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El obispo Strickland se desmarca aún más de Trump y, al clamar por Líbano, denuncia a quienes “ostentan el poder sin misericordia”

| 10/04/2026 - 12:04

  • Para el obispo emérito de Tyler, “la guerra en sí es una tragedia, pero el daño intencionado a los civiles es un mal moral que clama al cielo”
  • Puesto que “matar a inocentes nunca está justificado”, cree que esto no es “simplemente una guerra”, sino un grave asalto a la dignidad humana”





El mundo no es el mismo desde el 8 de abril, cuando, a las dos de la madrugada (hora peninsular española), concluía el plazo que Estados Unidos había dado a Irán para que reabriera el Estrecho de Ormuz. En caso contrario, el presidente republicano, Donald J. Trump, había anunciado un desenlace fatal: “Una civilización entera morirá esta noche”. Algo que el papa León XIV, en un breve encuentro horas antes con la prensa en Castel Gandolfo, calificó de “verdaderamente inaceptable”.



Afortunadamente, como ya ocurriera en otras crisis gravísimas durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando la humanidad se asomó al abismo de un Apocalipsis nuclear, esta vez tampoco se consumó el peor de los escenarios. Así, gracias a la mediación de Pakistán ante las autoridades estadounidenses e iraníes, el propio Trump anunció una hora antes de que venciera el plazo que habían llegado a un acuerdo y firmado una tregua de 15 días.

En busca de un acuerdo

Ahora, Teherán y Washington deben negociar las condiciones de un teórico acuerdo de paz global, reclamando Trump al régimen de los ayatolás, fundamentalmente, que se comprometa a acabar con el bloqueo del Estrecho de Ormuz, básico en el comercio mundial.

Sin embargo, en ello hay un escollo clave: Israel, socio de Estados Unidos en esta escalada bélica sin precedentes en todo Oriente Medio, insiste en que Líbano está “fuera de la tregua” y, por su parte, mantiene su ofensiva para hacerse con el sur del país, poblado mayoritariamente por cristianos que viven en aldeas cercanas a su frontera.

Pero no es solo una declaración de intenciones, sino que, el propio día 8, su primer ministro, Benjamin Netanyahu, decretó un ataque voraz, sin precedentes desde 1988. Así, en solo unos minutos, lanzaron más de 160 bombas en suelo libanés que dejaron un panorama desolador, con más de 260 muertos y unos de 1.100 heridos.

Peligra el diálogo

Algo que ha causado el rechazo de Pakistán, que insiste en que “Líbano entra dentro del acuerdo”, y de Irán. Hasta el punto de que, en las últimas horas, medios locales informan de que el régimen de los ayatolás no aceptará negociar con Estados Unidos mientras no se asegure que el llamado país de los cedros se incluye dentro de esta tregua de dos semanas.

En plena incertidumbre, muchos estadounidenses reclaman a la Administración Trump un distanciamiento de Israel y se proteja a Líbano, con el que se comparte su identidad cristiana. La situación es tal que, dentro del propio movimiento MAGA (por el lema emblemático de Trump: ‘Make America Great Again’, que se traduce como ‘Hagamos América grande otra vez’), son cada vez más los que critican sin ambages la deriva del Ejecutivo republicano, considerando que avanza inexorable hacia el autoritarismo. Algo que también se da en el sector católico que hasta ahora se declaraba trumpista y que, ahora, incluso pide la destitución del presidente.

En ese sentido, una de sus principales representantes, Carrie Prejean Boller, ha clamado estos días contra la gravísima amenaza de Trump a Irán, cuando insinuó que podría aniquilarla con armamento nuclear. Frente a ello, la activista, hasta hace unas semanas férrea defensora del Gobierno, denunció en sus redes sociales que “el presidente de los Estados Unidos está amenazando con matar a toda una civilización. Llamo a cada cristiano a dimitir inmediatamente de esta Administración. Si no lo hacen, la sangre de la vida humana inocente estará en sus manos. Trump es un psicópata malvado”.

Lenguaje grosero

También ha sido muy significativo el paso dado por el obispo emérito de Tyler (Texas), Joseph Strickland, al que el papa Francisco cesó por llamarle “hereje” y por una dudosa administración económica de su diócesis. Hasta ahora entusiasta de Trump, ya mostró días atrás su pesar por el hecho de que, precisamente el Domingo de Pascua, el presidente incurriera en “un lenguaje grosero o profano”. Y es que, ese día, el mandatario cargó contra los ayatolás iraníes, a los que llamó “malditos locos” al exigirles que abrieran “el puto” Estrecho de Ormuz.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: EFE

Para Strickland, “este no es un día para vulgaridades”. Del mismo modo que “no es un día para confusiones sobre quién es Dios”. Ante tal “pérdida del sentido de lo sagrado”, se caen en errores como hacer ver que “la Pascua es una celebración genérica de ‘Dios’”; cuando, en realidad, “es la proclamación de que Jesucristo ha resucitado”. Así, “sustituir la claridad con ambigüedad (incluso sin intención) es disminuir el poder de esa proclamación”.

En esa línea, el emérito de Tyler, aunque aclaraba que su comentario “no es una condena”, concluía con firmeza que, “como católicos, nuestra lealtad no es hacia ninguna figura política, partido o movimiento. Nuestra lealtad es hacia Jesucristo, quien es ‘el camino, la verdad y la vida’ (Juan 14.6)”.

Histórica población cristiana

Pero, solo unas horas después, aunque no ha citado a Trump, Strickland parece haber roto definitivamente con él al clamar por su falta de apoyo a Líbano. Así, en un primer mensaje en X, ha detallado dolorido cómo, “mientras el mundo hace la vista gorda, Líbano está siendo devastado. Debemos alzar nuestras voces por aquellos que están siendo silenciados mientras su hogar es destruido. La paz nunca prevalecerá mientras los poderosos ignoren la situación de Líbano. San Charbel, intercede por tus hermanos y hermanas en tu tierra natal”.

Pero el prelado texano ha sido mucho más explícito en un segundo mensaje, publicado horas después. En él, reconoce que “mi corazón está apesadumbrado mientras miro hacia Líbano, una tierra marcada desde hace mucho por la fe, el sufrimiento y la perseverancia”. Y es que “Líbano no es simplemente otra nación en conflicto. Es el hogar de una de las poblaciones cristianas más antiguas y numerosas del Medio Oriente, donde el nombre de Jesucristo ha sido profesado continuamente desde los primeros siglos de la Iglesia. En esa tierra sagrada se encuentra el santuario de san Charbel Makhlouf, un humilde monje cuya vida de oración, penitencia y devoción eucarística ha dado frutos extraordinarios”.

Pero, pese a todo, “hoy Líbano sangra. Siguen surgiendo informes de bombardeos implacables en áreas civiles densamente pobladas; familias, niños, ancianos… Vidas destrozadas sin previo aviso. Lo que estamos presenciando no es simplemente una guerra, sino un grave asalto a la dignidad humana. El ataque deliberado o la exposición imprudente a la muerte de inocentes nunca está justificado. Nunca”.

Contra las narrativas políticas

Ante esta realidad, “la Iglesia siempre ha sido clara: la guerra en sí es una tragedia, pero el daño intencionado a los civiles es un mal moral que clama al cielo. No debemos insensibilizarnos ante las imágenes de destrucción. No debemos permitir que las narrativas políticas emboten nuestra conciencia. Cada niño asesinado, cada hogar destruido, cada madre llorando sobre su hijo no es algo abstracto. Este es sufrimiento humano. Este es Cristo crucificado de nuevo en su pueblo”.

Un sufrimiento, además, que viene de muy lejos, pues “Líbano ya ha soportado décadas de inestabilidad, colapso económico y el éxodo de cristianos de la región. Golpear a esta nación de nuevo (especialmente de maneras que devasten la vida civil) es profundizar heridas que pueden llevar generaciones en sanar”.

Por todo ello, Strickland, aunque no cita a Trump explícitamente, sí le deja un recado evidente: “Llamo a todos los líderes involucrados a recordar esto: el poder no otorga permiso moral. La fuerza militar no justifica la pérdida de vida inocente. No puede haber paz duradera construida sobre las tumbas de los indefensos”.

Llamados a la conversión

Un llamamiento que hace extensible “a los fieles”, a los que “les digo esto: no permanezcan en silencio en sus corazones. Oren. Ayunen. Ofrezcan sacrificio. Oren por el pueblo de Líbano. Oren por la conversión de aquellos que ostentan el poder sin misericordia. Oren por una paz verdadera; no el frágil silencio de los cese al fuego, sino la paz que viene de la justicia arraigada en la verdad”.

Lo que, entre otras cosas, pasa porque “Dios traiga sanación a los heridos, consuelo a los afligidos y arrepentimiento a aquellos que actúan sin consideración por la santidad de la vida. Y que nunca olvidemos: toda vida humana es sagrada, desde la concepción hasta la muerte natural. En toda nación, sin excepción”.

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