En la mañana de este domingo, el papa León XIV presidió el rezo del Ángelus ante los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de la Libertad de Castel Gandolfo, frente al Palacio Apostólico de las Villas Pontificias. El pontífice volvió a este palacio este fin de semana para celebrar la Virgen del Lago y participar en su procesión en barca.
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Durante su reflexión previa a la oración mariana, el Papa abordó la dificultad humana de comprender los planes divinos, partiendo del Evangelio dominical en el que Jesús anuncia su pasión.
A esto se suma que, en los saludos tras la oración, el pontífice mostró su cercanía orante ante la masacre de Kenscoff, en las afueras de Puerto Príncipe, Haití y reclamó la liberación de los secuestrados pidiendo a los responsables que garanticen la seguridad de toda la población. También recordó a quienes sufrieron las inundaciones en Nepal y el Tíbet para los que invitó a todos a ejercer la solidaridad. También invitó a rezar por la paz de la que san Agustín decía “que es parecida al pan del milagro que crecía en las manos de los discípulos mientras lo partían y distribuían”. También se sumó a la Jornada ecuménica de oración por el Cuidado de la Creación que se celebra esta próxima semana el 1 de septiembre. Como final de las vacaciones, también agradeció a todas las fuerzas del orden desplazadas a la villa papal.
Salvar el mundo
El pontífice recordó cómo Jesús revela a sus discípulos que el Mesías “tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Esta afirmación, explicó el Papa, rompía totalmente con la idea de un “Mesías triunfante y poderoso” que esperaban sus seguidores para derrotar a sus enemigos.
Ante este desconcertante mensaje, el apóstol Pedro, que apenas instantes antes lo había proclamado como el “Mesías, el Hijo del Dios vivo”, muestra su abierto desacuerdo. El Papa citó la reacción de Pedro: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”. León XIV interpretó esta reprensión del discípulo hacia su Maestro como un sentimiento de que “sí, creo que tú eres el Mesías, pero ese no es el modo de salvar al mundo”.
Los caminos de Dios
Aterrizando este pasaje evangélico en la vida cotidiana de los creyentes, el Papa reconoció que “tampoco para nosotros, es siempre fácil entender y aceptar los caminos de Dios, especialmente cuando están muy alejados de los nuestros”. El pontífice advirtió sobre el peligro de caer en la tentación, “contra toda lógica de fe”, de llegar a “pensar que sea el Señor el que se equivoca o, peor aún, el que no nos escucha o no se interesa por nosotros”.
Sin embargo, frente a esta incertidumbre y confusión, León XIV destacó que la impulsividad de Pedro nos deja dos enseñanzas vitales. “La primera es la de no interrumpir nunca, ni siquiera en estos momentos, el diálogo con el Señor; más bien, manifestarle con confianza nuestra dificultad para comprender lo que nos pide”. En segundo lugar, instó a “no juzgar nunca el obrar de Dios, sino más bien, ponernos a la escucha, con humildad, en la oración, de lo que nos está revelando a través de su accionar, aun cuando no corresponde a nuestras expectativas”.
Tras recordar la severa respuesta de Jesús al apóstol –“¡Fuera de mí, Satanás!”– y su invitación a tomar la cruz, el Papa remarcó cómo Pedro finalmente “asumirá el desafío y permanecerá fiel a las palabras del Cristo […] hasta el martirio”.
Para concluir su alocución, León XIV invitó a toda la Iglesia a pedir al Señor tener “en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro, diciéndole con humildad lo que sentimos realmente, aun cuando el corazón está confuso”. Asimismo, animó a los presentes a “cultivar su docilidad, aceptando aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas”, pidiendo la intercesión de la Virgen María, quien fue “obediente a los designios de Dios permaneciendo de pie junto a la cruz de su hijo Jesús”.
