El Papa preside la misa en la Parroquia Pontificia de Santo Tomás de Villanueva de Castel Gandolfo y reflexiona sobre la auténtica belleza
Celebración de la Asunción en Castel Gandolfo. Foto: Vatican Media
En la mañana de este sábado, Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, el papa León XIV presidió la Santa Misa en la Parroquia Pontificia de Santo Tomás de Villanueva, regentada por los salesianos en Castel Gandolfo. Durante su homilía, el pontífice quiso reflexionar sobre la verdadera belleza, contrastando la glorificación de la Virgen con la obsesión moderna por la apariencia física y la juventud eterna.
El Papa comenzó recordando que el Magisterio enseña que “María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria Celeste”, lo cual representa el cumplimiento de la gracia recibida en su Inmaculada Concepción. Reconoció, sin embargo, que las representaciones artísticas habituales de una joven hermosa elevándose al cielo contrastan con la dura experiencia humana del envejecimiento, donde “nuestro cuerpo no se hace más ágil, sino más pesado” y “el cabello no toma color ni brillo, sino que se vuelve gris y luego blanco”.
Ante esta aparente contradicción, el Papa explicó que la clave reside en la “pureza del alma”, la cual, por gracia de Dios, “ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo”. A partir de esta idea, León XIV destapó los actuales “cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone”.
Advirtió que estos estándares corren el riesgo de aprisionarnos y de hacernos “desperdiciar energías valiosas en lo que no es realmente importante ni dura para siempre”. Para el Papa, la glorificación de María demuestra que nuestra verdadera belleza no radica en ocultar el paso de los años, sino en “mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin”. Subrayó cómo, en la vida diaria, podemos encontrar personas marcadas por el sufrimiento pero “capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz”, en contraste con otras personas que pueden ser “exteriormente atractivas, pero duras y frías en su interior”.
El Papa aseguró a los fieles que “el amor es el ornamento más hermoso del hombre”, definiéndolo como una fuerza “que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios”. Por ello, animó a la asamblea a descubrir la belleza divina en su entorno cotidiano, aprendiendo a leerla “tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano” y escuchando “las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta”.
Apoyándose en las palabras de sus predecesores, san Pablo VI y el papa Francisco, León XIV enfatizó que la sublimidad del misterio de la Asunción se encuentra allí donde hay verdadera caridad. Invitó a reconocer este milagro cotidiano en “los ojos de un padre y una madre que vuelven a casa después de una jornada de trabajo, cansados pero felices”, en “los rostros de los abuelos y las abuelas que, a pesar de las dificultades de la edad, se reactivan con energías inesperadas al cuidar a los nietos”, y en los jóvenes valientes que buscan crecer “limpios y honestos”, yendo contra la corriente de “lo que todos hacen”.
Finalmente, el Papa concluyó su homilía recordando que el rostro de la Asunción supera toda representación, pero al mismo tiempo nos resulta muy cercano, ya que se refleja en “los hermanos y hermanas con quienes compartimos, en la fe, la ofrenda diaria de nuestra vida”. Citando a san Agustín, instó a los presentes a seguir la luz de Cristo resucitado, cambiando de rumbo si es necesario, y teniendo siempre a María como “Madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino del Cielo”.