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Fernando Vidal
Director de la Cátedra Amoris Laetitia

Una humanidad sinodal


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Es una novedad histórica que una superpotencia se proclame imperio, reconociendo con desnuda impunidad que su objetivo es el máximo autoenriquecimiento, que ejerce el poder sin ningún derecho, monopolizadoramente y dispuesta a la máxima violencia. Antes, el imperialismo se disimulaba bajo coberturas morales como la defensa de la justicia, la democracia, la libertad o la expansión de la civilización. El término desfachatez consiste en actuar sin máscara y mostrar sin escrúpulos las verdaderas intenciones, actitud con la que el nuevo imperialismo estadounidense ha inaugurado el segundo cuarto del siglo XXI.



Siempre es mejor un mundo con un derecho imperfecto, que un autoritarismo presuntamente eficaz y perfecto que acaba eliminando todo derecho. Todas las tiranías han acabado hablando la lengua de la sangre. Lo sabe bien el imperialismo estadounidense, que edificó su poder sobre los beneficios del genocidio indígena, el esclavismo negrero, el 55% de territorio mexicano que usurpó en la guerra de 1846, el horror nuclear o las masacres de Vietnam. Lo sabe bien cualquier potencia que haya pretendido constituirse en imperio.

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Guerra contagiosa

La guerra es contagiosa y, una vez prende su mecha, no se sabe cuándo acaba, sobre todo si la enciende el más poderoso. Pese a presumir de tener la mayor capacidad de violencia en sus manos, es fácil que acabe explotando en su interior. La inmoral ambición de erigir un imperio acaba provocando la autodestrucción. Pretenderlo es olvidar la razón histórica.

La paz desarmada actúa mediante instituciones fuertes. Hay que reconstruir instituciones culturales, espirituales, económicas, mediáticas y políticas, liberándolas del hipercapitalismo y la lógica competitiva, la cultura distraída y las redes adictivas, la ideologización y la desconexión con la naturaleza, reemprender la gran revinculación. Necesitamos una humanidad sinodal.

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