Francisco Cerro ha reivindicado la vigencia de la Doctrina Social de la Iglesia y, a la luz de ‘Magnifica humanitas’ de León XIV, reclama que los avances tecnológicos y las transformaciones del mundo laboral estén al servicio de las personas
Francisco Cerro en el Café de Trabajo. Foto: Archidiócesis de Toledo
Hay algo que ninguna máquina podrá sustituir, por mucho que avance la inteligencia artificial: la experiencia profundamente humana de vivir, sufrir, amar y relacionarse con los demás. Sobre esta convicción, que atraviesa la primera encíclica de León XIV, construyó este lunes el arzobispo de Toledo, Francisco Cerro Chaves, su intervención en el ‘Café de Trabajo’ de la Delegación Episcopal de Pastoral del Trabajo. Una reflexión que fue más allá de las posibilidades y los riesgos de la tecnología para adentrarse en una cuestión decisiva para la Iglesia y para la sociedad: la dignidad de cada persona y la responsabilidad de custodiarla.
“Lo más importante es la dignidad humana. El ser humano, la persona”, afirmó Cerro al abordar los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia. Una afirmación que vertebró su recorrido por ‘Magnifica humanitas’, la encíclica con la que León XIV ha querido situar la cuestión humana en el corazón de la revolución tecnológica. El arzobispo defendió la necesidad de revitalizar el pensamiento social cristiano y recuperar su capacidad para iluminar los problemas contemporáneos desde el Evangelio, con una atención preferente a quienes sufren las consecuencias de la pobreza, la exclusión o la precariedad laboral.
Cerro se detuvo en el significado de la dignidad ontológica, esa condición irrenunciable que pertenece a cada ser humano por el hecho de existir y que no depende de sus capacidades, sus éxitos o su posición social. Frente a una sociedad que corre el riesgo de valorar a las personas por su rendimiento, recordó que el cristianismo sitúa su fundamento en el misterio de la Encarnación. Dios no contempla la humanidad desde fuera, sino que entra en su historia y comparte su fragilidad. De ahí nace una responsabilidad que compromete a toda la comunidad eclesial: reconocer, defender y promover la dignidad humana en todas las circunstancias de la vida.
La intervención adquirió especial actualidad al abordar las consecuencias de la inteligencia artificial en las relaciones humanas y en el mundo del trabajo. “Más poderoso no significa necesariamente mejor”, recordó el arzobispo, haciéndose eco de una de las advertencias de León XIV. La capacidad tecnológica puede multiplicarse sin que crezca, al mismo ritmo, la conciencia moral de quienes la utilizan. Y cuando la eficiencia termina imponiéndose como medida de todas las cosas, las personas corren el riesgo de quedar subordinadas a las exigencias de los sistemas que deberían estar a su servicio.
En el ámbito laboral, esta preocupación adquiere una dimensión especialmente concreta. Cerro reflexionó sobre las consecuencias de que sean los trabajadores quienes deban adaptarse a la velocidad de las máquinas, en lugar de diseñarse estas para mejorar sus condiciones de vida. La cuestión afecta directamente al sentido del trabajo, que la Doctrina Social de la Iglesia reconoce como expresión de la dignidad personal, participación en la construcción del bien común y ámbito fundamental para el desarrollo humano.
Pero el arzobispo no limitó su intervención a las condiciones laborales. También abordó la verdad, la libertad y la fragilidad de las relaciones personales en una sociedad crecientemente digitalizada. Recordó que la inteligencia artificial carece de la experiencia vital que configura la existencia humana: no conoce desde dentro el amor, el sufrimiento, la amistad o la responsabilidad. Una diferencia esencial que obliga a discernir hasta dónde pueden llegar las herramientas tecnológicas y qué decisiones deben permanecer vinculadas a la conciencia y a la libertad de las personas.
La reflexión desembocó en una de las cuestiones centrales de la encíclica: la necesidad de recuperar una cultura del cuidado frente a las dinámicas que convierten el poder y la eficacia en fines por sí mismos. Cerro insistió en que ninguna transformación social podrá resultar verdaderamente humana si no va acompañada de una conversión del corazón y de compromisos concretos con la justicia, la solidaridad y las personas más vulnerables.
El encuentro se celebró en la sede de Apostolado Seglar, en la parroquia toledana de San Julián, dentro de una iniciativa que pretende acercar la reflexión cristiana a las preocupaciones cotidianas de trabajadores y familias. El ‘Café de Trabajo’ nació con la intención de ofrecer un espacio de conversación abierta, escucha y fraternidad, alejado de los formatos académicos convencionales, donde las experiencias personales puedan dialogar con las propuestas de la Doctrina Social de la Iglesia.
Promovida por la Delegación Episcopal de Pastoral del Trabajo, esta iniciativa aborda cuestiones como la precariedad laboral, los salarios, la situación de los jóvenes, las migraciones, la conciliación y las transformaciones tecnológicas. Su principal aportación pastoral reside en comprender que el mundo del trabajo no es una realidad ajena a la evangelización, sino uno de los lugares donde la Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y hacer presente la esperanza cristiana.
Junto al arzobispo participaron Miguel Andrés Llorca Díaz, delegado episcopal de Pastoral del Trabajo; Mónica Moreno Alonso, secretaria general de Cáritas Diocesana de Toledo; José Antonio Vaquerizo Rodríguez, responsable diocesano de Vida Ascendente, y Enrique del Álamo González, vicario episcopal para Laicos, Familia y Vida. También estuvieron presentes miembros de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) diocesana, acompañados por Ángel Aguas Nuevo, responsable de Difusión de la Comisión Permanente de la HOAC, además de representantes de distintas delegaciones episcopales, colaboradores y personas interesadas en profundizar en el magisterio social de León XIV.
La presencia de estas realidades diocesanas puso de relieve el carácter transversal de una pastoral que encuentra en la dignidad humana su principal punto de encuentro. Desde el acompañamiento a las personas empobrecidas hasta la presencia cristiana en el mundo obrero, pasando por el compromiso de los laicos y las personas mayores, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece un horizonte común para una misión que no puede permanecer al margen de las preocupaciones de la sociedad.
En el tramo final de su intervención, Cerro recuperó la dimensión espiritual de Magnifica Humanitas y la invitación del Papa a convertirse en “constructores de comunión”. Una expresión que remite a la responsabilidad de cada cristiano en la construcción de una sociedad más fraterna y que exige traducir las convicciones de fe en gestos de justicia, acompañamiento y cercanía.
El encuentro dejó planteada una exigencia pastoral que va más allá de la lectura de una encíclica. Revitalizar la Doctrina Social de la Iglesia significa devolverla a las conversaciones, a las comunidades cristianas, a los ambientes laborales y a las decisiones que afectan a la vida de las personas. Porque el Evangelio no puede permanecer ajeno a lo que sucede en un puesto de trabajo, en una familia que no llega a final de mes o en la vida de quien busca una oportunidad para construir su futuro. También allí, recordó el arzobispo con su reflexión, se juega la fidelidad de la Iglesia a la dignidad humana que anuncia y defiende.