Tras la disolución de su comunidad y la pérdida de sus últimos compañeros, se resiste a abandonar el que ha sido su hogar durante más de cuatro décadas
El hermano Reinhard Moshammer, último trapense de Austria. Foto: Fundación Engelszell
“Soy monje y me quedo en mi monasterio”. Así se presenta el hermano Reinhard Moshammer. A veces se siente como un vestigio de otra época: es el último de su comunidad y el único monje trapense que queda en toda Austria. Hace tres años que su convento, la histórica abadía de Engelszell en la región de Alta Austria, fue disuelto. Oficialmente, el monasterio ya no existe, pero el hermano Reinhard ha decidido quedarse.
A principios de 2025 falleció su último hermano, el sacerdote Hubert Bony. Antes de eso, otros dos hermanos se habían trasladado a un monasterio benedictino en Baviera y un tercero ingresó en una residencia de ancianos cercana. “Y entonces, de repente, me vi completamente solo”, relata el religioso al portal de katholisch.de.
Aunque reconoce que un monje necesita de la comunidad, asegura que también es posible seguir adelante sin ella. Mudarse a otro lugar no entra en sus planes; sus raíces en Engelszell son demasiado profundas. Además, la realidad es cruda: ya no queda ningún otro monasterio trapense en todo el mundo germanoparlante. La abadía de Mariawald, en la región alemana de Eifel, corrió la misma suerte en 2018 debido al envejecimiento de sus miembros y a la falta de vocaciones.
Tras más de un siglo de presencia trapense, de labor pastoral y de vida de fe, Engelszell cerró sus puertas en 2023. Los edificios y los terrenos de la abadía fueron transferidos a la Diócesis de Linz. Sin embargo, el hermano Reinhard obtuvo un permiso especial para seguir viviendo en una parte del edificio, una promesa que le hicieron tanto su comisario monástico, el abad Samuel Lauras (del monasterio checo de Nový Dvůr), como el abad Reinhold Dessl, responsable en Austria. Hoy, muchos vecinos y visitantes le agradecen que siga allí, manteniendo viva la esencia del lugar.
El hermano Reinhard no vive en absoluta soledad. Desde hace unos años, comparte una especie de “piso compartido” con un hombre mayor del que cuida. Las comidas diarias se las proporciona una institución de Cáritas que atiende a personas con problemas de salud mental y que ahora ocupa parte de las instalaciones del recinto.
En sus años de esplendor, el monasterio contaba con varias fuentes de ingresos: dos pequeñas centrales eléctricas, una fábrica de licores y una cervecería. Tras el cierre de la abadía, un matrimonio vecino asumió la gestión de la fábrica de licores, la cervecería, el restaurante y la tienda del monasterio.
Pese a los cambios, el hermano Reinhard sigue siendo el director de la producción de licores y se encarga de la oficina. Cuenta incluso con un contrato de prestación de servicios; el dinero que genera va a una cuenta de la orden, de la cual recibe una pequeña asignación para sus gastos, mientras que la diócesis asume su manutención completa. “Como monje, no me jubilo”, comenta con una sonrisa. Le enorgullece ver su propio rostro impreso en la contraetiqueta de cada botella de licor, una receta secreta que custodió con celo por amor a su orden y que ahora, finalmente, ha confiado a los nuevos gestores.
Criado junto a sus cuatro hermanos en Wels, no muy lejos del monasterio, Reinhard se formó primero como experto en jardinería en Schönbrunn. Tras experimentar una llamada vocacional, pasó dos años en el seminario mayor de Salzburgo intentando discernir si quería ser sacerdote. Fue un compañero de estudios quien le habló del monasterio trapense de su tierra natal.
Tras visitar la comunidad y asistir a una profesión de votos, supo cuál era su camino. “La vida de oración y comunidad me atrapó”, recuerda hoy el religioso de 65 años. Tras conocer otras congregaciones, en 1984, a los 24 años, ingresó en Engelszell. En sus votos solemnes prometió quedarse en ese monasterio para toda la vida. “Me tomé mi promesa en serio”, comenta.
Aún recuerda las estrictas reglas de antaño: los tiempos fijados para el silencio y para hablar, levantarse en mitad de la noche para rezar o la necesidad de pedir permiso al abad para salir del recinto. “Pero todo eso ya pasó”, dice, asegurando que nunca lo vivió como un trauma ni guarda rencor, aunque reconoce que tuvo “fricciones y conflictos” con el último abad, con quien a veces se sintió rechazado. En aquellos momentos difíciles, el apoyo de un guía espiritual externo le ayudó a encontrar la paz.
“Salir de la orden o marcharme de mi monasterio nunca fue una opción para mí”, dice tajante. El hecho de no haber sido ordenado sacerdote y ser un “hermano lego” jamás le ha supuesto un problema; su profunda fe ha sido su ancla a lo largo de los años.
Históricamente, el contacto con los visitantes y huéspedes era lo que más vida le daba. Empezó trabajando en el jardín de la comunidad, luego fue portero y, más tarde, asumió la producción de licores, lo que le llevó a recorrer numerosos mercados. Él mismo disfruta de los licores amargos y la cerveza que producen, convencido de las propiedades medicinales de sus hierbas.
Pero no todo ha sido fácil. Hace ocho años sufrió un grave colapso que le llevó a pasar varias semanas en una planta de psiquiatría, un episodio cuyas raíces vincula a su infancia. Además, hace apenas dos años fue operado de un cáncer de mama. Superados los baches, hoy asegura conocer bien sus límites.
En la actualidad, el último monje de Engelszell reza la Liturgia de las Horas cada día en su celda, por la mañana y antes de dormir. Durante el día, reza en la antigua iglesia del monasterio junto a su compañero de piso y residentes de Cáritas. Ya no madruga a las cuatro de la mañana, pero en sus oraciones siempre están presentes su familia, sus antiguos compañeros de orden y los vecinos del pueblo.
“Prometí quedarme aquí y seguiré siendo un guía espiritual en la vida cotidiana mientras pueda”, reitera. Su último deseo es ser enterrado en el antiguo cementerio del monasterio. Sabe que, el día que él ya no esté, la vida espiritual de Engelszell se habrá apagado para siempre. Pero lo asume con la serenidad de su fe: “Como cristiano sé que solo estoy de paso en esta tierra. Y aquí, en el monasterio, también soy solo un invitado”, concluye con una sonrisa.