Rector del templo de Gaudí durante 25 años, falleció este viernes a los 95 años sin dejar de ser un auténtico cura de barrio
Vista de la Sagrada Familia. Foto: EFE
Apenas dos meses después de la visita del papa León XIV a Barcelona, Lluís Bonet i Armengol, quien fuera rector de la parroquia de la Sagrada Familia durante 25 años y una de las figuras eclesiales más estrechamente vinculadas al templo de Gaudí, falleció este viernes, 7 de agosto, a los 95 años.
Nacido en la capital catalana en 1931, Bonet deja tras de sí una larga y prolífica trayectoria sacerdotal. Según su voluntad, ha donado su cuerpo a la ciencia y no se celebrará ningún funeral oficial; no obstante, en el mes de septiembre se llevará a cabo una celebración de carácter diocesano y parroquial en su memoria.
Su sacerdocio estuvo fuertemente marcado por la aplicación del Concilio Vaticano II, el ecumenismo y un profundo compromiso social. Al jubilarse en 2018, sumaba un cuarto de siglo en la parroquia, habiendo llegado cuando la nave central aún no existía. Vivió en primera línea la transformación del templo hasta su consagración como basílica por Benedicto XVI. Además, durante el estado de excepción de 1969, figuró en las listas del Gobierno Civil de Barcelona como un clérigo “peligroso catalano-separatista”, según destacan distintos conocido al portal ‘Catalunya Religió’.
La relación de Lluís Bonet con la Sagrada Familia venía de cuna. Era hijo del arquitecto Lluís Bonet i Garí –discípulo directo de Antoni Gaudí y uno de los continuadores de las obras tras la Guerra Civil– y hermano de Jordi Bonet i Armengol, quien dirigió las obras del templo hasta el año 2012.
Además de su vínculo familiar, Bonet tuvo un papel protagonista como vicepostulador en la causa de beatificación de Antoni Gaudí, impulsando el proceso diocesano en el año 2000. Para él, la dimensión religiosa no era un mero añadido en la obra del arquitecto, sino la pieza fundamental para comprender su vida y su arte. También fue una figura clave para dotar de contenido religioso al proyecto gaudiniano, asesorando, por ejemplo, las vidrieras de Joan Vila-Grau basándose en las indicaciones originales de Gaudí.
Para comprender verdaderamente a Lluís Bonet, es imprescindible mirar más allá de la Sagrada Familia. Durante 14 años, lideró la parroquia de Sant Cristòfor en el barrio de Ca n’Anglada, en Terrassa.
Llegó el Miércoles de Ceniza de 1974, en una época de gran efervescencia política, social y eclesial. Su antiguo vicario, Josep Maria Font, lo recordaba como un hombre de espíritu de servicio inagotable, capaz de unir a una comunidad dividida mediante la escucha activa y la acogida.
Su labor social en Terrassa destacó por acoger en la rectoría a la Asamblea de Trabajadores por una Vivienda Digna; visitar a trabajadores movilizados y asistir a las familias más vulnerables del barrio; promover el ecumenismo, lo que le valió en 2018 la Medalla al Mérito Ecuménico otorgada por ‘Cristians per Terrassa’. Su gran popularidad local fue tal que le llevó a ser elegido Capgròs de l’Any en la Fiesta Mayor de 1993.
Bonet huía de los formalismos. En Terrassa se desplazaba habitualmente a pie (decía, bromeando, que no necesitaba coche porque siempre había alguien dispuesto a llevarle), hasta que la comunidad le regaló un Vespino con el que recorrió innumerables kilómetros realizando visitas pastorales.
Su sencillez se reflejaba también en la liturgia —sus ornamentos habituales eran simplemente el alba y la estola— y en la gestión económica. Bonet delegaba las cuentas en los laicos y evitaba aceptar donativos en mano. En los buzones de su iglesia dejó escrito de su puño y letra: “Que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”.
Tras su etapa en Terrassa, Bonet se consolidó en la Sagrada Familia, combinando la vida ordinaria de una parroquia de barrio con el desafío de gestionar un templo visitado por millones de turistas.
Se jubiló canónicamente en 2018, siendo relevado por Josep Maria Turull, pero la basílica nunca dejó de ser su casa. En diciembre de 2021, durante una multitudinaria oración de Taizé por la inauguración de la torre de María, los periodistas lo encontraron buscando una silla entre más de dos mil personas. “Esta no nos la podíamos perder”, comentó con naturalidad.
Su vida se resume en sus grandes pasiones: Gaudí, la Sagrada Familia, el ecumenismo y una Iglesia vivida desde dentro y para los demás.