Encuentro Amoris laetitia en el Vaticano. Foto: Vatican Media
Las dificultades del día a día en las familias. Ese fue el eje vertebrador de este lunes en el encuentro que busca reforzar la pastoral familiar de la Iglesia en el décimo aniversario de la exhortación apostólica ‘Amoris laetitia’. En la recta final de la cumbre, que concluirá este miércoles, el cardenal prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida fue el primero en intervenir para reivindicar el documento magisterial de Francisco, que “nos ha invitado a dar prioridad a la escucha, a evitar juicios precipitados y a dejarnos sorprender por la acción de la gracia de Dios en la vida de las personas”.
Ante los presidentes de todas las conferencias episcopales del planeta y los demás invitados, Farrell instó a unos y a otros a evitar “cualquier polémica” para acercarse a la “complejidad de la vida familiar”, en la que “puede manifestarse la fragilidad humana, el pecado personal o las consecuencias de los pecados de los demás”. A partir de ahí, el reto estaría en evaluar cómo ha de ser la misión de la Iglesia para “continuar por el camino de la misericordia”.
El cardenal Pablo Virgilio Siongco David, uno de los papables asiáticos en auge durante el último cónclave, fue el encargado de desarrollar esta propuesta en lo concreto. “La Iglesia no puede esperar siempre a que sean las personas las que acudan a ella. A veces debe ir allí donde viven las personas, donde luchan, donde sufren, donde esperan… y descubrir que Cristo ya está allí, esperándonos”, sentenció, en la línea de la Iglesia en salida y misionera que reivindicaba Francisco y que ha hecho suya León XIV.
El pastor hizo un llamamiento a borrar prejuicios desde su propia experiencia: “En nuestra Iglesia local, en la Diócesis de Kalookan, hemos aprendido que lo que a primera vista nos parece una familia irresponsable o disfuncional puede adoptar un aspecto muy diferente cuando entramos en su casa y escuchamos su historia”.
Así pues, apeló a no juzgar a unos padres porque sus hijos sean niños de la calle o de la llave. Solo cuando se sabe, relató el purpurado, que sus progenitores trabajan de sol a sol para ganarse un salario que no les alcanza para comer, puede entenderse su abandono, “el cansancio, el desánimo y, a veces, la adicción”.
Esta “importante lección pastoral” que ofreció el arzobispo de los suburbios de Manila lo llevó a relatar el contexto de criminalidad y drogas en el que se mueven las familias. “Hemos acompañado a familias que han perdido de repente a padres, hijos, maridos y hermanos. Nos hemos encontrado con viudas, huérfanos y abuelos que, de forma inesperada, se han visto obligados a asumir de nuevo el papel de padres”, relató.
Esta desestructuración familiar, vinculada a “la pobreza, la migración, la violencia, la adicción, el encarcelamiento, la injusticia y el trabajo precario”, no puede desembocar en clasificaciones de las familias.
De ahí el valor de Amoris laetitia, que “no nos pide que abandonemos el ideal”. “Nos pide que acompañemos a personas reales en el camino, a menudo doloroso, que separa el ideal de su situación concreta”, apuntó. En esta misma línea, subrayó la necesidad de discernir “en lugar de partir de clasificaciones”.
De hecho, en este proceso de acompañamiento reconoció que descubrieron que “muchos católicos pobres no sentían realmente que pertenecieran a la Iglesia”. “Algunos pensaban que la parroquia era para personas adineradas, bien vestidas, cultas o con cierta posición social. Estaban físicamente cerca de la Iglesia, pero espiritual y socialmente lejos de ella”, desveló esta mañana el cardenal David.
Por ello, concluyó que “una familia frágil necesita algo más que un simple consejo pastoral: necesita una comunidad que pueda ayudarla a llevar lo que ya no es capaz de llevar por sí sola”. Para el purpurado, el acompañamiento “no es simplemente lo que un sacerdote o un agente pastoral hace por una familia; es lo que la comunidad cristiana aprende poco a poco a ser en torno a esa familia”.
“Quizá esta sea una forma de comprender la invitación de Amoris laetitia: no limitarse a preguntarse hasta qué punto las familias se acercan al ideal, sino también hasta qué punto la Iglesia está dispuesta a acercarse a las familias en sus dificultades reales”, remató.
Después del cardenal, tomó la palabra Julie Hanlon Rubio, profesora de teología de la Saint Louis University de Berkeley. En su alocución constató que hoy la crisis del matrimonio y la paternidad se ha agudizado con respecto a hace diez años.
“El matrimonio y la familia son ecosistemas esenciales para sostenerla”, reivindicó la docente. Eso sí, hizo un encargo al orbe católico para protegerla: “La Iglesia puede ofrecer una visión inspiradora del matrimonio como una unión íntima orientada al crecimiento en el amor y la justicia, que no exige la perfección”.
Y no se quedó ahí. La investigadora lanzó un dardo contra determinados modelos de familias católicas que se presentan a través de las pantallas. “En una época en la que los influencers de las redes sociales hacen alarde de sus familias ‘tradicionales’ aparentemente perfectas, con pan casero y pollos incluidos, la integración de la debilidad que propone Francisco es fundamental”, comentó.
En esta misma línea, respaldó el estilo marcado por León XIV: “También Magnifica humanitas insiste en que la fragilidad humana no es un problema que haya que resolver, sino un elemento fundamental de nuestra humanidad que hay que integrar”.
“El matrimonio es un espacio que ofrece el apoyo necesario a la vulnerabilidad y el tiempo para que los inevitables fracasos se vean compensados por nuevos intentos de amar. La visión de Amoris laetitia del amor conyugal como íntimo y orientado hacia el exterior, imperfecto pero real, puede dar respuesta a la fragilidad de nuestro tiempo y a nuestra humanidad”, sentenció Julie Hanlon Rubio.