática ‘Dei verbum’ cambia el enfoque de la enseñanza y la prédica y nos manifiesta que la fe no es solo aceptar verdades lógicas, sino un encuentro con la persona de Jesús. Ni más ni menos, tal como lo dijera también Benedicto XVI.

El Concilio nos invita a no tener que hacer defensa alguna de las verdades de nuestra fe, porque Dios puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana, y subraya que la Revelación nos permite conocerlo con facilidad y sin error. Por lo que la mejor “defensa” de la esperanza es mostrar cómo la Palabra de Dios responde a los anhelos más profundos del ser humano. Y esos deseos no son teorizables, ni se basan en respuestas estridentes de quienes se enarbolan con la cita de Pedro para hacer defensas porque no se han actualizado con las enseñanzas del Magisterio.

Esa sed no se deja moldear por palabras ajenas al Evangelio. Pareciera que quienes se dejan absorber por la apologética del formateo, no están teniendo sed de Dios sino la aspiración de imponer sus propias fragilidades y buscan lugares y modos que el Reino no pide.

Ni la fe ni la esperanza ni la caridad necesitan ser defendidas de nada ni de nadie. La esperanza no está sostenida por fundamentos teológicos y no pasa por fundamentar en qué creo. Porque si mi fe solamente está sostenida por una teoría de especulación teológica y por los dogmas, qué pobre es mi fe. Nuestra vocación de seguidores de Jesús es alimentada día a día por lo que nos es revelado. Y si tengo que defenderme de alguien, de una persona que sostiene algo diferente a mi fe, en ese mismo momento estoy creando un enemigo. No tenemos nada que defender. Si hay que defender a Dios, deja de ser Dios.

CVII

La constitución pastoral ‘Gaudium et spes’ nos muestra el diálogo con el ateísmo. El Concilio reconoce que, a veces, los propios creyentes —por descuidar su formación o dar mal ejemplo— han “velado” el rostro de Dios a los demás. Y nos presenta a Cristo como el “hombre nuevo” que manifiesta plenamente el hombre al propio hombre. La prédica aquí tiene una base antropológica: si quieres saber quién eres, mira a Cristo.

La declaración ‘Dignitatis humanae’, que habla de la libertad religiosa, establece que la verdad no se impone, sino que se propone, porque la defensa de la fe debe respetar siempre la libertad de conciencia, que se busca mediante la investigación, el magisterio y el diálogo.

Asimismo, el decreto ‘Apostolicam actuositatem’ –sobre el apostolado de los laicos– se nos dice que la evangelización no es solo cosa de teólogos. El laico “da razón de su esperanza” principalmente a través de su coherencia de vida en el trabajo, la familia y la sociedad.

Unos años más tarde, desde la exhortación apostólica ‘Evangelii nuntiandi’, nos resuena la voz del papa Pablo VI diciendo: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos” (Evangelii Nuntiandi, 41).

Cambio de paradigma

Hay un antes y un después del Concilio Vaticano II que marca un cambio de visión, misión y funciones propias de la Iglesia en su conjunto. Enrique Angelelli, obispo riojano y mártir, basó su magisterio en la renovación del Concilio Vaticano II (1962-1965), “gritando” la necesidad de amar al hombre mediante la justicia, la dignidad y el compromiso con los más pobres.

Mientras que la apologética clásica mostraba un tono defensivo y de disputa, cuyo objetivo era ganar con argumentos y demostraciones lógicas y el interlocutor era un adversario, el concilio propone el diálogo y el acompañamiento, el encuentro con Cristo, el testimonio y la belleza y el interlocutor es un “hermano que busca”. Al decir de Francisco, “podemos compartir la vida y en algún momento proponer el camino de fe”.

En la encíclica ‘Verbum domini’, Benedicto XVI nos dice que “es importante que toda modalidad de anuncio tenga presente, ante todo, la intrínseca relación entre comunicación de la Palabra de Dios y testimonio cristiano. De esto depende la credibilidad misma del anuncio. Por una parte, se necesita la Palabra que comunique todo lo que el Señor mismo nos ha dicho. Por otra, es indispensable que, con el testimonio, se dé credibilidad a esta Palabra, para que no aparezca como una bella filosofía o utopía, sino más bien como algo que se puede vivir y que hace vivir. La Palabra de Dios llega a los hombres por el encuentro con testigos que la hacen presente y viva”.

Si tenemos que defender nuestra fe a base de interpretaciones personales, dogmas y doctrinas, estaremos dando la vida por teorías. Y nosotros, no seguimos teorías, seguimos a la persona de Jesús.  

Finalmente…

El papa León XIV, en su llamado a la fidelidad creativa, nos habla de la Revelación como diálogo de amor, contra el fundamentalismo y el racionalismo y nos recuerda que la Iglesia es el lugar propio de la Palabra que da sabor y verdad a la vida.

Estamos necesitados del sentido de la Palabra porque nuestro tiempo también habita en los pliegues que nos propone. Podemos ir en busca de ese despliegue para que la fe no sea un acto ciego y acompañar a quienes, sedientos de Dios, necesitan dejarse encontrar.

“Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37)”, de Francisco en Evangelii Gaudium.

No somos maestros de una escuela del deber ser moralizante que puede paralizarnos por los miedos, esos que deja a algunas personas secuestradas por los decires de quienes necesitan hacerse del poder para dominar con conjuros que imponen el infierno. Esas dominaciones que se enquistaron en nuestra Iglesia de varios siglos atrás.

“No se puede ser cristiano sin que se dé la franqueza (parresía): si no se da, no eres un buen cristiano. Si no tienes el coraje, si para explicar tu posición resbalas en ideologías o explicaciones casuísticas, te falta esa franqueza, te falta ese estilo cristiano, la libertad de hablar, de decirlo todo, el coraje”, dijo Francisco en su homilía del 18 de abril de 2020.

Y el papa León XIV nos dijo recientemente, que “la fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos”.

Dar cuenta de nuestra esperanza a quien nos la pide, no es lo mismo que ir librar batallas de defensa del Evangelio a quien no nos hizo la pregunta porque no supimos entablar diálogos y dar testimonio. El Evangelio no necesita de mí, ni de nadie que lo defienda.

Nuestra esperanza también requiere de la oración que busca la novedad de Dios, del discernimiento comunitario que puede responder en comunión y de una formación constante que nos permita desplegar sentido ante la vaciedad que nos atraviesa.

Los dones han sido derramados en cada persona humana. No pueden ser guardados en soliloquios personales amparados en un curso de seis meses de la mano de quienes desean imponer una religión y no buscan ser sembradores de Reino a la manera de Jesús.

Colaboración: Juampy Zulli