Noticias religiosas de última hora


Tribuna

Amor y esperanza en la Madre Félix

Compartir

El 12 de enero de 2001, la Madre Félix partió hacia la casa del Padre. Lo hizo serenamente, pero con una enorme alegría de que su alma, por fin, entrara en el Corazón Divino de Jesucristo. Ella tenía muy clara esa idea. Sabía que era pecadora y muy distraída, pero la certeza de que Dios estaba en ella, presto a liberarla de la cruz de su cuerpo, le brindaba un gozo que no era de este mundo.



Esa certeza era sostenida por el amor y la esperanza que marcaron la ruta de su lógica del corazón al servicio de la Iglesia. Amor entendido como la entrega total a la mayor gloria de Dios, y la esperanza concebida como la confianza inquebrantable que sostiene la fidelidad incluso en el sufrimiento.

Amor y esperanza que tejieron en ella una convicción de la cual se alimentaban ese mismo amor y esa misma esperanza: “Me he de revestir de Cristo, mejor, me he de identificar con Cristo, ser uno con Él”. Dos categorías a partir de las cuales podemos meditarnos en esta hora de la historia de tantos desvíos que atentan contra la sensibilidad, arrebatándole sentido y profundidad.

El amor siempre quiere más

Para la Madre Félix, el amor no era una agitación efímera, sino una decisión irrevocable de la voluntad, purificada por la Gracia. Su amor se definía por el celo apostólico y el apego total a Cristo. Sus ojos puestos en un Cristo que no nos quiere conformes con los mínimos, quiere que aspiremos a la perfección en el amor.

Hablamos de un amor que no se conforma con lo posible, sino que busca lo imposible para Dios. A ese amor se aferró toda su vida y desde él se lanzó a buscar la superación de cualquier barrera, atravesando abismos –como señala León XIV en ‘Dilexi te’– humanamente insuperables, ya que “el amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla”.

Madre Felix

Amor que se alimentó en la Eucaristía, en el silencio del Pan de Vida. Silencio que le susurró a su corazón la fuerza para procurar ese vaciamiento que posibilitó encenderse con el mismo fuego que arde en el Corazón de Jesús. Fuego misterioso que la inflamó de amor a la Iglesia, amor jerárquico y obediente.

En los tiempos turbulentos que vivió, su amor fue pilar de fidelidad, roca donde se rompieron las olas del relativismo, de las modas intelectuales y espirituales que hacían vida, incluso, dentro de la propia Iglesia: “– ¡Qué…! ¿Quién me manda– pienso por dentro. – ¡Es Cristo quien me manda! –me respondo con gran alegría”. Alegría de ser de Dios, de vivir con Él y para Él. El amor en la Madre Félix es la semilla que la fortalece en la aceptación de morir en el surco oscuro de la tierra para dar fruto.

La Mirada en la Eternidad

Si el amor fue su motor, la esperanza fue su ancla y su brújula. Una esperanza forjada en la certeza de que el Señor es fiel a sus promesas, por eso Dios sobre todo. Quizás en la creación de los colegios Mater Salvatoris donde mejor vemos arder la esperanza de la Madre Félix. Obra que transita hacia el futuro mirando y enseñando a mirar las niñas no como vasijas vacías, sino como templos del Espíritu Santo en construcción. Contemplaba a las niñas como pequeñas teselas en el gran mosaico del plan de Dios. Teselas que hay que cuidar desde la belleza misteriosa del amor, pues hay un mundo en el mundo ansioso por deteriorarlas poco a poco.

Postula entonces, de alguna manera, una pedagogía de la esperanza sostenida en tres pilares: confianza en la Providencia, formación de la inteligencia y una visión escatológica que brote de una intensa y despierta vida interior. En el marco de esta pedagogía, los colegios se transforman en crisoles donde se funden el amor y la esperanza.

La Madre Félix constituyó a los colegios, no solo como centros para definir inteligencias con las luces de la ciencia y el arte, sino para que todo trabajo, todo examen, toda oración tuviera un horizonte de eternidad. En tal sentido, la Virgen María se transformó en modelo perfecto, ya que es Ella la Madre del Amor Hermoso y de la esperanza contra toda esperanza. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris