“Nosotros nos resignamos ante la voluntad de Dios, no ante las injusticias de los hombres” (atribuido a Dom Helder Cámara). Ante una tragedia, cuando se han perdido tantas vidas humanas, no puede ni debe tolerarse la inacción o la incompetencia, que debe denunciarse desde todos los foros posibles. Porque, si bien es cierto que siempre han ocurrido y ocurrirán tragedias, también es cierto que deben analizarse sus causas y ponerse el posible remedio. Del mismo modo que se hace con los errores médicos, de los cuales siempre se debe realizar un análisis minucioso y aprender de ellos, tal como se hizo en el caso de las sobredosis de antineoplásicos en el hospital de Burgos, el error en sanidad que de forma más reciente ha aparecido en la prensa.
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Si se ha cometido un error, sobre todo si tiene consecuencias fatales, se debe determinar en qué eslabón se ubica la responsabilidad y ver qué ha fallado. Si fue el material, si un fallo humano, si es un error o una negligencia, con muy diferentes consecuencias administrativas y/o penales.
Debemos dar la cara
Porque una cosa es el error y otra la negligencia. Los errores son humanos; incluso poniendo un buen número de medios, ocurren. Puedo hablar del campo sanitario. Los vivimos a diario en el hospital, en todos los hospitales, y tienen consecuencias leves o graves, según se trate. Errores en la medicación, en las exploraciones complementarias que se realizan, a veces tan groseros –por fortuna cada vez menos frecuentes– como amputar la extremidad equivocada o a un paciente equivocado. Aunque sea personal auxiliar quien los cometa, somos los médicos quienes debemos dar la cara. No ocurren por mala voluntad, sino por descuidos, prisas, mala coordinación. He vivido muchos durante mi vida profesional.
La negligencia, sin embargo, es evitable. Entraña una mala praxis y desinterés, falta de formación o entrenamiento. He cometido algunos errores en mi carrera –desconfíen del médico que no reconozca esta realidad–, por diagnósticos tardíos, o tratamientos ineficaces, pero nunca he sido negligente.
Desde estas pequeñas experiencias médicas que comparto con ustedes, para un lego como yo, el terrible accidente de Adamuz impresiona, no como un error, sino como una negligencia. Cada vez se van conociendo más datos sobre un pobre mantenimiento de una vía sobreutilizada, con ausencia de controles eficaces, sin prestar atención a las continuas denuncias de los conductores de tren, los que de veras conocen qué ocurre debajo de sus máquinas, en las vías.
Deterioro inexorable
Además, el accidente se enmarca en un deterioro inexorable de uno de los otrora buques insignias de nuestro país, el tren de alta velocidad. Cualquier usuario sabe a qué me refiero. Entristece ver cómo se ha estropeado y pervertido un sistema ferroviario que no hace demasiado funcionaba como un reloj, y del que nos sentíamos orgullosos como país (más allá de reflexiones sobre su necesidad y oportunidad reales, en detrimento de todo el resto de la red).
Cuando se invierten cientos de millones en políticas sectarias, en inversiones injustificables, algunas de las cuales se hallan en investigación por los tribunales; cuando se descuida el bien común y se prefiere engordar el presupuesto de ministerios inútiles e incompetentes, mientas se racanean fondos para los enfermos de ELA, o para indemnizar a las víctimas de catástrofes naturales. Cuando eso ocurre en un país, la ciudadanía debe decir basta en las urnas y en las calles.
Porque, en este momento, apoyar el actual orden de cosas significa cabalmente ser cómplice de una situación de injusticia y daño social, y resulta injustificable.
Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos y por este país.

