Tribuna

El silencio del corazón

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Escribe Tomás de Kempis que no deberíamos preocuparnos demasiado por saber quién está a favor o en contra nuestra; más bien, deberíamos entusiasmarnos con buscar tener conciencia de que Dios está con nosotros. Debemos buscar pacificar nuestra mente y nuestro corazón. Procurar la paz tratando de dominar nuestras pasiones, pues muchas veces son ellas las que convierten el bien en mal y verlo en todo.



Ese camino hacia la paz no se encuentra vinculado a nada externo a nosotros. Todo lo contrario. Se trata de un camino que se abre ante nosotros cuando decidimos volver al corazón, al silencio del corazón. En la ‘Imitación de Cristo’, libro que data del siglo XV, Kempis propone un camino de despojo interior cuyo destino final es la comunión con lo divino. Para ello, comprenderá que la humildad es la raíz y la paz es la atmósfera que respira quien ha logrado enterrar su propio orgullo.

Esta búsqueda muy probablemente condujo a san Ignacio de Loyola a desarrollar su idea de la indiferencia, presente en ‘Principios y Fundamentos’ de sus Ejercicios Espirituales. Escribe: “Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas […] de manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor […] solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados” (EE. 23). San Ignacio leyó la ‘Imitación de Cristo’ durante su convalecencia en 1521, causando una conmoción muy especial en quien comenzaba a construir un sólido universo interior, un camino directo que lo conducía hacia el corazón.

Orar

Siguiendo la fragancia del silencio

Creo que el silencio es guía perfecta para hallar la ruta que conduce al corazón. Él envuelve en su misterioso cobijo al amor, la fidelidad y la muerte, ya que en ellos hay más silencio que manifestación. Max Picard entiende que en el silencio nos ubicamos nuevamente frente al origen de las cosas; todo puede comenzar de nuevo, puede ser creado nuevamente. Volvemos a san Ignacio para recordar con él que el mundo está lleno de voces diversas, lo que señaló como buen espíritu y mal espíritu. El misterio del silencio ignaciano es la capacidad de afinar el oído. Requiere acallar el apetito desordenado y el miedo para escuchar la voz sutil de la divina voluntad.

Misterio fragante del silencio que nos posibilita sentir el anhelo de hacernos uno con la apacible aspiración de los árboles hacia el cielo o quizás, muy probablemente, adherirnos al sigiloso descenso de la noche, comprender la existencia a partir de una fresca dinámica estética. Permitir que el resplandor de la belleza abone el camino del encuentro, que no es otro que el propio camino de la verdad que cobra forma definitiva en la palabra, y el hombre deviene hombre solo a través de ella, de la palabra. La fragancia del silencio conduce al hombre hacia una instancia definitiva en la cual le concede su gracia y, después de su abatimiento, lo eleva a la gloria.

La inquietud del alma proviene de la soberbia

En el silencio se encuentra la verdad, puesto que participa de ella en cuanto contenida en el orden del ser en general. En el silencio, señala Max Picard, la verdad es pasiva, está dormida en él, pero en la palabra se despierta. Quizás debido a ello, el silencio se transforma en terreno fértil para contribuir sosegando esas voces que alteran en nosotros nuestra percepción de lo que somos y lo que son los demás. Voces que nos mortifican severamente, alimentando nuestro afán de ser preferido, o el temor a ser despreciado y la necesidad, claro, de tener siempre la razón, constituyen las fuentes de la turbulencia interior. La soberbia no nos da reposo ni tranquilidad, ni descansa él ni deja descansar a los demás.

Kempis no contempla la humildad como producto de poseer una baja autoestima, sino una objetividad radical basada en el reconocimiento de la propia limitación y la renuncia a la autoexaltación. Va a postular tres dimensiones que constituyen una especie de dinámica de la paz interior. En primer lugar, liberarnos del juicio ajeno, aquel que posibilita el aplauso exterior y tiende a desestabilizar el alma. En segundo, aceptar nuestras limitaciones y contradicciones, sabernos frágiles, en ese sentido, para no escandalizarnos de las dificultades, sino que las abracemos como medios de purificación. Finalmente, procurar desentendernos de la voluntad, aprender a someter la voluntad propia a una voluntad superior, lo que elimina la fricción interna y genera un descanso profundo. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris