Simplemente, tenemos que hacer que la gente se sienta amada, y eso trae todo el resto de bienes. ¿Sabemos hacer que la gente se sienta querida? ¿Saludamos, miramos, preguntamos, escuchamos, acariciamos, abrazamos de modo que los demás se sientan amados? No parece difícil y, sin embargo, nuestro mundo está sediento de amor.
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Según una encuesta de la Cátedra ‘Amoris Laetitia’ de la Universidad Pontificia Comillas, el 38,5% de la población, a veces, no se siente amada por nadie, y al 5,5% le ocurre continuamente. Irá a más porque, desde la Casa Blanca, el político más poderoso de la Tierra ha proclamado expresamente la virtud del odio, y la hegemonía cultural estadounidense se inocula por las venas del planeta. Tras la cuádruple polarización (desigualdad, desvinculación, guerra de identidades y extremismos políticos), parece que el mundo ha perdido capacidad de esperanza. Y esto es letal porque el ser humano es el sistema de la esperanza. Las piedras son sistemas minerales, los animales son sistemas vivos y nosotros somos sistemas de esperanza.
Conversar es la clave
En el fondo, los extremismos son nihilismos faltos de esperanza. Creen que no es posible la conversación con los que son distintos a nosotros. Conversar es llegar juntos a una versión común, y esa gran conversación de la sociedad es la que parece que no sea posible. Han perdido la esperanza en que sea posible conversar entre europeos cristianos y musulmanes, ateos y creyentes, izquierdas y derechas, a un lado y otro de las fronteras, etc. Y como creen que la conversación no es posible, transforman sus creencias en castillos, se fundamentalizan, arman el autoritarismo y pretenden aniquilar a los otros. Porque creen que los otros harán lo mismo si toman el poder.
Pero sí es posible la conversación y el amor social y político con todos. También con quien no quiere o no puede amar.
