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Tribuna

La encrucijada de Puerto Rico

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León XIV nos insiste en que pongamos en práctica el verbo “escuchar”. Sin cumplir nuestro deber de escucha de lo que pasa a los otros, muy difícilmente podremos ejercer el “discernimiento” para sacar conclusiones prácticas sobre los temas que nos toca atender. Es decir, si no dejamos que el otro nos toque, nuestras acciones pueden terminar siendo repetición de fórmulas y hasta prejuicios.



Quiero presentar un ejemplo que me importa mucho. En Puerto Rico tenemos situaciones graves con el problema de la “cacería de migrantes” que ejecuta el gobierno federal de Estados Unidos. Pero lo más grave en ese asunto no es el abuso en sí mismo, sino que el problema de los hermanos que han llegado sin papeles de otras tierras hermanas no parece que nos esté tocando. Ha dejado de estar en el foco de la atención de muchos de nosotros. Es como si ya no estuviera ocurriendo.

Para poder defenderse de las redadas, les hemos recomendado que se escondan y muchos de ellos lo han hecho. Pero la idea no era que se escondieran de la comunidad, sino de sus perseguidores. Tal parece que quienes nos hemos escondido de ellos somos nosotros. ¿Quién los escucha? ¿A quienes de nosotros pueden acudir? Es como si hubieran desaparecido.

No podemos olvidarnos de los migrantes

Cada cual tiene sus propios problemas que atender, pero “no podemos dejar que se nos olviden los migrantes”. Los que estamos en el “trabajo misionero de la Iglesia”, tenemos que mejorar nuestra capacidad de “escucha”.

No estoy hablando de todo el país. Para muestra, puedo mencionar a la Unión Americana de Libertades Civiles -la ACLU- que no se retira de su auxilio legal a las comunidades migrantes asediadas. Ahí los tenemos dando la lucha para que el gobierno entregue el requerimiento que dice haber recibido a principios del año pasado para entregarle a los federales información confidencial sobre los inmigrantes, de igual forma que los tenemos defendiendo en el tribunal de distrito de Estados Unidos al migrante haitiano que fue arrestado mientras estaba con su esposa embarazada en un centro de salud de Barrio Obrero en el sector de Santurce. ¡Bravo por la ACLU! Podría mencionar otras instituciones y grupos, que también siguen en la acción solidaria con ese sector tan importante de nuestra nación puertorriqueña.

Aquí lo que me preocupa es dónde estamos como Iglesia. Me parece que necesitamos de manera urgente desarrollar un trabajo de pastoral misionera más amplio en atención y ayuda a nuestros inmigrantes. No me estoy refiriendo a que hagamos censos, ni a que levantemos informes escritos -que luego puedan ser blanco de requerimientos por las agencias que persiguen a los inmigrantes- sin que propongo que pongamos en práctica el método propuesto por nuestro querido Papa.

Feligreses Arquidiócesis de San Juan

Feligreses Arquidiócesis de San Juan (Puerto Rico). Foto: El Visitante

Vamos a organizarnos como escuchas, vamos a preparar un trabajo pastoral que comience por escuchar a nuestros inmigrantes. La idea es que no se sientan abandonados, que no se sientan solos. Si ponemos en sintonía oído y corazón, vamos a poder hacer discernimiento sobre qué es lo que necesitan nuestros hermanos. Cuando sé por lo que está pasando mi hermano, porque escucho su voz, porque dejo que me cuente, podré ir más allá de obtener información, podré ayudarle y ayudarme a mí para que juntos hagamos el “milagro del amor” que atiende y acompaña de verdad. Esa es “nuestra encrucijada” de hoy.

Si es cuestión de caminar sobre el agua para salvarnos juntos, Cristo se encargará de guiarnos.