El misterio del sufrimiento humano encuentra su expresión más dolorosa en la enfermedad del inocente. Cuando un niño enfrenta una dolencia incurable, el mundo parece sumirse en una penumbra que desafía la lógica y la esperanza. Sin embargo, para la Iglesia Católica, estos pequeños no son víctimas del azar, sino iconos vivientes de la Pasión de Cristo. En sintonía con la intención de oración del papa León XIV, intentamos introducirnos en este misterio desde la fe y la oración.
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En su ‘Carta a los niños’ de 1994, Juan Pablo II evocó la protección de Jesús hacia los pequeños, advirtiendo contra escandalizarlos y destacando milagros como la resurrección de niños enfermos: “Si es cierto que un niño es la alegría no sólo de sus padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, es cierto igualmente que en nuestros días muchos niños, por desgracia, sufren o son amenazados en varias partes del mundo: padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades y de la desnutrición, perecen víctimas de la guerra, son abandonados por sus padres y condenados a vivir sin hogar, privados del calor de una familia propia, soportan muchas formas de violencia y de abuso por parte de los adultos”.
El niño como centro del Reino
En los evangelios podemos ver claramente cómo Jesucristo otorga un lugar privilegiado a los niños, no por su capacidad, sino por su pureza y vulnerabilidad. Jesús establece una identificación mística con la infancia: “El que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18,5). El niño enfermo no es solo un paciente; es la presencia real de Cristo que demanda acogida.
San Juan Crisóstomo señalará que Jesús, al poner a un niño en medio de los discípulos, no solo les dio un ejemplo visual de humildad, sino que elevó el acto de hospitalidad a un nivel divino. San Agustín, en este sentido, destacará que la grandeza cristiana no consiste en subir, sino en descender. El niño es símbolo de la humildad voluntaria; recibirlo significa abrazar la pequeñez como el único camino legítimo para entrar en el Reino.
San Hilario de Poitiers llevará la interpretación a un nivel cristológico, señalando que Cristo mismo se hizo pequeño al encarnarse. Por lo tanto, cuando recibimos a un niño (o a un humilde) en Su nombre, estamos acogiendo el misterio de la Encarnación. Jesús se identifica con el niño porque Él mismo se despojó de su gloria para servir.
Benedicto XVI en ‘Spe salvi’ presentó el sufrimiento de los niños como maravillosa oportunidad de aprender sobre la esperanza mediante la unión con Cristo, apremiando disminuir el sufrimiento infantil sin evadirlo. “Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que se hundiese en lo profundo del mar” (Mt 18,6). La Iglesia interpreta estas palabras no solo como una advertencia física, sino como una profunda lección teológica sobre la responsabilidad y el daño espiritual. En el lenguaje patrístico, escandalizar no significa simplemente ofender o sorprender, sino poner un tropiezo que haga que otro caiga en el pecado o pierda la fe.
Dignidad y acompañamiento
Toda vida humana posee un valor intrínseco e irrepetible, independientemente de su utilidad o eficiencia, rechazando la idea de vidas descartadas o indignas en casos de enfermedad terminal. El papa Francisco describió la cultura del descarte como un fenómeno anti-solidario que victimiza a los más frágiles, como enfermos incurables, ancianos y discapacitados, transformándola en cultura de la muerte basada en criterios utilitarios. Más allá del carácter redentor del sufrimiento, lo que en estas líneas quiero resaltar es el valor infinito de la dignidad de la persona humana, más aún en el atormentado por el dolor y la enfermedad, en él, su dignidad no solo brilla más, sino que lo hace con una particularidad que lo acerca íntimamente a Cristo.
Por ello, León XIV pone a los niños aquejados por enfermedades incurables en el corazón de la Iglesia. La oración por el enfermo, en este caso los niños, es una petición para que el orden original de la creación irrumpa en el presente. Muestra, por otro lado, que la fe de la comunidad puede abrir la puerta a la sanación del individuo. La oración por el enfermo es una petición de integridad total: salud del cuerpo y salvación del espíritu. Unámonos, pues, a las intenciones del Papa por los niños que sufren enfermedades incurables, recordando que Dios siempre tendrá la última palabra. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela