En cada rincón del mundo, donde la guerra divide y el hambre azota, donde la vida pesa más que el futuro, las mujeres siguen manteniendo lo poco que les queda y pertrechando una vida mejor. Lo hacen en silencio, con manos sanadoras y miradas que buscan la paz. Y son siempre las primeras en perderlo todo, desde el hogar o trabajo hasta la dignidad y el propio cuerpo. Heridas dos veces, como seres humanos y como mujeres, cargan sobre sus hombros un dolor que tiene muchos nombres, pero una sola raíz: la vulnerabilidad femenina. En la exhortación apostólica Dilexi te, León XIV escribe que “doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque a menudo se encuentran con menos oportunidades para defender sus derechos”. Es un pensamiento que trasciende el tiempo y los límites geográficos porque la pobreza, cuando afecta a una mujer, se vuelve más dura, más silenciosa y más difícil de superar.
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Las mujeres no piden privilegios, sino justicia. Quieren que la pobreza no sea una maldición hereditaria, que el hambre no sea un destino y que la paz no sea una palabra frágil. Quieren una libertad concreta que se traduzca en vivir sin miedo, hablar sin ser silenciadas, elegir sin castigo, decir no sin tener que justificarse y decir sí sin sentirse juzgadas. Quieren paz. En un mundo que parece hundirse cada día más en la guerra, las mujeres son capaces de encontrar la fuerza para empezar de nuevo. Su esperanza no es ingenua, es un acto tanto político como espiritual.
Por eso, desean que la maternidad sea una posibilidad, no una obligación, una expectativa, y que el cuidado –el que sostiene a las familias y a los pueblos– se reconozca como una fuerza, no como una debilidad. Las mujeres exigen igualdad. Pero no solo en cifras o porcentajes. Quieren una igualdad que valore el trabajo invisible, la dedicación y la resistencia diaria. En una época que parece estar perdiendo su humanidad, siguen siendo la parte más estable del mundo, por virtud y por necesidad. Y de ellas puede nacer una nueva esperanza, que no promete milagros porque surge de lo concreto de la vida, invita a la responsabilidad y no divide, sino que repara.
Justicia con rostro
¿Qué anhelan entonces las mujeres para 2026 y los años venideros? Que la justicia vuelva a tener rostro, que la paz vuelva a habitar la tierra y que la dignidad de cada vida ya no tenga que defenderse en solitario. Quieren tiempo para vivir, trabajar, elegir y respirar. Un tiempo humano y de libertad compartida. Quizás, en el fondo, solo desean esto: que la humanidad por fin aprenda a mirar el mundo con ojos de mujer.