Cuando Mary Lembo comenzó en 2014 a investigar los abusos sexuales contra religiosas en África, una de las primeras dificultades fue encontrar mujeres dispuestas a hablar. Envió cartas explicando su estudio y pidiendo testimonios. Casi nadie respondió. Cuando preguntaba a las responsables de las congregaciones si conocían casos, la contestación era diferente: “Sí, conocemos casos. Pero no podemos ayudarla con su investigación”.
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Doce años después, esta religiosa y psicóloga originaria de Togo continúa trabajando para sacar a la luz una realidad que todavía permanece especialmente oculta. Desde el pasado agosto asesora además al Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica del Vaticano en materia de protección de religiosas y colabora con missio en Aquisgrán.
En una entrevista con Katholisch, Lembo reconoce que la situación ha mejorado, pero sigue existiendo una diferencia importante respecto a otros continentes: las religiosas africanas denuncian con menos frecuencia los abusos que han sufrido.
El miedo a quedarse fuera
Su investigación se desarrolló en cuatro países de África Occidental y uno de África Oriental, cuyos nombres no revela para proteger el anonimato de las participantes. “Temen represalias”, señala. En algunos casos, una religiosa puede tener miedo de ser expulsada de su congregación si el sacerdote al que denuncia cuenta con suficiente poder. También puede aparecer el chantaje hacia la propia mujer, hacia su comunidad o incluso hacia su familia.
“Les dicen: ‘O abandonas la congregación o se tomarán otras medidas contra ti’”, explica. A ello se suma el temor a perjudicar la reputación de la institución religiosa, de la Iglesia o de la propia víctima, además de la vergüenza vinculada a una experiencia que afecta a la intimidad.
Lembo comenzó su estudio preguntando específicamente por comportamientos sexuales: tocamientos no deseados, conductas intrusivas y otras formas de abuso sexual. Sin embargo, los testimonios fueron ampliando pronto el problema. “También escuché hablar de abuso psicológico, emocional y espiritual”, explica. Y, detrás de ellos, aparece con frecuencia otro elemento: el abuso de poder y de confianza.
Cuando la obediencia se interpreta mal
“En África sigue siendo habitual idealizar a los hombres”, explica. En muchas familias, el varón continúa siendo visto como una figura de autoridad cuya palabra merece un respeto especial. Ese esquema puede trasladarse después al sacerdote. Su formación, su posición dentro de la Iglesia y su autoridad espiritual pueden generar una relación profundamente desigual si se combinan con una mala comprensión de la vida religiosa.
“El voto de obediencia no significa que la monja tenga que obedecer al sacerdote”. La obediencia religiosa, insiste, no elimina la libertad ni convierte a una religiosa en subordinada de cualquier clérigo. “Debe haber diálogo”. Cuando esa idea se desfigura, añade, resulta mucho más fácil que aparezcan dinámicas de abuso de poder.
Crear lugares seguros para hablar
Una parte de su labor consiste precisamente en formar a las responsables de institutos religiosos para que sepan crear espacios en los que una mujer pueda hablar sin miedo y ser tomada en serio. En otros talleres se trabaja con las propias hermanas para aprender a escuchar los testimonios de sus compañeras.
“Quienes tienen confianza en sí mismas son más propensas a hablar de sus experiencias”, explica. También reclama que las congregaciones dispongan de protocolos claros de protección: a quién puede acudir una religiosa cuando sufre un abuso, qué ocurre después de comunicarlo y qué garantías existen durante el proceso.
“Al principio no fue fácil poner todo esto en marcha”, reconoce. Sin embargo, la disposición a introducir medidas de protección está creciendo. Entre las experiencias que destaca está la de religiosas que se han formado en Derecho y Derecho Canónico y han comenzado a organizarse para asesorar a otras congregaciones. En Kenia y otros países, por ejemplo, existen asociaciones como Catholic Sisters in the Legal Profession (CASILEP).
Los patrones se repiten
Lembo rechaza, sin embargo, presentar el abuso contra religiosas como un problema específicamente africano. Su trabajo con investigadores de Europa, Australia, Asia y América Latina le ha permitido comprobar que los patrones de abuso son similares en distintos lugares del mundo.
La diferencia aparece sobre todo a la hora de denunciar. “Las religiosas africanas son menos propensas a hablar de sus experiencias que, por ejemplo, las religiosas europeas”, señala. En 2022 publicó su investigación sobre la conducta sexual inapropiada de sacerdotes contra religiosas en cinco países del África subsahariana. Su conclusión entonces fue sencilla: “Lamentablemente, es una realidad”.
“Veo el progreso que se ha logrado y sé que continuará”, afirma. También recuerda como un punto de inflexión las palabras pronunciadas por Francisco en 2019, cuando reconoció públicamente la existencia de religiosas que habían sufrido abusos sexuales por parte de sacerdotes y señaló que esas prácticas debían terminar.

