España afronta un profundo duelo por el fallecimiento de más de 40 personas en el accidente ferroviario que tuvo lugar en la tarde del domingo 18 de enero, cuando un tren de alta velocidad descarriló a la altura de la localidad cordobesa de Adamuz, provocando a su vez un choque con otro convoy que discurría por la otra vía en dirección contraria.
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El desconcierto, que se contagió de inmediato en todo el país, se acrecentó y se transformó en luto a medida que se multiplicaba el número de muertos y se daba a conocer la gravedad de los más de 150 heridos. Con esa misma rapidez, se contagió también la solidaridad entre los vecinos de la localidad, en Andalucía y en el resto del país.
Una vez más, como ocurre en cada catástrofe que ha azotado al país, la sociedad ha respondido con una conciencia de fraternidad real que se traduce en hechos concretos.
Reflejo de ello es el despliegue sin límites que también ha llevado a cabo la Iglesia. La capacidad de reacción del párroco de Adamuz y de su comunidad fueron cruciales para dar consuelo a quienes viajaban en los trenes en los primeros minutos y horas. A partir de ahí, se multiplicaron los recursos eclesiales de la Diócesis de Córdoba, para trabajar mano a mano con las autoridades públicas y, sobre todo, para estar con las víctimas y sus familiares, lo mismo acompañando en los hospitales que siendo abrazo de aliento para quienes han perdido a un ser querido.
Más allá de esta colaboración material y espiritual, tan necesaria como indispensable para afrontar y encajar una desgracia de este calibre, la Iglesia entera se ha volcado con su mejor mediación: la oración, ese valor intangible e incalculable que pone en manos de Dios a todos con sus inquietudes, sus miedos, sus enfados y su desesperación.
Respeto a las víctimas
Ante cualquier accidente, pero más aún si cabe de tanta gravedad, es un imperativo esclarecer lo sucedido a través de una exhaustiva investigación, abordar las causas y poner todos los medios disponibles para que una tragedia de este calibre no se repita. De la misma manera, se tendrán que depurar las responsabilidades correspondientes si fuese necesario. Sin embargo, este ejercicio de justicia y responsabilidad civil no puede devenir en batallas partidistas que acaben utilizando una catástrofe como arma arrojadiza. Aunque solo sea por respeto a las víctimas. A la vista está, como explica el obispo de Córdoba, Jesús Fernández, que “la gente lo que quiere son soluciones y no quiere que nos echemos las culpas unos a otros, demostrando una vez más en estos días con su actitud que está por encima de cualquier tipo de batalla”. El pueblo quiere testigos que arrimen el hombro, no agitadores.