Casa Santa Teresa: un hogar siempre en construcción

Casa Santa Teresa
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Lo primero es la ducha. Después, el desayuno y las camas. A las diez comienza la jornada en el centro ocupacional y llegan los talleres: encuadernación, gimnasia, teatro, baile… Inma los enumera casi de carrerilla. Lleva alrededor de 16 años en Casa Santa Teresa y conoce bien el ritmo. También vive allí, actualmente en Casa Lidia, uno de los tres hogares familiares del centro, y algunas jornadas sale para trabajar.



“Soy cocinera en un restaurante”, cuenta a SomosCONFER, que ha visitado el centro. Su rutina explica quizá mejor que cualquier definición lo que se hace en Casa Santa Teresa. Situada en Madrid y perteneciente a la Congregación de las Hijas de Santa María de la Providencia –conocidas como guanelianas–, acompaña a adultos con discapacidad intelectual y del desarrollo para que puedan avanzar en sus objetivos personales, sociales y laborales. El proyecto cuenta con un centro ocupacional y un área residencial, ambos concertados con la Comunidad de Madrid y con posibilidad de plazas privadas.

Actualmente participan 36 personas. Alrededor de 17 viven en las tres casas familia –Casa Clara, Casa Lidia y Casa Marcelina–, mientras el resto acude durante el día al centro ocupacional y vuelve a su casa por la tarde. Las viviendas están planteadas como hogares en los que compartir tareas y responsabilidades, conservar los vínculos familiares y ganar autonomía con los apoyos que cada persona necesita.

Un sueño hecho realidad

Casa Santa Teresa nació el 15 de octubre de 1977. Camino ya de sus cincuenta años, sor Luisa López mira hacia atrás y asegura que esta casa “es un sueño” de una congregación cuyo carisma coloca en el centro a quienes viven situaciones de mayor vulnerabilidad. Un sueño que se hizo realidad y que ha ido creciendo conforme cambiaban también las necesidades de las personas y de sus familias.

Primero fueron mujeres. Más adelante llegaron también los hombres. Después se ampliaron los servicios y nacieron las casas, entre otras razones porque padres y madres envejecían y algunas familias comenzaban a necesitar apoyos más amplios. “Fuimos creciendo de una visión más asistencialista a una más profesional, mucho más personalizada en cada persona”, explica sor Luisa.

Además, subraya que “trabajamos capacidades por encima de discapacidades”. Por eso, el objetivo es que cada uno pueda decidir, aprender, asumir responsabilidades y avanzar hacia aquello que quiere hacer, siempre dentro de sus posibilidades y con los apoyos necesarios. “Nos basamos en la autonomía, en la capacidad de que cada una y cada uno pueda ir evolucionando por ellos mismos con nuestra ayuda, dándoles las herramientas que necesitan”, explica David Maña, coordinador del centro ocupacional.

Casa Santa Teresa

A la derecha, sor Luisa López, en el centro, junto a Inma y David Maña. Foto: Hijas de Santa María de la Providencia

No hay, por tanto, una respuesta idéntica para todos. Y es que mientras para una persona el siguiente paso puede ser trabajar fuera, para otra puede ser mejorar su movilidad o su autonomía en casa. “Trabajar aquí es un profundo y constante aprendizaje”, asegura. Y esa cercanía no resta profesionalidad, sino que “obliga precisamente a mirar a cada persona de manera diferente”.

Ese modelo está especialmente presente en las casas familia. Y es que no se trata únicamente de tener un lugar en el que dormir: las personas que viven allí participan en las tareas domésticas, organizan su día y comparten la convivencia con los apoyos profesionales que necesitan. “La casa está llena de luz, de vida, de serenidad y de familia”, explica sor Luisa. Y reconoce que precisamente su tamaño implica también limitaciones de espacio y recursos.

“Si esto fuera un centro grande, tendríamos más dinero, pero perderíamos carisma”, asegura. En estos casi cincuenta años también ha cambiado la mirada social sobre la discapacidad. Sor Luisa recuerda avances que hace unas décadas parecían mucho más lejanos: desde el reconocimiento del derecho al voto hasta los cambios jurídicos que han reforzado la capacidad de estas personas para tomar sus decisiones. “Hemos avanzado muchísimo”, reconoce, aunque todavía “queda camino por recorrer”.

“La fe da sentido al hogar”

Un camino que pasa también por la Iglesia. Para Casa Santa Teresa, la inclusión no termina en el trabajo o en el ocio, sino que las personas con discapacidad deben poder encontrar su lugar en las parroquias, en las celebraciones y en la vida de las comunidades. De hecho, el 15 de octubre celebrarán por segunda vez una jornada sobre esta cuestión en la Universidad Pontificia Comillas.

“La fe se propone, no se impone”, señala sor Luisa. Y eso aplica tanto a quienes acuden a ella como a los trabajadores. Sin embargo, reconoce que “la fe da sentido a esta casa. Esta casa, los cimientos, nacen de la fe y desde la fe”.

Casa Santa Teresa cuenta con un equipo de alrededor de 27 profesionales, además de voluntarios y familias que participan en distintos niveles del proyecto. Por ello, sor Luisa insiste especialmente en el papel de los laicos. No basta, dice, “con una buena cualificación profesional”, sino que aquí se buscan “personas capaces de entender el trabajo también como servicio”.

Casa Santa Teresa

Residentes de la Casa Santa Teresa. Foto: Hijas de Santa María de la Providencia

Por su parte, Maña explica que los trabajadores conocen el origen cristiano de la casa y encuentran, asegura, un espacio de libertad para vivirlo desde su propia realidad. Los voluntarios completan esa red. Algunos colaboran en los talleres; otros acompañan actividades de ocio. Y la casa busca también salir fuera, colaborar con el Ayuntamiento y compartir espacios con el resto de la ciudadanía para que la inclusión no termine convirtiéndose en otra forma de crear guetos.

El proyecto también tiene límites. Mantener una atención personalizada, innovar o mejorar las instalaciones necesita recursos que no siempre están cubiertos por la financiación pública. La ayuda llega de muchas maneras. Empresas que aportan alimentos, personas que ofrecen tiempo, subvenciones, consejos, voluntariado o donaciones inesperadas. “Aquí tocamos la Providencia con la mano”, dice la religiosa.

Quizá por eso, después de casi cincuenta años, no hablan de este hogar como de un proyecto terminado. “La Casa Santa Teresa está siempre en construcción”, sentencia sor Luisa. Cada persona es un ladrillo. Inma también. David también. Las religiosas, los profesionales, las familias y quienes entran como voluntarios o colaboradores. Y, cuando alguno de ellos falta, queda un hueco.

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