Tribuna

Cristo está en la celda y la Iglesia está con Él

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No es una idea. Es una dirección concreta, que no se negocia. “Estuve en la cárcel y vinisteis a verme”. Así lo dice Jesús en Mateo 25, sin rodeos y sin escapatorias. Y cuando el Evangelio habla así, la Iglesia no puede responder con teoría. Responde con pasos. Responde con presencia. Responde cruzando una puerta que cuesta, pero que para Cristo tiene nombre propio.



Quien firma estas líneas es voluntario de la Pastoral Penitenciaria en el Centro Penitenciario Ocaña I. Y lo que se afirma aquí no nace de una emoción puntual, sino de una convicción evangélica que se hace más evidente cuanto más se vive: la cárcel no es un asunto lateral; es un lugar donde la fe se comprueba. Allí se ve si la misericordia que proclamamos es real o si se queda en lenguaje. Allí se prueba si el Evangelio ocupa el centro o solo el micrófono.

En Ocaña I, la Pastoral Penitenciaria entra con una convicción sencilla y exigente: no se va “a hacer cosas”, se va a estar. A sostener presencia. A construir, con paciencia, lo que en prisión vale oro: confianza. Por eso esta presencia pastoral se va consolidando como un camino estable de acompañamiento y encuentro.

Y conviene decirlo expresamente: hablamos de hombres concretos, de los hombres que se encuentran en Ocaña I. Hombres con nombre, con historia, con heridas y también con deseo de recomenzar, aunque a veces no sepan ni por dónde. Con ellos el acompañamiento no es un concepto piadoso: es sentarse, escuchar, volver, sostener la palabra dada. Es abrir un espacio donde el diálogo sea posible sin máscaras, donde la confianza no se imponga, sino que se gane con tiempo y coherencia. Es estar cerca sin invadir, hablar sin juzgar, y mantener una presencia que, en un entorno marcado por la desconfianza, puede convertirse en una pequeña certeza: “alguien me mira como persona”.

¿En qué se concreta esa presencia?

En un proyecto pastoral que articula la presencia de la Iglesia dentro del centro penitenciario mediante espacios regulares de escucha, diálogo y oración, encuentros formativos sencillos y acompañamiento humano y espiritual. Se trabaja desde la constancia, no desde la improvisación, para crear un clima donde el interno pueda hablar sin miedo, ser tratado con respeto y abrir un proceso interior: revisar la vida, sostener la esperanza, reconciliarse, recomenzar. No es terapia, ni asistencia jurídica, ni un “taller” aislado: es acompañamiento evangélico sostenido, con un estilo claro: cercanía, discreción, y una mirada que no reduce a nadie a su delito.

Este camino se sostiene sobre tres palabras que aquí no suenan bonitas: pesan. Diálogo, confianza y libertad. Diálogo real, sin invasión. Confianza que se gana, no se exige. Libertad interior que puede empezar incluso dentro, cuando una persona deja de sentirse reducida a una etiqueta y vuelve a ser tratada como alguien.

Conviene decirlo con claridad, por justicia y por verdad: acompañar no es justificar. La Pastoral Penitenciaria no entra para negar delitos, ni para minimizar el daño, ni para herir la memoria de las víctimas, ni para sustituir el trabajo de la justicia. La cárcel existe y las consecuencias existen. Pero también existe otra verdad que el cristiano no puede abandonar: la persona no se agota en su culpa. No coincide plenamente con lo que hizo. Y el acompañamiento cristiano sostiene la dignidad sin borrar la responsabilidad. Mantiene la verdad sin condenar a la persona al “ya no hay nada que hacer”. Defiende el futuro sin ingenuidad.

En esto el magisterio reciente ha sido claro

Francisco habló de la cárcel con un lenguaje que derrumba cualquier superioridad moral: “cada vez que entro en una cárcel, me pregunto: ¿Por qué ellos y no yo?”. Esa pregunta no rebaja la gravedad de nada; lo que hace es cortar de raíz el pedestal. Además, insistió en no dejar morir la esperanza, en creer en la rehabilitación y en la reinserción, y en resistir la desesperación cuando todo pesa. En prisión, la esperanza no es un adorno: es una necesidad.

León XIV ha reafirmado con fuerza que nadie puede ser reducido a lo que ha hecho, que hay que levantarse tras la caída y que la justicia, para ser plenamente humana, debe orientarse hacia procesos de reparación y reconciliación. Y lo resumió con una frase que interpela directamente a la Iglesia: “¡Que nadie se pierda! ¡Que todos se salven!”. Esa frase no es un aplauso. Es un programa. Y, si es programa, tiene consecuencias concretas: presencia, acompañamiento, perseverancia.

La exhortación apostólica ‘Dilexi te’ refuerza la continuidad con la tradición viva al recordar que la Iglesia, desde sus primeros siglos, no separó el culto de la caridad: la fe se tradujo en apoyo real a los necesitados, también a quienes estaban en las cárceles. Dicho de otro modo: esto no es un añadido social moderno. Es Iglesia en su forma más original: oración que se convierte en visita, devoción que se convierte en servicio.

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Ocaña I

Por eso, en Ocaña I, el calendario litúrgico no es decorado. Es misión. Haber vivido la Navidad junto a los internos no fue una estampa: fue Encarnación en serio. Dios nace donde no hay prestigio. Y preparar ahora Cuaresma y Semana Santa entre muros devuelve al cristianismo su nervio más real: la cruz no se contempla desde lejos, se acompaña. Y la Resurrección no se proclama solo con palabras; se anuncia también con presencia constante cuando la vida se oscurece.

Este servicio, además, no se improvisa ni se sostiene como una suma de voluntades individuales. Se hace Iglesia en comunión. En la Archidiócesis de Toledo, la Pastoral Penitenciaria se articula y se acompaña desde el Secretariado de Pastoral Penitenciaria, que coordina, cuida y da continuidad a esta misión en los centros. Ese sostén es decisivo porque evita que todo dependa de impulsos y garantiza un estilo eclesial: serio, discreto, perseverante.

Aquí merece un reconocimiento explícito el trabajo del presbítero Jesús Guzmán Pedraza, responsable del Secretariado y, además, párroco de Dosbarrios (Toledo). Su dedicación, callada, constante, muy pastoral, se traduce en algo muy concreto: que la presencia de la Iglesia entre muros no sea una visita esporádica, sino un camino sostenido; que la planificación de tiempos fuertes (Virgen de la Merced, Adviento, Navidad, Cuaresma, Semana Santa…) tenga cuerpo y coordinación; y que los voluntarios no caminen solos, sino acompañados y enviados. Esa forma de sostener la pastoral penitenciaria no es un detalle organizativo: es una manera de decir que esto importa.

Cercanía episcopal

En este mismo sentido, es justo subrayar el cuidado y el acompañamiento de nuestros pastores. La Pastoral Penitenciaria camina con el aliento y la cercanía de nuestro arzobispo, Francisco Cerro Chaves, y de nuestro obispo auxiliar, Francisco César García Magán. Su interés por esta misión, por acompañar, por reconocer, por estar presentes, no es un gesto protocolario: es un mensaje. Dice a la Iglesia diocesana que este lugar importa, que esta pastoral no es secundaria y que aquí se está tocando el corazón del Evangelio.

Ese acompañamiento episcopal tiene un valor enorme por lo que afirma sin necesidad de grandes discursos: que la Iglesia no abandona; que la Iglesia mira de frente; que la Iglesia no reduce a nadie a un expediente. Y, cuando se percibe ese respaldo, la Pastoral Penitenciaria no se vive como una iniciativa aislada, sino como lo que realmente es: una misión eclesial, sostenida, reconocida, llamada a crecer y a contagiar.

Junto a ese cuidado, hay otra realidad que conviene decir con gratitud y con verdad: en la vida penitenciaria no se camina solo con internos y voluntarios. Se camina también con quienes sostienen el día a día del centro: los funcionarios y funcionarias de Instituciones Penitenciarias, comenzando por la dirección del Centro Penitenciario. Ellos y ellas no son “un entorno” del trabajo pastoral. Son parte de la vida real del centro. Y, cuando el acompañamiento es serio, la relación no se reduce a lo funcional: se hace camino compartido.

Un trabajo exigente

Con los funcionarios se aprende una lección de realismo y responsabilidad. Conocen el terreno, leen los climas, sostienen la seguridad, previenen riesgos, cuidan procesos difíciles. Su trabajo, tantas veces invisible, es exigente y desgastante. Y por eso la Pastoral Penitenciaria, cuando quiere ser plenamente evangélica, no puede ignorar su humanidad: también ellos tienen cargas, también ellos llegan con preocupaciones, también ellos necesitan ser escuchados y reconocidos.

Ese vínculo se construye desde el respeto y desde la cooperación. Se comparten alegrías cuando se dan pasos de mejora, cuando se abre una oportunidad, cuando se sostiene un proceso de reinserción. Y se comparten también inquietudes cuando la tensión aumenta, cuando el cansancio se nota, cuando la realidad golpea. En ese intercambio, los funcionarios y funcionarias se convierten muchas veces en orientación práctica, apoyo y guía para que el acompañamiento pastoral se realice con sensatez, con prudencia y con sentido de bien común.

Y conviene decirlo con fuerza: el camino dentro de un centro penitenciario se hace con la suma de muchos compromisos. Los funcionarios y funcionarias son, en no pocas ocasiones, cooperación y corresponsabilidad, presencia firme que ayuda a que lo humano no se rompa más. También con ellos y ellas la Pastoral Penitenciaria está llamada a construir puentes, a cuidar vínculos, a sostener el respeto mutuo. Porque acompañar, en la cárcel, no es elegir “un bando”: es ponerse del lado del Evangelio, que siempre busca la dignidad de las personas y la paz verdadera.

Una “estación” sin aplausos

Y ahora la interpelación debe ser clara, inclusiva y firme. Esto concierne a parroquias, movimientos, familias, comunidades religiosas, jóvenes. Pero también, de forma especial, a cofradías y hermandades, a asociaciones públicas de fieles que sostienen la fe popular con entrega y perseverancia. Sabéis lo que es organizar, sostener, servir en silencio, cargar con responsabilidad. Sabéis lo que es la palabra penitencia. Pues bien: hay una penitencia que el Evangelio no permite delegar siempre en otros. Una “estación” sin aplausos, sin música, sin incienso, pero con un peso evangélico enorme: la visita al encarcelado y el acompañamiento constante.

Si se acompaña a un Cristo llagado por las calles, ¿cómo no acompañar a los llagados de hoy donde casi nadie entra? Si se proclama la misericordia, ¿cómo dejar fuera el lugar donde Jesús dijo que estaba? Si se habla de centralidad del Evangelio, ¿cómo mantener en el margen una de sus frases más concretas?

La Pastoral Penitenciaria no pide protagonismo. Pide fidelidad. Pide comunidades que sostengan con oración, con voluntariado, con recursos, con perseverancia. Pide que la sociedad, y también la propia Iglesia, deje de mirar la cárcel como un mundo aparte. Pide que no se delegue siempre en “los de siempre”. Pide que la misericordia tenga cuerpo.

Caminar Mateo, 25

Porque, al final, la cuestión no es si “queda bien” hablar de pastoral penitenciaria. La cuestión es si creemos a Jesús. Si creemos que Él está allí. Y si creemos, entonces la Iglesia no puede limitarse a predicar Mateo, 25: tiene que caminarlo.

Cuando hablamos de la cárcel no hablamos de un “afuera” ajeno a Dios. Hablamos de un lugar donde la vida queda suspendida, donde el tiempo pesa, donde la culpa y el miedo se mezclan con la soledad. Y, sin embargo, también ahí Cristo está: no como espectador, sino como compañero de celda. Está con el que cae, con el que se arrepiente, con el que no sabe por dónde empezar de nuevo. Cristo está en la celda.

Y si Cristo está ahí, la Iglesia no puede mirar desde lejos. La Iglesia está con Él en la cárcel: sin justificar el delito, pero sin abandonar al hermano; sosteniendo procesos, cuidando la dignidad, escuchando lo que cuesta decir. Y acompañando también a quienes sostienen el día a día del centro, funcionarios, educadores, voluntarios, porque ellos también cargan con tensiones, cansancios y heridas. Cuando la Iglesia está con Él, sucede algo decisivo: se abre una rendija de futuro. No siempre visible, no siempre rápida, no siempre fácil. Pero real.

Porque en una celda puede empezar algo que no se mide en titulares: una palabra que desarma, un perdón pedido sin teatro, una llamada que repara, una visita que devuelve nombre y rostro, una paciencia que aguanta recaídas. En ese “estar” humilde y constante, Cristo vuelve a pronunciar lo imposible: que nadie está definitivamente perdido, que la vida puede recomenzar, que incluso detrás de los barrotes la esperanza tiene un lugar donde agarrarse.

Por eso este artículo termina como empieza: con una convicción que no se negocia. La misericordia no es un discurso: es presencia. Y hoy esa presencia tiene una dirección concreta: la cárcel. Allí donde Cristo espera. Allí donde está la Iglesia. Ahí estamos llamados a estar con Él.