Centro Paula Montal. Foto: Jesús G. Feria
Estar frente al Papa es una meta volate nada desdeñable. Y más dentro de la maratón vital en el que Pilar se ha visto inmersa desde que en 2020 tuvo que afrontar una operación en la cabeza que frenó en seco todos sus planes. Un largo trecho que ahora ya no se hace cuesta arriba y que no está recorriendo sola, sino de la mano de la familia calasancia.
En la tarde del 6 de junio, ella, su hijo y la escolapia Milagros Antón estarán entre quienes recibirán a León XIV en el entorno de CEDIA, el recurso de Cáritas para personas sin hogar. Esta primera parada del Papa en Madrid es mucho más que un respaldo a los sintecho. Su visita busca ser abrazo a toda la pastoral social de Madrid, a los beneficiarios y a quienes se están desgastando por ellos.
Y ahí es donde entran en juego quienes forman parte del programa socioeducativo Paula Montal, en honor a la fundadora de las calasancias, que se desarrolla en Carabanchel desde 2002. “El proyecto nació con motivo de la canonización de Montal, como una concreción del compromiso a favor de la educación de la infancia, la familia y la mujer; esto es, de todo aquel que está en riesgo de quedar al margen de la sociedad”, expone Mila.
Y es que todo nace de la llamada a aterrizar el carisma “en el aquí y en el ahora, desde el principio de la encarnación”. En el centro atienden a madres e hijos que llegan con necesidades de todo tipo y se busca promover “el bienestar, la integración, haciendo hincapié en la prevención de la violencia, así como en la reducción de desigualdades”.
Para hacerlo realidad, ofrecen servicios socioeducativos, actividades culturales y de ocio, así como acciones de conciliación familiar, sea durante el curso escolar o en verano… Mila se incorporó al proyecto hace siete cursos, cuando regresó de su estancia misionera en Guinea Ecuatorial: “No hay mejor regalo que ver cómo los chicos y sus madres van saliendo delante de contextos especialmente complejos”.
“Mi hijo es autista y llegué al programa por el apoyo escolar que ofrecen. Pero lo que he recibido es muchísimo más. Me están acompañando en todo lo que necesito”, aplaude Pilar, que ha recibido en este tiempo respaldo psicológico, herramientas para salir adelante a través de talleres y, sobre todo, un apoyo indispensable para acudir a los médicos.
“Me han enseñado lo que se me había olvidado, porque, cuando salí del hospital que no sabía, no sabía ni andar ni hablar”, confiesa Pilar. Desde ahí, considera que el mejor regalo que ha recibido de las escolapias es “querer a mi hijo”. “Cada vez que entro por la puerta del centro, siento que es mi casa, que es mi familia”, sentencia esta madrileña.
Por eso, participar en el encuentro con el Pontífice agustino resulta clave en su proceso. “Fue muy emocionante recibir la llamada de Mila. Sé que, cuando ella me llama, es para meterme en líos de los buenos. Y este es, sin duda, el mejor; es increíble”, comenta, sabedora de que “por mis limitaciones, no podré acercarme ni a la vigilia ni a la misa”.
Al hilo de esta reflexión, agradece al Papa que comience su visita en la periferia: “Marca un fuerte mensaje pastoral y de apoyo hacia los más vulnerables. Supone que el Evangelio se vive y se empieza desde los márgenes y refuerza el compromiso de la Iglesia con la labor social”.
“Que hayan querido que los protagonistas del encuentro sea la gente es muy significativo y espero que tenga mucho impacto, porque refleja la realidad de un barrio en el que todos trabajamos de la mano, desde distintas entidades, para salir adelante. Va a ser un punto de encuentro muy especial”, explica Vanessa, trabajadora social que está mano a mano con Pilar y Mila.
“Estamos muy cercanos a la comunidad, ideando y adaptándonos a las nuevas necesidades. Es un proyecto que fluye, que cambia continuamente y vamos adaptándonos un poco a las necesidades de cada persona”. Como Jesús en el Evangelio. Y como Paula Montal en la Figueras de 1829.