José Francisco Gómez Hinojosa, vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México)
Ex vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

Los hermanos irreconciliables


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Ahora que ha iniciado la Cuaresma, y todavía algunas personas debaten sobre formas de ayuno y abstinencia, recuerdo la historia de dos hermanos, peleados por la herencia familiar, al grado de no hablarse durante años.



Uno se llamaba Pío, devoto rezandero, ministro de la Sagrada Comunión, de misa y rosario diarios, y de cuyo cuello pendían medallitas y escapularios. Tales blasones religiosos no le impidieron separarse de su hermano, por asuntos de dinero. El otro llevaba por nombre Jacobo, y desde niño se distinguió por su ateísmo. No recibió la primera comunión, y nunca se casó por la Iglesia, pero era hombre bueno y ayudaba a quien padecía necesidad.

A este se le ocurrió provocar una reconciliación. Los dos ya eran muy mayores y no quería dejar esta vida -no creía en la otra- cargando con ese remordimiento. Así que tomó el teléfono y le llamó. Lo invitaba a desayunar, ellos dos solos, para ya hacer las paces y terminar con este desencuentro tan prolongado.

Imposición de ceniza

Imposición de ceniza. Foto: Parroquia Corpus Christi (Monterrey)

Pío se sorprendió, y aceptó con cierta molestia, por no haber sido él quien tomara la iniciativa. Su director espiritual se lo había aconsejado insistentemente, pero el orgullo terminaba siempre por imponerse a la humildad necesaria para pedir perdón.

Jacobo echó ‘la casa por la ventana’ para agradar a su consanguíneo. Además de que hizo aseo general en la casa, y de que adornó la mesa con flores, preparó -era un excelente cocinero, sibarita y glotón, antojadizo- un banquete a base de machacado con huevo, chicharrón prensado en salsa verde, quesadillas, guacamole y totopos, frijoles bañados con queso panela, molletes, más la fruta, granola y yogurt de rigor. Jugo de toronja y café con un poquito de ‘piquete’ completaban el espléndido menú.

Cuando llegó Pío, y vio la espledidez de las viandas, no solo no se alegró del gesto fraternal, tampoco agradeció la convocatoria y el gran esfuerzo preparativo, sino que se indignó al máximo, y le gritó al anfitrión: ¡qué no sabes que hoy es Miércoles de Ceniza, y que obliga el ayuno y la abstinencia! ¿por qué me provocas con estos platillos que están prohibidos al inicio de la Cuaresma? ¡no me vuelvas a buscar jamás, ya no somos hermanos!

Jacobo se entristeció, por su abortado intento, pero escuchó que pasaba por la calle el camión de la basura, e invitó a los trabajadores a degustar los platillos cocinados para su hermano quien, todavía mascullando resentimiento y rencor fraternos, se apresuró para llegar a su parroquia: le habían encargado que impusiera la ceniza.

Pro-vocación

Y sí, el problema con los lefebvrianos no se reduce a querer consagrar obispos sin la anuencia papal. La raíz del posible cisma promovido por ellos está en su oposición al Concilio Vaticano II. Pero no solo los discípulos de Marcel Lefebvre participan de este antagonismo. En muchos obispos, clérigos, consagrados y laicos persiste la molestia contra el acontecimiento más importante del siglo pasado, y que todavía hoy arroja cuentas pendientes, sobre todo en la imagen que propuso de una Iglesia más horizontal y menos vertical.