Con mucha tristeza, hace poco más de un mes, tuvimos que despedir a mi abuela materna. Murió a los cien años, con una vida larga, intensa y profundamente marcada por el carácter. Fue una mujer profesional en tiempos en que eso no era evidente ni fácil; firme, valiente, resiliente. De ella recibo un legado que no cabe en palabras simples: tradiciones vividas, empoderamiento femenino sin discurso, inteligencia práctica y una fortaleza silenciosa que sostenía a otros sin anunciarse.
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Junto a su partida quedó una casona de campo muy antigua. Una de esas casas que no se recorren, se atraviesan con el cuerpo entero. Llena de muebles pesados, reliquias, fotografías, vajilla con historia, aromas incrustados en la madera y recuerdos que no piden permiso para aparecer. Como mi madre partió antes que ella, esa herencia material llega ahora a mi hermano y a mí, sin escalas intermedias.
Material y espiritual
Frente a esta herencia (material y espiritual), algo en mí quedó profundamente interpelado. No lo tengo del todo claro todavía. Siento una mezcla de gratitud, responsabilidad, confusión y una pregunta que no termina de formularse. La herencia, en términos legales, resulta interesante de conocer. En Chile existe la posibilidad de rechazarla y seguir de largo, como si nada hubiera ocurrido. Los impuestos, los trámites y los costos suelen pesar más que los recuerdos. Ese camino existe, está disponible, es legítimo.
Sin embargo, mi dilema va por otro lado. Lo que se me ha hecho evidente es que, en mi modo de ser, en mi forma de relacionarme con el mundo y también en mis bienes, hay historias que me habitan desde antes de tener conciencia. Por mucho tiempo me sentí un bicho raro, una especie de isla sin continente. La sensación de orfandad fue real, honda. La ausencia de un nido al cual referirme, un lugar simbólico donde cobijarme, me acompañó durante años.
Con el tiempo (y con todo lo vivido en el último período), algo se fue acomodando por dentro. Dios me regaló la conciencia de que soy heredera de una riqueza que no había sabido mirar. Desde la genética hasta la epigenética; desde los lugares hasta las anécdotas; desde las personas, ideas y climas emocionales que me rodearon incluso antes de nacer. Nada apareció por generación espontánea. Mi historia tiene raíces profundas.
Desde muy lejos.
Mis virtudes y mis defectos, mis dones y mis tristezas, mis capacidades, pensamientos, sensibilidades, heridas y gracias vienen viajando desde muy lejos. Hay algo misterioso y verdadero en eso. Algo que genera vínculo, pertenencia, arraigo. Identidad.
Las mismas cosas que hoy hay que repartir me pertenecen porque fueron escenario de mi crecimiento. El piano donde nos reuníamos a comer ‘waffles’ mientras mi abuela cantaba. La vajilla donde preparaba banquetes que parecían rituales. El pesebre navideño que volvía cada diciembre como un relato conocido. Objetos que no son objetos: son memoria encarnada.
También hay actitudes que no deseo perpetuar. Así como hay muebles, espacios y modos de habitar que no quiero heredar. No dialogan conmigo ni con mi forma de entender la vida. Y eso también forma parte del discernimiento. La herencia es raíz, no destino. No quiero que sea mi tronco, ni menos mis ramas o mis flores.
Desafío espiritual
Quizás el desafío espiritual esté justo ahí: en agradecer la raíz sin quedar atrapada en ella; en honrar lo recibido sin quedar definida por ello; en reconocer que la vida me fue entregada como continuidad y, al mismo tiempo, como posibilidad nueva. Heredar no implica repetir, sino asumir con conciencia lo que me fue dado para transformarlo en vida propia.
Tal vez esa sea la verdadera herencia: tomar lo recibido, pasarlo por el corazón, elegir con libertad y devolverlo al mundo convertido en fruto.

