La cantante estadounidense Dolly Parton durante una actuación en el Pyramid del Festival de Glastonbury de Artes Escénicas Contemporáneas 2014, celebrado en Reino Unido. Foto: EFE
Dolly Parton narraba una parábola en la que –confesaba– encontró “verdaderamente” a Dios en una iglesia en los Apalaches abandonada que usaban drogadictos y prostitutas, donde solía esconderse para cantar: “Un día, mientras rezaba con fervor, rompí una especie de muro espiritual y encontré a Dios. Aquí, en un mismo lugar, estaban Dios, la música y el sexo”, describió en sus memorias, ‘Mi vida y otros asuntos pendientes’ (1994). Tenía solo 12 años.
“Había sido validada. Santificada. Renací”, añade. “La alegría de la verdad que encontré ahí me sigue acompañando hoy en día. Había encontrado a Dios. Había encontrado a Dolly Parton. Y los amaba a los dos”. La periodista Beatriz Navarro, autora de ‘Dolly Parton, un retrato americano’ (RBA, 2023), encuentra sentido en el relato: “Tuvo algo parecido a una epifanía. Sintió que había hallado a Dios y algo más”.
“Cuando volvió a casa, le contó a su madre lo que había sentido y le pidió que la bautizaran cuanto antes –describe Navarro–. No todo el mundo estaba de acuerdo (¿cómo una niña de 12 años va a encontrar a Dios sola?), pero finalmente se organizó la ceremonia. El día elegido, se sumergió en el río Little Pigeon ataviada con un vestido blanco”.
Ahí comenzó realmente el mito de Dolly Parton, la reina de la música ‘country’, de los Apalaches y de Tennessee, fallecida de cáncer a los 80 años el pasado 26 de agosto en Nashville. La “verdad” que encontró la cantante y compositora que todo el mundo adoraba fue que Dolly Parton solo se explica a través de la fe y que esa fe debía destinarla a la música –“es un don que Dios me ha dado”, decía– y también a los más pobres y desheredados.
La cantante estadounidense Dolly Parton durante una actuación en el Festival de Glastonbury de Artes Escénicas Contemporáneas 2014 en Reino Unido. Foto: EFE
“A Dios se acercaba a través de su abuelo. Era predicador evangélico en una iglesia a la que iba con toda la familia. Temblaba de los pies a la cabeza con sus sermones, pero adoraba escuchar las historias de la Biblia y extasiarse cantando a Dios con su madre y sus tías. En casa, la música era algo tan presente como el aire puro de las montañas de Tennessee, que respiraban sin darse cuenta”, relata Beatriz Navarro.
“Nacida en una cabaña sin agua corriente y sin electricidad en la cordillera de los Apalaches, al este de Tennessee, Parton es la representación misma del ‘sueño americano’, la protagonista de carne y hueso de una historia de esas que chiflan a los estadounidenses, relatos idealizados por Hollywood en los que se pasa de rags to riches, de mendigo a millonario. Sus canciones son los hijos que, en una muestra más de su fiera independencia personal, no ha tenido”, insiste.
“Jolene”, “9 to 5” o “I Will Always Love You”, entre los casi cincuenta discos que grabó y tres mil canciones que compuso, le sirvieron para erigir un imperio económico que ha destinado a los más pobres, sobre todo niñas en entornos rurales y desfavorecidos, al fomento de la alfabetización infantil a través de la lectura, a investigaciones médicas –financió la vacuna de ‘Moderna’ en plena pandemia del COVID 19–, la ayuda a los afectados por desastres naturales o el impulso de los derechos LGBTQ+, especialmente de la comunidad ‘queer’, entre otras muchas acciones que financió sin que apenas se supiera.
“Las canciones de Dolly perdurarán. Documentan la historia estadounidense a través de los ojos de estadounidenses que a menudo no tienen la oportunidad de contarla –expone Tressie McMillan Cottom en ‘The New York Time’s–. También dejó un legado para las niñas pequeñas y ambiciosas. De todas las razas. De todas las condiciones de vida.
La forma en que vivió y trabajó, la forma en que brilló y se mostró modesta, la forma en que ocupó espacio y recibió los golpes por ser extraordinaria es prueba de que una buena historia puede cambiar la manera en que vemos el mundo”.
Flores y objetos conmemorativos en la estrella de la cantante y actriz Dolly Parton en el Paseo de la Fama de Hollywood. Foto: EFE
La corrosiva crítica social neoyorquina Fran Lebowitz, una de sus amistades más inesperadas, lo dijo ya hace más de veinte años: “Incluso la gente que se odia entre sí ama a Dolly Parton”. Con su muerte, a derecha e izquierda, desde Donald Trump –“nunca ha habido nadie como ella, y nunca lo habrá”, afirmó– hasta Bill Clinton, George W. Bush o Barak Obama, dentro y fuera de Estados Unidos, lloran a la mujer que unió música y fe, pero que además dio testimonio de entrega, de solidaridad, de amor inigualable.
‘The New York Times’ recordó un titular de 2019 en el que celebraba el impacto de Dolly Parton en los millennials: “¿Hay algo en lo que todos podamos estar de acuerdo? Sí, Dolly Parton