Es domingo por la tarde en Torrelaguna. En la plaza, el sonido seco del martillo rompe el murmullo de quienes se agrupan alrededor del paso. No hay túnicas todavía, ni incienso, ni público. Eso llegará en unos días. Ahora es el momento del ensayo, que reúne a varias decenas de personas en este pequeño pueblo, a 70 kilómetros de Madrid, alrededor de la Hermandad Sacramental del Perdón.



Y, entre ellos, encontramos a Ainara Herrero y Ana María Pérez, dos jóvenes que este año procesionarán por primera vez. Una, de mantilla. La otra, bajo el paso. Ainara, de 19 años, estudia Terapia Ocupacional en la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid, donde vive con dos amigas. Ana estudia segundo de Bachillerato y acaba de terminar los exámenes. Ambas conocen la hermandad “de toda la vida”, pero no ha sido hasta este año que se han atrevido a dar el paso. Porque lo suyo no empezó como una tradición heredada.

“Mi abuela es creyente, pero nunca me ha impuesto nada”, explica Ainara. De hecho, en su familia nadie más es creyente, ni ha vivido la fe de forma cercana. “Cuando era pequeña la veía salir de nazarena, hacer cosas por la hermandad, y pensaba que a mí me podía gustar, pero ella nunca me decía nada ni yo daba el paso”, señala. De hecho, reconoce que cuando empezó el instituto se alejó de todo lo que tenía que ver con la fe, “como en esa adolescencia rebelde en la que no quieres saber nada de nadie”.

Hasta que algo cambió. “Hace unos años tuve una experiencia cercana a la muerte. Me operaron de amigdalitis y la cosa salió mal”, indica. Esta experiencia que marcó su vida fue cercana a la Navidad, y, aquel año, en Semana Santa, “volví a las procesiones después de muchos años sin ir”. “Hubo un momento en el que me hizo clic. Llegué a una procesión y me puse a llorar sin saber por qué. Fue una sensación que no puedo explicar”, recuerda.

Un despertar

Además, le marcó especialmente “una procesión en la que llovió y el paso tuvo que quedarse dentro. Los vi muy afectados, llorando, y pensé: ‘Tienen una relación muy bonita entre ellos’. Me dio como envidia”, reconoce. Aunque todavía no era su momento. “Ese año estaba en segundo de bachillerato y no tenía tiempo para pensar en nada más que estudiar. Pensé que quizá era algo puntual”, recuerda. “Cuando terminé el bachillerato y empecé la carrera, tenía más tiempo y empecé a hacer más vida en el pueblo”, relata.

Así fue como, en la Semana Santa del año pasado, fue a todas las procesiones y se decidió a dar el paso. A su abuela, recuerda, se lo contó el día del Corpus. “Le dije que había tomado la decisión de apuntarme. Se puso muy contenta. Para ella fue una alegría que alguien siguiera un poco sus pasos”, asegura. De esta manera, Ainara saldrá este año por primera vez de mantilla. Algo que, dice, es muy diferente hacerlo en un pueblo pequeño que en una ciudad más grande: “Aquí te sientes más expuesta, más vista”.

A unos metros, Ana se ajusta el costal. Tiene 17 años y una certeza distinta. “Mi familia siempre nos ha educado en la fe y, al final, siempre la hemos vivido mucho”, aunque en realidad nunca se había sentido atraída por formar parte de una hermandad, hasta hace apenas un año que empezó “a mirarlas con otros ojos”. Ahora, entre la veintena de hombres que cargan el paso, ella será una de las pocas mujeres que lo hacen. “Dije que lo que quería hacer era ser los pies de Dios”, detalla.

“Para mí es un camino más para seguir creciendo en la fe, porque es un lugar donde te sientes acogida por todos”, explica. De hecho, reconoce que en algún momento le ha “dado miedo pensar que no iba a poder, sobre todo por la parte física”, aunque llevan ensayando todos los domingos desde enero. “Mi preocupación era pensar que no iba a tener la misma fuerza que los demás, porque tengo 17 años”. Y, aunque reconoce que es duro, también sabe que esta es su función: “No se trata de sufrir, pero sí de hacer un esfuerzo”.

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