A las 21.15 h. de esta noche de Viernes Santo, el papa León XIV presidió el tradicional Vía Crucis en el majestuoso escenario del Coliseo de Roma. Esta solemne oración en el entorno del anfiteatro Flavio y los Foros Imperiales contó en esta ocasión con el propio pontífice portando la cruz a lo largo del recorrido trazado, como hiciera en gran parte del recorrido Benedicto XVI en su primer Via Crucis como Papa que permaneció, en cualquier caso, siempre junto a la cruz. Lo ha hecho llevando roquete y la muceta roja papal con estola. Por su parte, desde el Vicariato de Roma han acompañado al pontífice el cardenal vicario y los obispos auxiliares, mientras dos jóvenes, que iban cambiando, han sido los portadores de las antorchas junto a la cruz. Un séquito eminentemente clerical en el que se ha incluido solo dos mujeres llevando las antorchas.
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De Jerusalén a Roma
Tras la celebración de la tarde, en esta oración se invitó a los fieles a recorrer espiritualmente el camino de Jesús desde el lugar de su condena hasta el de su crucifixión y sepultura. La introducción de las reflexiones de este año ofreció un paralelismo entre las callejuelas de la Ciudad Vieja de Jerusalén y nuestra vida de todos los días. En el texto preparado por el sacerdote franciscano Francesco Patton, quien fuera custodio de Tierra Santa, recordó que la Vía Dolorosa original no fue un recorrido silencioso entre gente devota, sino que, como en tiempos de Jesús, nos sitúa en un ambiente caótico y bullicioso, rodeados tanto de personas que comparten la fe como de quienes se burlan e insultan.
En la introducción leída por tres locutores de la RAI, la radiotelevisión pública italiana, se destaca la encarnación de la fe cristiana, ya que “el Vía Crucis no es el camino del que vive en un mundo asépticamente devoto y de recogimiento abstracto, sino el ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y la caridad deben encarnarse en el mundo real”.
Además de sus recuerdos y cercanía con Tierra Santa, Patton ha hecho el Via Crucis totalmente franciscano ya que todas las estaciones se han abierto con un fragmento evangélico y con alguna selección de las enseñanzas de san Francisco de Asís, recordando precisamente que este año se celebra el 8º centenario de su muerte y llamando a seguir las huellas de Cristo de manera comprometida.
Jesús en los vulnerables
A lo largo de las catorce estaciones, el franciscano trazó una reflexión conectando el sufrimiento histórico de Cristo con los dolores de la humanidad contemporánea. El recorrido abordó temas universales como la soberbia de quienes abusan del poder terrenal, la imperiosa necesidad de la humildad ante las constantes caídas y el desgarro de las madres que, hoy en día, siguen viendo a sus hijos arrestados, torturados o asesinados.
A través de figuras evangélicas como el Cireneo o la Verónica, las meditaciones del religioso interpelaron a cultivar la empatía compasiva y a reconocer el rostro desfigurado de Jesús en los más vulnerables, denunciando cómo la dignidad humana sigue siendo despojada por regímenes autoritarios, por la industria del espectáculo o por nuestra propia indiferencia. En esencia, las estaciones recordaron que el verdadero poder reside en la fuerza del amor y en la capacidad de perdonar.
Bendición franciscana
Mientras avanzaba el Papa con la cruz, los participantes pudieron meditar en el inmenso dolor de las madres que ven a sus hijos torturados o asesinados, al mismo tiempo que llora por los naufragados en desesperados viajes de esperanza, los detenidos y los deportados por políticas carentes de compasión. Frente a la creciente indiferencia, en el Coliseo se alzó la voz contra la cosificación impulsada por la industria del espectáculo, las torturas de los regímenes autoritarios y la humillación de negar una sepultura digna a los difuntos , recordando como contraparte la luz de aquellos voluntarios que arriesgan su vida en situaciones extremas para llevar justicia, alimento y cuidados médicos a los más vulnerables.
Para culminar este Via Crucis, el Papa concluyó con una oración de san Francisco, invitando a los presentes a vivir bajo la luz y el fuego abrasador del Espíritu Santo para lograr seguir fielmente las huellas del amado Hijo de Dios. León XIV además impartió la antigua bendición bíblica con la que el santo de Asís solía a bendecir a sus frailes y a la gente, como el hermano León.