El Papa ha recibido a los deportistas en una audiencia en la que ha señalado que el deporte “es una forma de lenguaje, un relato hecho de gestos, de esfuerzo, de espera, de caídas y de nuevas salidas”
León XIV medalla olímpica. Foto: Vatican Media
Los Juegos de Invierno de Milán-Cortina han concluido. Y hoy, en el Palacio Apostólico Vaticano, León XIV ha recibido en Audiencia a los atletas de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, a quienes ha dado la bienvenida y agradecido su “noble mensaje humano, cultural y espiritual”.
Y es que, tal como ha señalado el Papa, “verdaderamente el deporte, cuando se vive de manera auténtica, no se limita a una prestación: es una forma de lenguaje, un relato hecho de gestos, de esfuerzo, de espera, de caídas y de nuevas salidas”.
“De modo particular”, ha añadido, “en las competiciones paralímpicas hemos observado cómo el límite puede convertirse en un lugar de revelación: no algo que obstaculiza a la persona, sino algo que puede ser transformado, incluso transfigurado en cualidades redescubiertas”. “Vosotros, atletas, os habéis convertido en biografías que inspiran a muchísimas personas”, ha insistido.
Además, ha recordado que la cohesión de estos deportistas “nos recuerda que nadie vence solo, porque detrás de cada victoria hay muchos implicados: desde la familia hasta los equipos, además de muchos días de entrenamiento, de presión y de soledad”. “A menudo es precisamente en estos momentos cuando Dios se revela”, ha aseverado el Papa.
Por todo ello, “el deporte contribuye a la maduración de nuestro carácter, requiere una espiritualidad firme y es una forma fecunda de educación”, ya que “del deporte se aprende a conocer el propio cuerpo sin idolatrarlo, a gobernar las emociones, a competir sin perder el sentido de la fraternidad, a acoger la derrota sin desesperación y la victoria sin arrogancia”.
Además, ha señalado que “el deporte es auténtico cuando permanece humano, es decir, cuando se mantiene fiel a su primera vocación: ser escuela de vida y de talento”. Y, además, “en el tiempo actual, tan marcado por polarizaciones, rivalidades y conflictos que desembocan en guerras devastadoras, vuestro compromiso adquiere un valor aún mayor: el deporte puede y debe convertirse verdaderamente en un espacio de encuentro. No una exhibición de fuerza, sino un ejercicio de relación”.
De esta manera, los atletas han “sido testigos de una forma honesta y hermosa de habitar el mundo. Lleváis la idea de que se puede competir sin odiarse; que se puede ganar sin humillar; que se puede perder sin perderse a uno mismo. Y esto vale también más allá del deporte: vale en la vida social, en la política, en las relaciones entre los pueblos”.