Los recuerdos, cuando son profundos, suelen tener nombre propio. En este caso, Lucía, una chica de 27 años (celebramos en la unidad de cuidados paliativos su cumpleaños número 28, pocos días antes de fallecer por un tumor cerebral). Estuvo con nosotros en la unidad casi tres meses. “No tengo miedo a morir. Sé bien a dónde voy. Solo me preocupan mi madre (el padre había fallecido) y mis dos hermanos (una chica y un chico que iniciaba su adolescencia)”. Yo acababa de empezar mi servicio en el hospital… Ese día comprendí que era mucho lo que iba a recibir de los enfermos, si lograba estar con el corazón disponible y los oídos abiertos. Y así fue. No dejo de dar gracias a Dios por Lucía y por tantos otros enfermos y enfermas que me dejaron pisar el suelo sagrado de su habitación.
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En cuidados paliativos no solo se tratan diagnósticos y síntomas (muchas veces refractarios, de difícil control). Por encima de todo eso, se acompaña a personas que sienten, aman y se preocupan (muchas veces más por su familia que por sí mismas). El objetivo es claro: proveer de los adecuados apoyos para que el enfermo pueda vivir con la máxima calidad de vida hasta el final de sus días. Los cuidados paliativos no prolongan la vida, porque el proceso de morir ya se ha iniciado, pero tampoco aceleran la muerte: solamente –¡solamente!– intentan estar presentes y aportar los conocimientos médicos, psicológicos y espirituales especializados para atender lo mejor posible a la persona que afronta el final de su biografía. Y es que, de principio a fin, el cuidado que ofrecemos a las personas debe ser siempre integral, también en la última etapa de su enfermedad.
Como dice el núm. 2 de la carta ‘Samaritanus Bonus’, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en septiembre de 2020, “los cuidados paliativos no bastan si no existe alguien que está junto al enfermo y le da testimonio de su valor único e irrepetible”. Pero prestemos atención a cómo debe ser ese estar. Así, haciendo pie en la escena del Calvario, unas líneas más adelante leemos en ese mismo documento vaticano: “Alrededor de la Cruz están también los funcionarios del Estado romano, están los curiosos, están los distraídos, están los indiferentes y los resentidos; están bajo la Cruz, pero no están con el Crucificado. En las unidades de cuidados intensivos, en las casas de cuidado para los enfermos crónicos, se puede estar presente como funcionario o como personas que están con el enfermo”. Este es el meollo de todo acompañamiento.
Pastoral de la salud, a examen
La celebración del Día del Enfermo puede ser una magnífica ocasión para hacer examen de conciencia de cómo va nuestra pastoral de la salud. Pienso que hay mucho margen de mejora. “El amor no es pasivo, va al encuentro del otro”, señala el papa León XIV en el mensaje de este año. También nosotros, los creyentes (y de manera particular quiero referirme a los agentes de pastoral), estamos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas. ¿Serán los enfermos necesitados de cuidados paliativos los ‘anawin’ del presente, los más pobres de los pobres como decía santa Teresa de Calcuta? Aquí está el ‘kairós’, la oportunidad propicia que nos brinda Dios para nuestra salvación.
Las preguntas se agolpan en mi cabeza y en mi corazón: ¿no nos estaremos olvidando de acompañar a nuestros enfermos y a sus familias como Dios manda? ¿Cómo puede haber capellanes que racaneen el tiempo dedicado al hospital, por el cual, además, están cobrando un sueldo? Cuando faltan manos para tantas necesidades pastorales, ¿qué lugar ocupa realmente la pastoral de la salud en nuestras prioridades pastorales? ¿Invertimos tiempo, dinero y recursos humanos en este ámbito pastoral? Un dato… de mi diócesis (así nadie se enfada): en los últimos cuarenta años, no se ha mandado a ningún sacerdote a especializarse en pastoral de la salud.
Parábola actual y necesaria
San Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y ahora León XIV vienen advirtiendo de manera insistente sobre la importancia de la pastoral de la salud. Por eso, proponen una y otra vez la parábola del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza y potencialidad de la caridad y la dimensión social de la compasión, verdadero núcleo de la vida cristiana. León XIV nos dice en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de este 2026: “No son meros gestos de filantropía, sino signos en los que se puede percibir que la participación personal en los sufrimientos del otro implica el darse a sí mismo, supone ir más allá de cubrir necesidades, para llegar a que nuestra persona sea parte del don”. Honrar a Dios cargando sobre nuestras espaldas el dolor total del otro.
Francisco dice en el núm. 70 de su encíclica ‘Fratelli tutti’ (2020): “Nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y nuestros disfraces se caen: es la hora de la verdad. ¿Nos inclinaremos para tocar y curar las heridas de los otros? ¿Nos inclinaremos para cargarnos al hombro unos a otros? Este es el desafío presente, al que no hemos de tenerle miedo. En los momentos de crisis la opción se vuelve acuciante”. Dentro de pocos días iniciaremos el tiempo de Cuaresma: no dejemos de pensar en ello. (…)
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Índice
AMAR LLEVANDO EL SUFRIMIENTO Y EL DOLOR DEL OTRO
EL ENFERMO TERMINAL
RAÍCES CRISTIANAS DE LOS CUIDADOS PALIATIVOS
LA OMS Y LOS CUIDADOS PALIATIVOS
LA REALIDAD DE LOS CUIDADOS PALIATIVOS
¿CUÁL ES LA PREGUNTA FUNDAMENTAL ANTE LA MUERTE?
DOCUMENTO DE VOLUNTADES ANTICIPADAS
CONCLUSIÓN

