La hermana Angèle Gapio relata cómo sobrevive a la guerra la República Democrática del Congo y a la nueva epidemia del ébola
Sor Angèle Gapio en Bunia (República democrática del Congo), el 6 de agosto de 2026. Foto: Daniel Buuma/La Croix
“Casas ardiendo, personas enterradas vivas o cortadas a machetazos, niños asesinados…”. Con estas desgarradoras palabras describe a La Croix la hermana Angèle Gapio los horrores de la guerra en el este de la República Democrática del Congo (RDC). A sus 50 años, esta coordinadora de emergencias de Cáritas en la diócesis de Bunia, en la región de Ituri, relata cómo dedica su vida a socorrer a los más vulnerables en una zona devastada desde hace casi tres décadas por los conflictos.
Desde el año 2017, la religiosa recorre las áreas más peligrosas de esta región, enfrentándose a la presencia de múltiples milicias comunitarias y a los rebeldes de las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF). Su misión consiste en distribuir arroz, jabón, ropa y consuelo a quienes más lo necesitan: mujeres, niños, ancianos, enfermos y mutilados de guerra.
A la amenaza constante de las armas se suma la emergencia sanitaria. La región sufre la peor epidemia de ébola registrada en la RD del Congo, con más de 3.500 casos contabilizados. La hermana Angèle estuvo a punto de contagiarse en una morgue junto a su convento, pero asegura que Dios la previno para que no tocara los cuerpos. Ahora, armada con un megáfono y carteles, recorre los campamentos de desplazados para sensibilizar a la población y frenar el virus. “Al principio nadie quería creer que era el ébola, decían que eran envenenamientos o brujería”, lamenta la religiosa.
Los desplazamientos para realizar su labor humanitaria son de altísimo riesgo. Tiene que viajar por pistas de tierra en todoterreno, atravesar bosques en moto y cruzar ríos en piragua por rutas que sufren ataques frecuentes. Para protegerse, la hermana Angèle confiesa que se ve obligada a llevar pantalones debajo del hábito y a cargar con teléfonos viejos para entregarlos en caso de ser asaltada. Sin embargo, confía en que su velo y su cruz la protegen, lo que le permite incluso dialogar con los milicianos para convencerlos de que detengan sus abusos. “He visto tantas atrocidades que mi corazón se ha endurecido para poder soportarlo, ya no tengo miedo”, asegura, mostrándose dispuesta a servir hasta el final.
Su valentía nace también de su propia experiencia como víctima del conflicto. En 2002 sobrevivió al asalto de su convento por parte de rebeldes, y en 2008 tuvo que huir a Sudán del Sur ante las masacres de la milicia ugandesa. “Yo también he sido desplazada por la guerra, lo que ha hecho crecer mi amor por los pobres y reforzado mi fe”, confiesa esta antigua maestra.
A pesar de la violencia que desgarra su país, la hermana Angèle encuentra esperanza al contemplar la naturaleza congoleña, en especial las Montañas Azules de Bunia. La belleza de esta tierra le confirma la existencia de Dios y le da fuerzas para mantener vivo su deseo más profundo: “Que un día, la guerra termine por fin”.