Hay momentos en los que el mundo duele más de lo que el corazón puede procesar. No es un dolor puntual, ni una mala noticia aislada sino una suma, una acumulación de imágenes, historias, violencias, injusticias, guerras que no terminan y sufrimientos que ya no caben en una sola oración.
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Duele mirar, escuchar y no saber qué hacer con todo eso sin romperse por dentro. Quizá por eso muchos, sin decirlo en voz alta, han empezado a protegerse cerrando algo por dentro. No por indiferencia, sino por cansancio: “Ya no puedo con tanto”. Y es verdad: nadie puede cargar el dolor del mundo entero sin quebrarse.
El riesgo aparece cuando, para sobrevivir, empezamos a anestesiarnos y así dejamos de conmovernos. Cuando el sufrimiento ajeno se vuelve una noticia más.
Creer en este contexto no es fácil. Creer hoy es permanecer despiertos sin perder la ternura. Es aceptar que no entendemos muchas cosas, que no tenemos respuestas claras, que no podemos cambiarlo todo… y aun así decidir no retirarnos del todo de la vida.
La fe cristiana no nos pide cargar el peso del mundo, pide algo más humilde y más difícil: no renunciar a lo humano. Seguir viendo rostros y no solo cifras, seguir llamando injusticia a lo que lo es, seguir cuidando lo cercano cuando lo global nos rebasa y seguir creyendo que la compasión no es debilidad, sino una forma profunda de resistencia.
Cuando el mundo duele demasiado, la tentación es cerrar los ojos o endurecer el alma. El Evangelio propone otra cosa: permanecer. No huir, no anestesiarse, no acostumbrarse sino permanecer con los ojos abiertos y el corazón vulnerable, sabiendo que eso cuesta, pero que es ahí donde se juega nuestra verdad.
“Nunca solos, siempre juntos” porque es en este momento en el que necesitamos comunidad, vínculos reales, gestos pequeños que nos devuelvan humanidad. Y necesitamos un Dios que no explica el sufrimiento desde arriba, sino que se queda dentro, compartiendo el peso.
Tal vez creer hoy no sea esperar que el mundo mejore pronto. Tal vez sea algo más silencioso y más radical: decidir que el dolor del mundo no nos robe el alma. Seguir sintiendo y esperando, no porque todo vaya a salir bien, sino porque rendirse por dentro sería perderlo todo.
Cuando el mundo duele demasiado, creer así, sin anestesia, sin cinismo, sin huida, ya es una forma de esperanza.
Lo que vi esta semana
Noticias globales que hacen pensar en que, en muchas cosas, no habrá marcha atrás y que estamos viviendo tiempos inéditos.
La palabra que me sostiene
“El Señor está cerca de los atribulados“. (Sal 34,19).
En voz baja
Señor, estoy en tus manos…
