El 2 de septiembre de 2016, hace hoy diez años, las Religiosas de Jesús-María (RJM) sufrieron un duro golpe cuando se supo que una de sus hermanas, la barcelonesa Isa Solá, con 51 años, había sido asesinada a tiros por dos desconocidos que buscaban robarle el bolso.
El crimen fue en Puerto Príncipe, la capital de Haití, donde la misionera conducía su coche cuando los dos asaltantes se situaron a su lado en una moto… y dispararon. Fueron muchísimos los que la lloraron, pues eran legión a los que ella había ayudado en el país caribeño desde que llegara en 2008. Hasta entonces, desde 1994, se había entregado con la misma pasión en Guinea Ecuatorial.
Los primeros años en Haití los dedicó a la educación de los últimos (que son muchos en el país más pobre de América), pero ella misma supo reinventarse tras el 12 de enero de 2010, cuando un brutal terremoto devastó todo, echando abajo lo poco que había en pie y causando más de 200.000 muertos.
Ella pudo irse, pero se quedó, claro. Y lo hizo impulsando en Puerto Príncipe un taller para muchas personas a las que el seísmo había dejado sin brazos o piernas. Con su ayuda, ellas mismas participaban en la creación de sus prótesis e iban poco a poco adaptándose a su nueva extremidad paseando por sus instalaciones.
Además, les ofrecía apoyo psicológico, buscaban juntos posibles salidas laborales e incluso les ayudaba a que crearan su propio empleo a través de un programa de microcréditos. Un apoyo fundamental, pues la cultura local estigmatiza a los mutilados, tachándoles de “endemoniados”.
Cuando su vida se segó abruptamente, por expreso deseo suyo, Isa Solá se encarnó allí definitivamente y es en la capital de Haití donde sus restos descansan para siempre en una sencilla tumba.
Una década después de su muerte, Vida Nueva da voz a muchas personas marcadas para siempre por su testimonio. Un recuerdo de muchos que empieza por su hermano, Javier Solá, que se duele por una muerte absurda, fruto de “un encuentro injusto con alguien que necesitaba más lo que ella llevaba que lo que ella era”.
Entonces, “sentí que el mundo se venía abajo; que se había vuelto loco al arrebatar a quien más se entregaba”. Pero hoy, por suerte, ya experimenta una gran luz: “Sé que, diez años después, Isa no ha dejado de estar”.
Con todo, “al principio pensé que recordarla era una tarea: mantener vivos sus proyectos, prolongar sus acciones, conseguir que su muerte no fuera en vano. Quería respuestas rápidas, gestos visibles, frutos inmediatos. Me rebelaba ante la lentitud de las cosas, ante la sensación de que nada podía estar a la altura de todo lo que ella había dado”.
Pero, “con el tiempo he comprendido que el legado no funciona así. Es lento, silencioso y profundo. No consiste tanto en repetir lo que Isa hizo, ni en copiar los lugares a los que llegó, como en dejar que su manera de ser eche raíces en nosotros”.
Y es que “su entrega a los demás era más grande que cualquier taller de prótesis; su amor por los más vulnerables, más hondo que cualquier escuela. Isa nos enseñó, simplemente siendo, que la vida cobra sentido cuando se pone al servicio de los otros. Esa es hoy mi guía”.
Por ello, su hermano siente que “quizá su legado se parezca a ese bambú que durante mucho tiempo solo parece crecer bajo tierra. Las raíces trabajan sin ruido, hasta que un día el tallo aparece y se alza con fuerza”.
Diez años después, aunque pueda parecer una utopía en un Haití en manos de las bandas y sin ninguna presencia del Estado, “sigo preguntándome cómo estarán mis raíces. Pero ya no lo hago solo con dolor: también con gratitud por lo que nos enseñó y con la esperanza de que, en algo de lo que somos y ofrecemos, Isa continúe floreciendo”.
Un sentimiento parecido es el de Encarna Viarnès, consejera general de las RJM. Desde Roma nos reconoce que “hablar de Isa Solà es hablar de un amor que no conoce fronteras. Su vida, entregada con sencillez y firmeza en Guinea Ecuatorial y en Haití, es un testimonio luminoso de lo que significa poner el corazón donde la humanidad más lo necesita”.
Una década después, comprueba que “compartíamos una misma pasión, vivida en distintas etapas: los primeros pasos misioneros en África, en concreto, en Guinea Ecuatorial. En varias ocasiones hablábamos de personas, de situaciones, de esperanzas y desconciertos… Pero nada nublaba el sentido que latía fuerte en nuestro interior, el deseo de servir y amar en las tierras donde estábamos presentes”.
La noticia de su muerte “me sacudió en Lagos, Nigeria. El dolor, el silencio, la tristeza y el sinsentido nos invadió a toda la comunidad. Muchas de las hermanas africanas habían compartido con ella vida y misión. Isa estaba en Haití, pero su recuerdo seguía muy vivo entre las comunidades de los cuatro países que formaban entonces la Provincia África”.
Pasado este tiempo, “en Jesús-María sigue resonando su ‘presencia’. Allí donde otros ven distancia, ella vio rostros; donde muchos perciben fragilidad, ella reconoció dignidad; donde el mundo levanta muros, ella sembró cercanía, cuidado y esperanza”.
De ese modo, “hoy la reconocemos como modelo y referencia, no por lo que ha hecho, sino por cómo lo ha hecho: con una alegría que sostiene, con una fe que abraza, con una humanidad que se vuelve hogar para muchos. Su vida nos recuerda que el amor verdadero no tiene mapas, solo caminos que se abren cuando alguien decide servir sin medir, amar sin límites y permanecer sin miedo. Como Jesús…”.
“Gracias, Isa, por mostrarnos que el amor puede ser puente, abrazo, frontera abierta. Gracias por seguir inspirándonos”, concluye Viarnès con emoción.
Otro testimonio es el de Mª Ángeles Aliño, que, cuando ocurrió el asesinato, era provincial de la congregación (antes había sido superiora general), por lo que viajó a Haití para el entierro. En clave de fe, se dirige en primera persona a la hermana perdida y recuerda “todas las veces que resonaron en tu corazón estas palabras de Jesús: ‘Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo, pero si muere produce mucho fruto”.
“Eso se hizo realidad en ti el 2 de septiembre del 2016, en que fuiste asesinada. Dos balas cortaron tu vida para siempre”, remacha. Para, a continuación, elevar al cielo la mirada: “Señor, si tú nos hiciste para la vida, ¿por qué los hombres llevan a los hombres a la muerte?”.
En ese sentido, y siguiendo con su diálogo íntimo con Isa Solá, Aliño añade que “el impacto de la noticia de tu muerte, injusta e inesperada, nos causó un gran dolor a todos, especialmente a tu familia y a tus hermanas de congregación. Desde entonces, ¡cuánto te hemos echado de menos!”.
Por ello, “es difícil expresar el hueco que nos dejaste. Tu recuerdo no se ha borrado. Tenías 51 años. Eras joven, estabas llena de vida. Te recordamos alegre, generosa, entusiasta, atrevida, valiente. Tenías una sonrisa bonita, una voz preciosa que, al son de tu guitarra, daba a tu canto un atractivo especial”.
Echando la vista atrás, la misionera, que a sus 79 años fue enviada a Filipinas, destaca que “fuiste alumna del Colegio de Jesús-María de San Gervasio, en Barcelona, y luego dejaste a tu querida familia. Lo dejaste todo para ser religiosa y misionera, para dedicarte con preferencia a los más vulnerables a través de la educación y la sanidad”.
Además de Barcelona y Valencia, “lugares que enmarcaron tu vida”, es evidente que “a Guinea Ecuatorial y a Haití siempre los has llevado en tu corazón. Volar atravesando continentes, volar lejos y llevar un mensaje de amor y paz entraba en tus sueños: hacer un mundo más bello para los hombres y para Dios. Querías llegar a los corazones de la gente para hacerles vibrar al anuncio del Dios vivo”.
En Haití, tras el gran terremoto, “escuchaste el clamor de los que sufren, palpaste la tristeza de ver desaparecer seres queridos… Como respuesta a tanto dolor, creaste en Puerto Príncipe ese taller para tantas personas amputadas a las que les ofreciste esperanza”.
De ahí que Aliño acuda al fondo de su corazón y proclame emocionada: “Isa, gracias por tu ejemplo de vida, por irradiar a Jesús. Has sido luz, fuego, sonrisa, semilla, Evangelio”. Y más cuando se experimenta que “amar tiene un precio. Sabemos que ahora estás en el cielo y que eres feliz”.
Desde ahí, “intercede por todos. Y pide que Dios nos conceda el don del perdón; para perdonar a tus asesinos, a cualquier enemigo, para perdonar siempre, como nos enseñó Jesús en la cruz; como lo hizo santa Claudina Thevenet, fundadora de nuestra congregación, cuando en la Revolución Francesa mataron a sus dos jóvenes hermanos. El don del perdón es característico del carisma de Jesús-María”.
Todo lo que fue Isa Solá se recogió, en 2018, en el libro ‘Lo que no se da se pierde’. Su autora, Mey Zamora, amiga suya de juventud, la conoció siendo una joven de familia acomodada que se rebeló contra su destino queriendo ser monja. Luego, en innumerables ocasiones, se dio de bruces contra estructuras corruptas (también en la Iglesia), pero jamás dejó de darse. Ahora, el texto se ha adaptado a un cómic para niños, con ilustraciones de la dibujante Pilarin Bayés.
La propia Zamora explica a esta revista que, “desde que escribí este libro, compuesto con muchas voces y testimonios de personas que la conocieron, siento que he reestablecido la relación con ella. Tras salir del colegio, cada una siguió su camino y solo nos vimos algunas veces”.
Después, “al releer sus escritos, conocer detalles de su vida en África y en Haití, escuchar su voz en entrevistas o las canciones que interpretaba con su guitarra, he contemplado y admirado su evolución. Y ya su historia me acompaña siempre… Siento gratitud por haberla tenido cerca y mucha admiración. Su recuerdo, sin duda, nos impulsa a ser mejores. También en la reciente visita de León XIV a España la tuve presente”.
De hecho, “cuando éramos jóvenes, fuimos juntas a la misa que Juan Pablo II ofició en el campo del Barça. Fue una jornada larga y emocionante a pesar de la intensa lluvia. Hace unos meses, en Montjuïc, cuando hizo su entrada en el estadio el papa León, reviví aquellas sensaciones”.
Zamora se muestra “convencida de que Isa conectaría con la figura del actual pontífice, con su vitalidad y su compromiso con los más vulnerables, con su vida misionera”. Hasta el punto de que, una década después, “nos unimos a tu voz, cantando tu canto preferido: ‘¡Tomad, Señor, y recibid!’”.
Compañera suya de congregación, Maite Valls muestra como un aldabonazo lo que siente hoy: “Parece mentira, pero ya hace diez años desde que Isa fue arrebatada de nuestro lado. Tengo grabados a fuego todos los detalles de ese día y de los posteriores. Días difíciles, intensos, en los que con su partida se nos partió el corazón, y que marcaron un antes y un después en nuestras vidas”.
Con tristeza, reconoce que “no hay día que no me acuerde de ella; de su espíritu alegre y desenfadado, de su sentido del humor, de su deseo de estar entre los más pobres… y de su amor a Dios, que es lo que la llevó a dar la vida”.
Valls también se muestra escéptica sobre las circunstancias de su muerte: “Dicen que fue un atraco, pero yo estoy convencida que este fue una excusa porque Isa denunciaba las injusticias. No tenía pelos en la lengua e imagino que eso hizo que se creara enemigos. Luchaba por la justicia y encarnaba la solidaridad”.
Con todo, “lo cierto es que sentí que ella perdonaba a las personas que le quitaron la vida, quizá porque ya la había entregado… La verdad es que esa experiencia del perdón fue uno de los grandes regalos de Isa”.
De hecho, “cuando venía a España en verano, yo siempre le decía que descansara y ella lo intentaba, pero, cuando pasaba cierto tiempo, ya tenía la urgencia de volver a Haití. Que si el taller, que si las prótesis, que si su gente… No podía estar mucho tiempo descansando mientras los suyos pasaban necesidad”.
“¡Amaba a los haitianos y aprendió tanto de ellos! Aprendió su paciencia, su alegría, su capacidad de dar gracias aunque lo hubieran perdido todo… Aprendió esa frase que solo se aprende y se vive después de una larga trayectoria de vida y que sale del corazón cuando las cosas humanamente son incomprensibles: ‘¡Dios sabe!’. Y, así, se abandonó a ese Dios al que amaba con locura y que le entregó su vida entera, porque no podía ser de otra manera”, finaliza Valls.
Rosario Fumanal, rjm, es otra hermana marcada a fuego por la vida de Isa Solá, con la que compartía misión en Guinea Ecuatorial: “Vivíamos en la misma comunidad, en Ebibeyín, provincia de Kie-Ntem. Un día, recibimos una carta de nuestra compañera Nazaret Ybarra, que estaba en Haití. La dirigía a toda la congregación y nos contaba lo que hacían allí y lo necesaria que era la presencia de misioneros en el país”.
Al empezar al leer la carta mientras cenaban, “Isa, de inmediato, dijo: ‘Pues yo me iría’. Yo le pregunté: ¿Sí, Isa? ¿De verdad te gustaría ir?’. Cuando insistió con su ‘sí’, le dije: ‘Pues, si te quieres ir, yo te apoyaré’. En aquellos momentos, la misión de Ebibeyín se le quedaba pequeña para su energía y creatividad”.
Al poco, “ella habló con el equipo de gobierno provincial y general y su ofrecimiento fue aceptado. Creo recordar que se fue en septiembre de 2008. Cuando, en enero de 2010, ocurrió el terremoto, me sentí fatal por haberla animado a dar ese paso. Al principio, no sabíamos nada de ella y todo era un mar de lágrimas. Todo el mundo la quería muchísimo”.
Finalmente, “las hermanas de Roma supieron que Isa estaba bien hacia las siete de la tarde. El Ministerio de Exteriores dio la noticia porque la misma Embajada en Haití estaba en el suelo y el embajador herido”.
Isa Solá, misionera española catalana en Haití, fallecida el 2 septiembre 2016. Foto: Archivo Vida Nueva
Fumanal comparte que guarda como un tesoro “muchas cartas de Isa desde Haití”, aunque hay una que le parte el alma. Y es que, “cuando Isa murió, encontramos en su ordenador un escrito que se iniciaba así: ‘Queridos todos: si leéis esto es porque se me acabaron los días en este mundo… No estéis tristes. Si me voy demasiado pronto para vosotros… ha pasado cuando tenía que pasar. Dios sabe y es lo que importa”.
A su juicio, “creo que no pensaba que la podían matar, sino más bien que podía tener un infarto, ya que alguien de su familia había muerto así. Ese verano había ido a médicos y seguro que le encontraron problemas cardíacos, pero fue sola y no nos dijo nada porque, con problemas de salud, las hermanas no la habrían dejado volver a Haití. Y ella quería poner en marcha tantos proyectos como llevaba entre manos”.
De hecho, “su ilusión era tener una escuela en Puerto Príncipe. Justo cuando había conseguido hacerse cargo de una, y la estaba reparando y poniéndola a punto (para eso quería el dinero que había sacado del banco el día del crimen), la mataron”.
Justamente, la propia Fumanal fue una de las encargadas de tratar de apuntalar su legado en Haití: “En septiembre de 2021 llegué a Puerto Príncipe, donde estuve dos años. Y luego pasé otros dos años más en Gros Morne. Ahora mismo estoy en Barcelona. Salí de Haití en junio de 2025 y me quedé en Barcelona con dos hermanas mías enfermas de Alzheimer. Las dos han muerto a lo largo de este año… Doy gracias a Dios por su vida y también por su muerte”.
Otra voz clave es la de Yudith Pereira, compañera suya de congregación que pasó muchos años como misionera en Sudán del Sur: “Para mí, Isa Solá es una amiga siempre presente y una de esas personas a las que querer por encima de cualquier limitación. Me recuerda siempre que vivir se trata de servir de poner en juego las máximas capacidades de la libertad y el respeto”.
Tras haber vivido muchos años juntas, “me doy cuenta de que era el contrapunto que yo necesitaba. Si yo ponía acento en la organización, la responsabilidad y la eficacia, ella acentuaba el querer, la alegría y la libertad”.
El último testimonio no es de Jesús-María, sino de Matilde Moreno, religiosa del Sagrado Corazón de Jesús que compartía con Isa Solá muchos proyectos misioneros en Haití. Su corazón se sigue acelerando al volver a ese terrible 2 de septiembre de 2016: “¡Diez años ya! Diez años de aquella llamada angustiada de mi querido director de Fe y Alegría en Haití: ‘Matilde, creo que conoces a un abogado de confianza. Necesito su contacto. Acaban de matar a Isa’”.
Al colgar, “brotaron en mí la incomprensión, la rabia, el desconsuelo, la impotencia y las ganas de gritar: ‘¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?’. Y es que moría un pilar clave en su vida: “Amiga, confidente, compañera de búsquedas e intentos, mujer de mirada clara y penetrante, buscadora de verdad”.
Una década después, recuerda que “vivimos juntas ese tiempo en que el servir era imperioso y lo hacíamos unas veces con aciertos y otras con fracasos, pero siempre aprendiendo y discerniendo”.
En lo personal, “ya nos conocíamos bien antes del terremoto del 2010, que dejó cientos de miles de muertos y millón y medio de condenados a vivir a la intemperie: mutilados necesitando prótesis, carpas para improvisadas escuelas, tristeza en las miradas, desconcierto y hambre, mucha hambre”.
Hoy, “cuando reflexiono sobre lo vivido, me doy cuenta de lo importante que Isa ha sido para mí después de aquel día fatídico. Creo que he recorrido con ella un camino muy parecido al de los discípulos, testigos de una muerte incomprensible y de la posterior presencia amorosa, aún menos inimaginable, del Resucitado”.
Un sentimiento compartido, pues “somos muchas las personas que nos sentimos impulsadas en nuestra misión actual y cuidadas por Isa junto con otras muchas ‘Isas’ que nos han acompañado en la preciosa aventura de mirar, discernir y sumar fuerzas para responder allí donde la vida necesita ayuda para seguir viviendo”.
Por ello, “me siento muy unida a las religiosas de Jesús-María, sobre todo a la comunidad de Jean-Rabel, que gestionaban seis escuelas de Fe y Alegría y con las que he tenido la suerte de convivir muchas semanas en los últimos años de mi estancia en el país. Era ‘mi comunidad del Norte’”.
Moreno vivió 20 años en Haití, “viajando por todo el país por mi trabajo de coordinadora pedagógica de los 17 colegios de Fe y Alegría que salpicaban el territorio. En muchas de esas correrías, sobre todo en los últimos años, la inseguridad y la violencia se me acercaron demasiado: pandillas de jóvenes desheredados, con armas mayores que ellos y que pensaban que tú tenías encima los miles de dólares que ellos necesitaban; chantajes en barricadas en donde cobraban peaje para seguir extorsionando y que te obligaban a desviarte buscando el vado del río…”.
Tantas cosas “que hoy parecen inverosímiles, pero que allí y entonces las vivíamos con absoluta normalidad, aunque siempre con la alerta del peligro encendida y, al mismo tiempo, el sosiego que te brindan los que sabes que te siguen acompañando en el camino”.
Como cuenta con tristeza, “hace cuatro años fue mi último viaje por el país. Volvía a casa en la camioneta llena de material para el Centro de Salud y la escuela de Fe y Alegría que mi comunidad del Sagrado Corazón teníamos en Balan, cerca de la frontera con República Dominicana. Un par de días antes, había participado en la inauguración de un centro para la formación del profesorado en Ouanaminthe, con vocación de irse poco a poco convirtiendo en universidad”.
Al atravesar la población Crois-des-Bouquets, “a eso de las cuatro de la tarde, un grupo de los 400 Mawozo, la banda armada de la zona, rodeó mi camioneta. El recuerdo de Isa me hizo frenar, bajarme del coche y entregarles las llaves. Buscaban mi secuestro. Por entonces pedían un millón de dólares por liberar a una blanca. Empecé a oír disparos. Gracias a Dios, me tiraron al suelo en un enorme charco de barro que casi me tapaba”.
Los secuestradores “huyeron con la camioneta y, al cabo de un rato, la policía, que en la refriega había matado a uno de los chicos, me sacó de allí. Muchas peripecias hasta llegar dolorida y embarrada a casa… Al día siguiente, recibí la noticia de que los 400 Mawozo me buscaban para vengar la muerte de su compañero. Llamé a la Embajada y el entonces embajador y amigo, Sergio Cuesta, organizó el operativo que me sacó de Haití al día siguiente”.
Hoy por hoy, “me encuentro rehecha de lesiones y estrés postraumático. Creo que la amistad, que es una forma preciosa de amor, es eterna y que los lazos de cariño que Isa sembró siguen presentes en tantas personas a las que ayudó a tener una dignidad nueva con las prótesis de pierna que les proporcionaba, con su trato de amiga, con su testimonio de mujer luchadora por la paz, la reconciliación y la justicia entre los últimos”.
“¿No es eso una parte cercana y comprensible de la manifestación del Resucitado entre nosotros?”, se pregunta Moreno. Y ella misma se responde, mirando directamente a los ojos azules de su amiga: “Isa, aún queda mucho por reconstruir en el país que tanto amamos y, por favor, sigue siendo la que fuiste: estímulo, compañía y referencia para que sigamos apostando por los que menos tienen desde la compasión, el respeto, la entrega, el perdón y el cuidado. Gracias por tu vida tan ‘vivida’ y puesta, tan creativamente, al servicio de los últimos, que para Jesús siguen siendo los primeros”.
Y así es como volvemos al principio. Isa Solá murió… Pero muchos perciben que, bajo la tierra doliente y ensangrentada de un Haití en manos de los más violentos, en silencio, brotan raíces de amor y paz.
¿Veremos algún día a Isa Solá en los altares, beata o santa por martirio? Fumanal cree que “no creo que lo hagamos nunca. Años atrás asesinaron en Guinea Ecuatorial a una compañera catalana, también el 2 de septiembre. La estrangularon cuando dormía en casa con una jovencita guineana que cuidaba un bebé huérfano acogido por nosotras. Fue en la década de los 80. Mártir también”.
Eso sí, “creo que se pondrán , o han puesto ya a las dos, en un espacio del Vaticano dedicado a los mártires actuales”.