Tribuna

Camino a la fuente

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“Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente, cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las copas gemebundas”. Así comienza ‘El Discurso del Contemplativo’, poema del poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre de su libro ‘La Torre de Timón’ de 1925.



El poema me habla de una fuente ubicada en el centro del patio, cuyo rumor es lo único que desea el poeta escuchar. Esta presencia que, entiendo, proviene en cierta medida de la cultura árabe, evoca una misteriosa sensación de sosiego, que invita a la introspección y la paz, aislando el hogar del ruido del mundo exterior.

Si nos aventuramos a peregrinar por los evangelios, tendremos una visión diferente, pero no tanto, a lo que expresa Ramos Sucre. La fuente, entendida como el origen de la fuerza y la identidad de Jesús, no es un lugar ruidoso, sino un espacio de silencio absoluto donde ocurre el encuentro con el Padre. Claro, los evangelios no nos señalan una fuente decorativa, sino, todo lo contrario, espacios que no sugieren una belleza sencilla y simple. El desierto, la montaña, el alba, el huerto son, más bien, espacios que nos conducen a un verdadero reto de búsqueda de un aposento interior.

La imagen de la fuente

“Aquella eterna fuente está escondida, que bien sé yo do tiene su manida, aunque es de noche”, escribe san Juan de la Cruz. Estos versos se desbordan en el corazón del encierro. Fue compuesto en la cárcel de Toledo, mientras contemplaba la fuerza vigorosa que se desgrana de las Bienaventuranzas. En la mística cristiana, la imagen de la fuente es uno de los símbolos más potentes y recurrentes para describir la relación entre Dios y el alma.

No representa solo el agua, sino el origen incesante, la pureza y la comunicación de la vida divina. Para san Juan de la Cruz, la fuente es oculta, quizás misteriosa, pero real. Aunque el alma esté en la noche oscura (tiempos de duda o sufrimiento), la fuente sigue brotando, representando una verdad que no se ve con los ojos, pero que se experimenta en lo profundo.

Fuente Yulijardines

Santa Teresa de Jesús nos desnuda otra imagen fresca y fecunda de la fuente. Una fuente que emerge en su corazón desde la Escritura: “Mi alma está sedienta de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua” (Sal 62,2). La búsqueda de Dios, apasionada y gozosa, florece en los que están enamorados de un Dios que nos ha tocado el corazón con su hermosura, porque solo se pone en camino el que ha sido amado.

Escribe santa Teresa: “Si os lleva el Señor con alguna sed en esta vida, en la vida que es para siempre os dará con toda abundancia de beber” (C 20,2). La contemplación excava en el orante una extraña sed de Dios. “¡Con qué sed se desea tener esta sed!” (C 19,2).

Camino a la fuente

San Juan de la Cruz enseña que la fuente sigue brotando, representando una verdad que no se ve con los ojos. Algo similar nos apunta el místico sufí, Rumí, cuando afirma que: “Todo lo que ves tiene sus raíces en el mundo invisible. Las formas pueden cambiar, pero la esencia sigue siendo la misma”. Rumí advierte algo que me resulta seductor y que, de alguna manera, me conduce a un momento sublime del Evangelio. Señala que Dios no puede ser contenido por el cielo ni por la tierra, pero sí por el corazón del creyente. El corazón del creyente se transforma en aposento espiritual, es decir, silencio del alma donde la fuente divina fluye sin obstáculos.

En el ‘Sermón de la Montaña’, Jesucristo instruye a sus discípulos a orar en lo secreto, cerrando la puerta: “Cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará” (Mt 6,6). Volver al corazón, así lo señala san Agustín. El corazón es la fuente, es el aposento; allí nos espera el Señor, centro integrador del ser, punto de encuentro entre la razón, la voluntad y la afectividad. El papa Francisco lo comprendió como santuario donde se produce el encuentro con la gracia y centro de comunión. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris
Maracaibo – Venezuela