España

León XIV, en La Laguna, reivindica que al migrante se le acompaña con el “tacto” y “cuando palpamos sus heridas”

| 12/06/2026 - 12:43

  • Mientras que ayer en Arguineguín buscó que su eco llegara a los gobernantes, hoy ha buscado movilizar a la propia Iglesia
  • Ha constatado que “integrar” no pasa por “crear mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente”
  • Reconociendo el tesoro que aportan quienes han venido de fuera, ha pedido a los cristianos locales que se “dejen evangelizar por ellos”
  • Ha condenado con rotundidad a quienes “convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse”
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Tras una semana en España, León XIV ha culminado este viernes 12 de junio su viaje con una última jornada en Tenerife. Después de visitar el centro migratorio Las Raíces, el Papa se ha desplazado hasta La Laguna para tener un encuentro con los agentes de pastoral que acompañan esta realidad y las personas a las que acompañan.



El acto ha tenido lugar en la Plaza del Cristo de La Laguna, que, desde bastante tiempo antes, le esperaba bajo un sol de justicia y una ilusión genuina.

Testimonios de varios migrantes y de quienes les acompañan

Como ocurriera ayer en el puerto de Arguineguín, en Las Palmas de Gran Canaria, Robert Prevost ha escuchado con emoción los testimonios de varios migrantes y de quienes les acompañan. Y, también como ocurriera ayer, en un discurso que recordó al de Francisco al visitar Lampedusa, ha dejado un aldabonazo que ha removido muchas conciencias.

En un impactante discurso, ha comenzado recalcando que San Cristóbal de La Laguna, sede de la diócesis tinerfeña, sea definida como “una ciudad sin murallas, una ciudad abierta”.

Un “detalle” que puede ayudar a “comprender que las barreras más difíciles de derribar no siempre son de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia”.

Y más cuando “el mar, que rodea estas islas, trae hasta nosotros historias que no siempre sabemos leer: historias de dolor, de esperanza y de búsqueda. En una ciudad sin murallas, también el corazón está llamado a ensancharse para acogerlas”.

Algo que solo es posible si se logra “aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras”.

Aprender a leer de otra manera

En ese sentido, si “el braille y demás formas de escritura táctil nos recuerdan que la palabra puede abrirse camino también por medio del contacto”, del mismo modo, “la integración exige aprender a leer de otra manera. Hay miradas que ven y, sin embargo, no reconocen; convierten un rostro en cifra, una historia en expediente y una diferencia en distancia”.

De ahí que “el Evangelio nos eduque en una lectura más honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos”.

De ese modo, “en las obras de integración de estos hermanos nuestros (como en toda obra de caridad), la Iglesia aprende a leer en la vida concreta de quienes sufren en el cuerpo o en el espíritu un signo vivo que remite a los santos Evangelios y que se vuelve legible a través del tacto y de la cercanía, cuando palpamos las heridas de los demás”.

Al igual que “Tomás ante el cuerpo glorioso del Resucitado”, cuyas heridas necesitó ver y tocar con sus ojos y manos para creer sin dudar, “también la Iglesia aprende que las heridas, miradas desde la fe, pueden convertirse en lugar de reconocimiento: allí donde el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso y en el forastero”.

Respondiendo a los testimonios que ha escuchado minutos antes, León XIV ha reivindicado que, “de esa fe que reconoce a Cristo vivo, nace también el servicio del padre Darwin y de tantas personas”.

La caridad cristiana brota del amor

De hecho, “la caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente; por eso, ante el necesitado, la fe se hace concreta y el amor a Cristo se transforma en gestos”.

Gracias a “esta convicción, nuestra presencia quiere testimoniar que la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana y supera toda concesión secundaria o simple obra de filantropía”.

Es más, “está llamada a comprometerse y a tomar forma de proceso. La acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro”.

Porque “integrar no significa borrar la historia de quien llega ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente”.

Mientras que ayer en Arguineguín buscó que su eco llegara a los gobernantes, hoy ha buscado movilizar a la propia Iglesia. Así, en un mensaje dirigido a quienes acompañan a los migrantes en todo su proceso, ha recalcado que “integrar es un camino recíproco: quien llega, aprende a habitar una tierra nueva; y quien recibe, aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro”.

Aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres

A los “queridos hermanos migrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones”.

Y, por parte de “la sociedad que acoge”, esta “tiene deberes hacia quienes llegan; y quien es acogido descubre también que la dignidad reconocida como derecho florece cuando se convierte en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás”.

León XIV en La Laguna. Foto: EFE

Así, “quien llegó como forastero, puede reencontrar vínculos, reconstruir confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Esta es una forma preciosa de misericordia”.

Puesto que “hablamos, ante todo, de personas creadas a imagen y semejanza de Dios”, el Papa ha puesto en valor que esta identidad está “antes que de categorías jurídicas o de problemas que administrar”.

Haciéndose eco de los testimonios que han compartido los migrantes, el Pontífice ha sido contundente: “Después de viajes difíciles y, en ocasiones, de varios intentos (como en el caso de Khalid), buscan a alguien que les diga, con los gestos antes que con las palabras: tu vida no es un descarte, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas que has atravesado (como nos expresaba Mbacke)”.

Buscan algo más

Todo desde la certeza de que, si han venido hasta aquí jugándose la vida, es porque “buscan también algo más: una posibilidad concreta de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrados para siempre en la condición de víctimas”.

Ahí ha aplaudido el compromiso robusto de la Diócesis de Tenerife, que ofrece a diario el bello “testimonio de una Iglesia que, aun con medios pobres, quiere caminar con los que caminan. Gracias a Cáritas diocesana, a la Delegación Diocesana de Migraciones, a las parroquias y a tantas realidades eclesiales y civiles que van más allá del primer auxilio y acompañan procesos de protección, promoción e integración”.

“Gracias por hacer posible que quien un día fue acompañado pueda convertirse (como nos recordaba Thalia) en puente para otros, devolviendo el amor recibido”, ha aplaudido.

Porque, “cuando quien necesitó una mano comienza a tender la suya, la caridad recibida se transforma en responsabilidad compartida”.

Sin olvidar, claro, lo muchísimo que aportan a las sociedades (y comunidades cristianas) en las que se encarnan: “No podemos olvidar a tantos migrantes que, provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras latitudes, forman ya parte viva de la comunidad y, con su fe, su trabajo y sus dones, ayudan a renovarla”.

“El extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy”

Por ello, “déjense también evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de quienes se integran. Ellos recuerdan que integrar es abrir espacio para que una persona pueda sentirse corresponsable. Así, el extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy”.

Concretamente, se ha dirigido “a los católicos”, a los que les ha pedido “algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección”.

Y, también, “debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona”.

Así, “evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres”.

En consecuencia, “una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar. Cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana”.

Los naufragios silenciosos

Y, entre quienes sobrevive, a veces también les espera un mañana sin esperanza. Eso ocurre cuando se da “un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad”.

De ahí su insistencia en que “integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad”.

Volviendo a la dureza con la que se empleó en Arguineguín, León XIV ha tronado contra “quienes se aprovechan de la desesperación; quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. ¡Deténganse! ¡Conviértanse!”. Un grito inaudito en Prevost que ha sido respondido con un gran aplauso por parte de todos.

“Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro”, ha sido se hachazo ético.

Pues, “por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado, habrán de comparecer ante la justicia divina. Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan”.

“Vuelvan mientras aún hay tiempo”

Su advertencia no ha podido ser más clara… “Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero solo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión”.

En la parte final de su vibrante intervención, Prevost ha buscado la luz en medio de las noches oscuras del alma: “Hermanos y hermanas, la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana”.

Así, “la última palabra pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado”.

En un guiño al lema del viaje que hoy finaliza, ha pedido que “alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos”.

Que sea como con “la Sagrada Familia de Nazaret, que tuvo que migrar a Egipto para proteger la vida del Niño Jesús”. Esta, como señaló Pío XII, “sigue siendo, para todos los tiempos, modelo y amparo de toda familia refugiada, de todo migrante y de toda persona que se ve forzada a dejar su tierra por miedo, persecución o necesidad”.

Los miles de fieles que estaban en la plaza lagunera se van hoy a casa con una alegría especial en el pecho. Cuando mañana se levanten, seguramente, el eco de las palabras del Papa les hará discernir. Y muchos serán los que, efectivamente, alcen la mirada y abracen al hermano migrante. A pleno pulmón.

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