El imperialismo tiránico estadounidense ha sido posible a día de hoy porque hemos ido admitiendo, dócil y paulatinamente, las condiciones para ello:
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- Primera, la hegemonía estadounidense y occidental ha acentuado un sistema hipercapitalista global injusto y de progresiva desigualdad. El hipercapitalismo ha ido inoculando en nuestras mentalidades la mentira y la vulgaridad del poder y la competitividad. Eso ha corroído la ética laboral, desnortado la misión corporativa y extendiendo la ciudadanía clientelar y consumista.
- Segunda, se ha producido la gran desvinculación social, desde las familias y los barrios, hasta el divisionismo político y la desconfianza que lleva a multiplicar conspiranoicos. Se ha empobrecido la sociedad civil y hemos perdido la experiencia de pueblo y plaza, nos hemos descivilizado, dejando que el odio, el miedo y la xenofobia tomen nuestros corazones. Donald Trump es hoy la hipérbole del individualismo egoísta y la pornocracia como paradigma relacional.
- Tercera, el socavamiento de la espiritualidad. Primero, de capacidades espirituales como la escucha y el silencio, la contemplación y lectura, hacernos preguntas, el gusto por la belleza o el discernimiento público. Segundo, desconexión con la naturaleza y la realidad, extendiendo un relativismo que ha sido la principal herramienta del populismo. Tercero, se ha perdido el sentido de trascendencia por la autosuficiencia, el consumismo fetichista y la vanidad como justificación de la vida. Cuarto, evitar la ideologización de las religiones y abrirnos al misterio de Dios.
Justicia, vínculo y espiritualidad son las tres reglas para salvar la Civilización de los Derechos Humanos y regenerar cada institución. Se pueden instaurar a través de medidas prácticas, universalizables y alcanzables a medio plazo si realmente nos ponemos a ello. Las violaciones de la dignidad de las personas y los pueblos están siendo tan salvajes, que está bullendo un giro rápido y radical en la conciencia colectiva. Seamos parte de la solución.
