El sacerdote y periodista Fernando Cordero. SS.CC.
La santidad no es un “yo quiero”, sino un “haz de mí, Señor, lo que tú quieras”. Así lo aprendió Fernando Cordero Morales (Algodonales, 1971) de Damián de Molokai, su “santo de referencia” y miembro de su misma congregación, los Sagrados Corazones. Ello explicaría que el religioso y periodista gaditano haya elegido al apóstol de los leprosos para estrenar la colección ‘Santos a color’ de la Editorial San Pablo. Embellecido por las ilustraciones de Francis Marín, el proyecto pretende acercar “a nuestro lado” vidas ejemplares para que iluminen el momento presente.
PREGUNTA.- ¿Qué se va a encontrar el lector en la colección ‘Santos a color’?
RESPUESTA.- Una herramienta sencilla y poderosa que proyecta en lo cotidiano la luz de vidas extraordinarias. Queremos provocar encuentros, que el lector se sienta frente a alguien que vivió con una intensidad interpelante e imitable. De ahí que cada volumen combine imagen y palabra para que la vida del santo aterrice en nuestro presente. Además, ofrecemos un taller familiar o catequético al hilo de la lectura de cada libro.
P.- ¿Por qué se estrena con Damián de Molokai? ¿Carisma obliga?
R.- Corazón obliga. Soy religioso de los Sagrados Corazones, congregación a la que perteneció el padre Damián, mi santo de referencia. No obstante, el conocido misionero es un personaje universal que dialoga también con nuestro actual mundo digital. Nos habla de ‘fake news’ –él las vivió en carne propia–, de redes sociales –nunca buscó ‘likes’–, de inteligencia artificial frente a la inteligencia del corazón. Es un hombre que eligió amar sin filtros.
P.- ¿Cómo se acercan “a nuestro lado” vidas a menudo tan alejadas en el tiempo?
R.- A través de las preguntas, de los sugerentes enfoques de los breves textos y del arte de las ilustraciones que actualizan el mensaje. Cada capítulo culmina con una interpelación: ¿contamos historias de esperanza a los demás?, ¿arrojamos la toalla o nos la ceñimos?, ¿qué nos gustaría heredar de quienes amamos? Damián no es un monumento. Es un interlocutor. Sus cartas revelan a alguien que también se equivocó, que echó de menos a su familia. Su pasión por el Evangelio y su cercanía son las que le traen a nuestro lado. (…)
P.- Aspirar a ser santos en el mundo actual, ¿no resulta casi utópico?
R.- Al contrario, la santidad –como muestra Damián– no es un “yo quiero”, sino un “haz de mí, Señor, lo que tú quieras”. No es una meta de llegada, sino una manera de caminar que irradia una extraña felicidad a cada paso. Ese camino pasa por nuestro barrio, nuestro trabajo o nuestra familia. Como reza un cartel en el pequeño aeropuerto de la conocida como isla maldita: ‘Un Molokai puede existir en cualquier parte’. (…)