Más sano y más barato: otro campo ecuatoriano es posible

Programa Warmi Rikchari en Ecuador
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En Ecuador, solo el 49% de la población tiene acceso a agua potable. Una situación especialmente grave en los entornos rurales de la sierra andina, tanto en la provincia del Chimborazo como en la de Tungurahua. En ambas, cada vez más y como consecuencia de un cambio climático que siempre se ceba con los más expuestos, una larga sequía golpea a las comunidades campesinas.



Eso sí, como ha podido comprobar de primera mano Vida Nueva estos días al acompañar una visita de Manos Unidas a distintos municipios de la zona, la entidad eclesial forma parte de una red de redes en la que se promueve su empoderamiento. Un cambio asentado ante todo en la salud de las personas, al propiciar la transición hacia la agroecología y sustituir los productos químicos por abonos naturales.

Buscan fortalecer su identidad femenina e indígena

El motor de ese nuevo paradigma es una plataforma que han bautizado como Warmi Rikchari, que se traduce del quichua como ‘Mujer, Despierta’. Una declaración de intenciones en la que queda claro que la base de la renovación social, en un contexto de vulnerabilidad, pasa por fortalecer su identidad femenina e indígena.

Los integrantes de tal red son tres veteranas entidades locales. La primera es la Central Ecuatoriana de Servicios Sociales (CESA), creada en 1967 y que promueve una producción que beneficie integralmente la vida de los agricultores.

La segunda es la Fundación Nosotras Con Equidad, surgida tres décadas atrás para acompañar integralmente “a niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia intrafamiliar y de género”.

Cierra la ecuación la Fundación Maquita, fundada en 1985 por el misionero italiano Graziano Masón y la española María Jesús Pérez para unir a distintos productores de todo el país y ayudarles a distribuir lo que sale de sus campos desde los pilares “del comercio justo, la economía solidaria y el desarrollo comunitario”.

Un proyecto para cuatro años

La alianza se fraguó hace tres años, contando desde el primer momento con la financiación de Manos Unidas, que, convencida de la gran oportunidad que este proyecto supone para fortalecer la región andina de Ecuador (se valora que, entre las tres organizaciones promotoras, representan a hasta 43 entidades en todo el país), se vuelca de un modo especial, invirtiendo aquí muy por encima de la media habitual en otros programas.

Así nos lo explica José Luis Coba, agente local de Manos Unidas para supervisar todos los proyectos en los que se plasma Warmi Rikchari: “En 2023, conscientes de que tras la pandemia se habían debilitado muchas comunidades y entidades sociales, entendimos que el mejor modo de fortalecer la zona era a través de organizaciones muy representativas y que conocieran bien la realidad local”.

Programa Warmi Rikchari en Ecuador

Programa Warmi Rikchari en Ecuador. Foto: Miguel Ángel Malavia

Pero, además de aunar a CESA, Nosotras Con Equidad y Maquita, “sabíamos que había que tocar la realidad directamente. Vinimos aquí, recorrimos toda la región y hablamos con mucha gente. Solo así, con esa panorámica tan amplia y concreta, pudimos saber con certeza cuál debía de ser el rumbo de la acción a llevar a cabo”.

Asumiendo luego las personas y comunidades comprometidas una contraparte económica en cada medida adoptada, se encarnó un principio básico en toda presencia de Manos Unidas: huir de todo asistencialismo vertical y asentarse en la corresponsabilidad horizontal.

El crecimiento de todos ellos no se frenará

Y es que, como enfatiza Coba, “el programa es por cuatro años. Todos lo saben desde el primer día y, por eso, se han volcado con tanta energía. Asumen que, cuando nosotros no estemos (este es ya el último curso), esto seguirá adelante y el crecimiento de todos ellos no se frenará. Esa es la clave del un auténtico cambio basado en el desarrollo sostenible”.

Acompañados por varios técnicos y profesionales de Warmi Rikchari que ofrecen formación a los campesinos y acompañan el día a día en cada realidad apoyada, recorremos distintas comunidades. Encabezan el grupo Marisa Martínez, técnica del Programa Ecuador en Manos Unidas, y Jimena Caixo, técnica de CESA y coordinadora del proyecto, que nos saluda en la sede central de la plataforma. Situada en Riobamba, la capital del Chimborazo, esta se asienta en unos terrenos que en su día donó el obispado.

Desde ahí partimos hacia Licto, donde nos saluda un gran grupo de campesinos que forman parte del proyecto. En nombre de todos habla Elena Tenelema, que derrocha energía por los cuatro costados: “Hay 125 miembros en total, pertenecientes a cinco organizaciones. La gran mayoría somos mujeres, aunque los hombres se van involucrando poco a poco”.

Todos reconocen “la transformación que estamos viviendo en nuestro día a día. Antes gastábamos mucho dinero en comprar químicos y, encima, estábamos envenenando nuestra tierra. Ahora, gracias a los consejos de los técnicos, todo es natural, más sano y mucho más barato, pues los abonos los elaboramos con restos de la propia producción”.

“Nos hemos empoderado”

Otro testimonio es el de María Eugenia Mita, quien, mientras nos enseña todas las novedades que tienen gracias al proyecto (como puestos para generar insumos propios para abonar sus tierras o una picadora), explica que se siente feliz por haber cambiado su vida gracias al compromiso de tantos: “Con la agroecología hemos aprendido muchas cosas, pero sobre todo nos hemos empoderado. Yo misma, antes no sabía hablar en público y ahora me siento capacitada para hacerlo”.

María Eugenia Mita

María Eugenia Mita. Foto: Miguel Ángel Malavia

Su día a día ha cambiado por completo: “Ahora hemos diversificado la producción y encima nos desgastamos menos físicamente. Por ejemplo, criamos gallinas y cuis [cobayas] en mejores condiciones, por lo que crecen más sanos y grandes, vendiéndolos luego a mejores precios. Antes, prácticamente nos daba para el consumo propio y para comerciar algo, muy poco. Si antes vendía cuatro cuis al mes, ahora son 65. El cambio es enorme”.

Lo mismo ocurre con las vacas: “Gracias a que hemos podido tecnificar nuestros terrenos, acotando la parcela de cada una, no tenemos que estar siempre vigilándolas. Los pastos también son mejores con nuestros propios abonos y los animales están tranquilos y bien. Al prescindir de los químicos, si antes gastaba 120 dólares al mes para nutrir mi suelo, ahora solo son 30”.

Con todo, la más beneficiada es su autoestima: “No dependo de nadie, aunque valoro que mi marido y mis hijos me apoyan mucho. Antes, las mujeres no teníamos independencia económica en casa y teníamos que pedir dinero al esposo para cualquier gasto familiar o propio”.

Ha vuelto a la universidad y es su propia jefa

“Ahora, 20 años después de dejar los estudios, he vuelto a ellos y estoy cursando el último trimestre de Agroecología. Cuando termine la carrera, podré dedicarme a tiempo completo a mis tierras, valorando muchísimo que aquí soy mi propia jefa”.

Una felicidad que es completa al sentirse un espejo para sus hijos: “Antes, no se esforzaban y tenían malas notas. Hoy, al ver que estoy estudiando y saco adelante mi propio proyecto, ellos también se están superando a sí mismos. Mi hija mayor, de 19 años, ya está en el segundo curso en la universidad y el pequeño, de 16, ha subido muchísimo sus calificaciones. Hemos experimentado un cambio muy profundo y ya siempre nos repetimos que hay que ‘pensar en grande’”.

Cerca de allí, en Tunshi Grande, visitamos Asoprolicto, un centro de producción de bioinsumos donde trabajan 21 mujeres emprendedoras. Con las mezclas que preparan, alimentan sus suelos con microorganismos que enriquecen todo lo que producen. Y siempre sin químicos.

Lourdes Tenelema

Lourdes Tenelema. Foto: Miguel Ángel Malavia

Algo que agradece Lourdes Tenelema: “Ahorro mucho y, con el excedente, puedo comerciar. Al principio, cuando íbamos a los puntos de venta y hablábamos de las bondades de ‘lo natural’, muchos eran escépticos y preferían seguir con lo químico, que genera frutas y hortalizas muy grandes y vistosas… Pero, con el tiempo, la gente ha ido siendo consciente de lo que aportamos en materia de salud”.

Ahora van juntas al mercado

Además, el hecho de “ir juntas al mercado en vez de cada una por su cuenta, nos ha fortalecido mucho. Si antes podíamos sacar entre uno y tres dólares, ahora ganamos 30. Eso es porque, poco a poco, productores y consumidores vamos viendo claro que el suelo es vida y que, con los químicos, lo estábamos matando”.

Al recorrer la finca junto su marido, Reinaldo Tenelema, nos encontramos con un entorno paradisíaco (y muy elevado, con cerca de 4.000 metros de altura) en el que ya están presentes en su día a día los grandes avances tecnológicos implementados: una motoguadaña, una bomba estacionaria, una cocina de caldo fotocálcico, una manga para desparasitar a los animales (cuentan con ovejas, gallinas, pollos, patos, cuis o un cerdo)…

Con mucho orgullo, este mira a su esposa y admite que “ha habido un cambio en muchos matrimonios de aquí. Antes, a muchos les costaba que sus mujeres pudieran tener más autonomía. Pero ahora somos cada vez más los que reconocemos el valor de su empoderamiento”.

También está más que satisfecho Carlos Guevara, presidente de la Junta de Licto: “Pese a que somos la parroquia [equivalente a municipio] más antigua del Chimborazo, antes no se nos tenía en cuenta. Pero, gracias a las mujeres, que son las que en su gran mayoría están liderando este proyecto, estamos saliendo adelante. Ellas están demostrando lo buenas administradoras que son y para mí es una alegría reconocer una evidencia: las mujeres son las que hoy están en el poder”.

“Mujeres, no os dejéis vencer”

Un guante que recoge Jimena Caixo, una de las principales impulsoras de Warmi Rikchari y que también se dirige directamente a las mujeres: “No os dejéis vencer. Puede haber una vida diferente y con un equilibrio en vuestros hogares, siendo un ejemplo tanto para vuestros maridos como para vuestros hijos. Antes, estabais a la sombra de todos, pero ya no”.

Finalmente, Reinaldo Tenelema abre su corazón: “Manos Unidas ha sembrado en buena tierra. Cada día se va viendo más claro el horizonte: llegará la cosecha y será buena”.

Marisa Martínez recibe un poncho en Tunshi Grande

Marisa Martínez recibe un poncho en Tunshi Grande. Foto: Miguel Ángel Malavia

Al principio, reconoce, “éramos muchos los que desconfiábamos y, cuando vinieron con el proyecto, como tantas organizaciones antes, la gente preguntaba: ‘¿Qué nos van a dar?’. En cambio, al implicarnos todos y ser los dueños de nuestro destino, dejando de lado toda actitud paternalista, estamos viendo algo que nunca antes había ocurrido aquí. Ha habido todo un cambio de mentalidad, y eso es esencial”.

Al despedirnos, el líder comunitario nos ofrece otra clave importante para comprender la transformación: “Estamos unidos. Ya no vamos cada uno por su lado, sino que nada nos separa. Ni siquiera la fe. Un 15% somos evangélicos y el resto son católicos, pero todos vamos a una y nos mueve el amor al prójimo”.

Consciente de que “vamos por el buen camino, ahora nos faltan dos sueños por cumplir: tener agua potable y convertirnos en un punto de referencia para el turismo agroecológico. Sentimos que vivimos en un paraíso y queremos que la gente venga a conocernos. Por ello, damos gracias a Dios. Y a Manos Unidas, que nos abrió la mente”.

Programa Warmi Rikchari en Ecuador

Programa Warmi Rikchari en Ecuador. Foto: Miguel Ángel Malavia

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