La Fundación Vinea Dei recurre al micromecenazgo digital para restaurar templos y fortalecer la fe en las periferias del país asiático
Ciclón en Indonesia
Hace más de una década, Albertus Gregory Tan estuvo a punto de abandonar una misión que consideraba imposible. Asfixiado por los limitados recursos y los crecientes obstáculos, este joven laico católico nacido en Yakarta en 1990 se preguntaba si debía continuar. Fue entonces cuando recibió una carta inesperada: en su interior había un billete de un dólar y un breve mensaje de aliento. Aunque la cifra no resolvía las necesidades financieras, el gesto transformó su espíritu. Ese pequeño acto de generosidad se convirtió en la chispa de un movimiento que hoy impacta a miles de personas en toda Indonesia.
Actualmente, con 36 años, Tan lidera la Fundación Vinea Dei y su plataforma de ‘crowdfunding’ digital, Jala Kasih. A través de este proyecto ha impulsado la construcción y restauración de 219 iglesias y capillas en algunas de las zonas más aisladas y desfavorecidas del archipiélago. Sin embargo, su fundador insiste en que el mayor logro no se mide en ladrillos o cemento: los edificios son solo el resultado visible de una misión más profunda orientada a acompañar a las personas, renovar la esperanza y recordar a quienes viven en los márgenes que no están olvidados, según recogen los medios vaticanos.
En sus inicios, Tan interpretaba su vocación de forma puramente literal: edificar templos allí donde las comunidades carecían de un lugar para reunirse a rezar. No obstante, años de recorrido por aldeas remotas transformaron su perspectiva. Comprendió que la Iglesia se reconstruye mucho antes de colocar la primera piedra, manifestándose en el acompañamiento mutuo y en la vivencia comunitaria.
En cada proyecto, los habitantes locales aportan lo que tienen a su alcance —trabajo, materiales, alimentos o palabras de aliento—, lo que fomenta la colaboración, la reconciliación y un renovado sentido de pertenencia.
Una de las experiencias que marcó la trayectoria de Tan tuvo lugar en la diócesis de Sibolga, en la primera iglesia respaldada por la fundación. Allí observó a un grupo de niños cantar himnos con alegría a pesar de la extrema pobreza en la que vivían. Aquella vivencia le enseñó que la fe no depende de los bienes materiales y que, con frecuencia, quienes poseen menos revelan una vivencia espiritual más profunda. Para el fundador, la evangelización no surge de grandes programas, sino de la presencia constante, la escucha y la cercanía.
Vinea Dei promueve además que las comunidades expresen su identidad cultural a través de la arquitectura sagrada. Un ejemplo reciente es una iglesia en la isla de Flores que incorpora el diseño tradicional Mbaru Niang, propio del pueblo Manggarai. Esta apuesta por la inculturación permite que la población reconozca la presencia de Cristo en su propia historia y tradiciones, haciendo que el mensaje evangélico eche raíces más profundas mediante símbolos que les son familiares.
La labor de la organización se ha expandido más allá de la infraestructura física, ofreciendo becas y apoyo educativo a niños de familias con escasos recursos. La iniciativa está sostenida casi en su totalidad por laicos católicos de diversos perfiles: empresarios, docentes, contables, estudiantes, bancarios, jóvenes profesionales y jubilados. Este esfuerzo colectivo refleja, según Tan, la esencia de una Iglesia sinodal donde cada bautizado pone sus dones al servicio de la comunidad.
De cara al futuro, la fundación busca seguir llegando a las comunidades más apartadas, apoyar a seminaristas con dificultades económicas para completar su formación e incluso extender su labor fuera de Indonesia. Pese a la magnitud de sus proyectos, el mensaje final de Tan se centra en la acción cotidiana: más que solicitar donaciones para su plataforma, invita a las personas a comprometerse con sus parroquias locales, acompañar a los solitarios y realizar pequeños actos de amor en su entorno inmediato.