En la tarde de este 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor y XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada, el papa León XIV ha presidido la Eucaristía en la Basílica de San Pedro. En su homilía, el Pontífice ha situado la jornada a la luz del Evangelio de Lucas, que presenta a Jesús reconocido en el Templo por Simeón y Ana. Para León XIV, esta escena refleja “el encuentro entre dos movimientos de amor”: por un lado, “el de Dios que viene a salvar al hombre”; por otro, “el del hombre que espera con fe vigilante su venida”.
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El Papa ha subrayado que Jesús se presenta “como hijo de una familia pobre”, ofreciendo la salvación “en pleno respeto de nuestra libertad y en plena comunión con nuestra pobreza”. En ese modo de actuar, ha dicho, “no hay nada coercitivo, sino solo la potencia desarmante de su gratuidad desarmada”.
Del mismo modo, León XIV, ha recordado que el papa Francisco pidió a religiosos y religiosas que “despertéis al mundo, porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía”. Una llamada, subrayó, a ser “mensajeros y mensajeras que anuncian la presencia del Señor y preparan su camino”, no desde el poder o la imposición, sino desde una entrega que pasa por el “vaciarse” de sí mismos, el arraigo en la oración y la disponibilidad a “consumirse en la caridad”. De esta manera, la misión de la Vida Consagrada se realiza ante todo “mediante el sacrificio de la propia existencia, arraigados en la oración y dispuestos a consumirse en la caridad”.
León XIV ha evocado también el testimonio de los fundadores y fundadoras, que supieron vivir “en continua tensión entre la tierra y el cielo”. Algunos, ha recordado, fueron llamados al silencio del claustro; otros, a la enseñanza, a la misión, a las periferias o “a la miseria de las calles”. Todos ellos regresaban “a los pies de la cruz y ante el sagrario”, para ofrecerlo todo y reencontrar en Dios “la fuente y la meta de toda su acción”.
Presencia que no huye
El Papa ha destacado también la presencia de comunidades religiosas en contextos de extrema dificultad, incluso en medio de conflictos armados. Son, ha dicho, auténticos “cuarteles de Evangelio” donde los consagrados “no se van, no huyen, permanecen despojados de todo para ser un signo, más elocuente que mil palabras, de la sacralidad inviolable de la vida”.
Esa presencia, ha subrayado, recuerda que “el joven, el anciano, el pobre, el enfermo o el encarcelado tienen, ante todo, un lugar sagrado propio, en el altar y en el corazón de Dios”, y que cada persona es “santuario inviolable de su presencia”.
Una esperanza más allá de la muerte
Deteniéndose en la oración de Simeón —’Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz’—, León XIV ha señalado que la vida consagrada enseña la inseparabilidad entre el cuidado de las realidades terrenas y la esperanza en las eternas. Como Simeón y Ana, los consagrados mantienen la mirada fija “en los bienes futuros”, viviendo ya desde ahora orientados a la plenitud definitiva.
En el tramo final, el Papa ha recordado que Cristo murió y resucitó para liberar al ser humano “del temor de la muerte”, y que quienes lo siguen más de cerca pueden mostrar al mundo, “en la libertad de quienes aman y perdonan sin medida”, caminos para superar los conflictos y sembrar fraternidad. “Queridas consagradas y queridos consagrados, la Iglesia hoy da gracias al Señor y a ustedes por su presencia, y los anima a ser, allí donde la Providencia los envíe, fermento de paz y signo de esperanza”, ha concluido el pontífice.