Desde el corcho de mi despacho me contemplan dos postales de monseñor Romero. En una está vestido de arzobispo, con el solideo y la cruz pectoral de su cargo. En la otra, con un sencillo alzacuello, y solo el anillo le revela. En ambas se ve tímido, discreto, tal como fue en vida. Era su carácter: un hombre algo reservado, circunspecto, poco dado a declaraciones grandilocuentes o extemporáneas y a opinar sobre lo que desconocía o no dominaba.
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Una persona incluso timorata en sus comienzos, que sufrió la incomprensión de derechas e izquierdas, de aquellos que querían posicionamientos tajantes y opiniones apodícticas. Nunca encontraron eso en monseñor Romero; por eso le apremiaban y su ritmo les incomodaba. Porque él necesitaba contrastar las realidades del presente turbulento que vivía con el magisterio de la Iglesia y, sobre todo, con su propia vivencia interior de fe y oración. Lo hacía cada día en la soledad de su habitación, donde tantas veces lloró por los ausentes y pidió claridad para iluminar las situaciones que acontecían, a ritmo casi frenético, en El Salvador de finales de los años 70.
Era uno con ellos
Sin embargo, aquel hombre en ocasiones cohibido se transformaba en dos circunstancias: a lo largo de sus homilías, donde se crecía hasta proporciones desconocidas, convirtiéndose en el profeta que conocimos y que cumplió el carisma a su pesar, muriendo de forma violenta; y en las visitas a las aldeas y cantones, rodeado de la gente humilde de la que él mismo procedía. Acariciaba a los niños que se le acercaban, aceptaba los pequeños regalos que le daba aquella gente sencilla que casi nada poseía con una sonrisa, con un gesto. Rezaba con ellos, celebraba con ellos, sufría con ellos, lloraba con ellos, intentaba repartir esperanza en medio de la sangre y el dolor.
Quizás, monseñor Romero haya sido de las pocas personas que haya podido pronunciar la palabra “pueblo” (seguida del adjetivo que deseen: salvadoreño, pobre, cristiano) sin mancillarla, sin manipularla. Provenía de una familia humilde, mantuvo la sencillez a lo largo de toda su vida y murió defendiendo a sus ovejas de los lobos.
Contraste con los políticos
Cuánto indigna escuchar hablar en nombre del pueblo y de “la gente” a la mayoría de nuestros políticos, desde sus cargos públicos bien retribuidos, sus sueldos principescos, sus mansiones edificadas con el esfuerzo de los demás, sus coches con chófer. Qué agudo contraste con aquel hombre siempre cortés y en ocasiones retraído, que nunca levantó la voz sino para clamar que cesara la represión contra el pueblo salvadoreño, cuando ya no hablaba por él mismo, sino que era la voz del Espíritu hablando a través del profeta, tal como rezamos en el Credo de nuestra fe: “Habló por los profetas”.
En las entradas de este mes recordaré y reflexionaré al hilo del recuerdo de monseñor Romero. Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos

