Cardenal Artime: “La vida consagrada no es una automutilación”

El purpurado ha conversado con el salesiano Giuseppe Costa en su último libro ‘Un futuro sin números y sin muros’

Cardenal Artime: “La vida consagrada no es una automutilación”

La vida consagrada atraviesa un momento de fragilidad. Menos vocaciones, comunidades envejecidas, dificultades económicas y desafíos culturales que no dejan indiferente a nadie. Pero, lejos del lamento, el cardenal Ángel Fernández Artime propone otra lectura: la crisis puede ser una oportunidad. Así lo plantea en ‘Un futuro sin números y sin muros’ (San Pablo), una conversación con el salesiano Giuseppe Costa en la que radiografía el presente y el futuro de la vida religiosa.



“Hoy la vida religiosa es más necesaria que nunca”, afirma. “Es necesario recuperar como nunca antes el amor y la fascinación por el Señor Jesús, colocándolo en el centro de nuestras vidas”. Del mismo modo, advierte que “seguir identificando la vida consagrada únicamente con la función social que desempeña no solo es un error”, así como “una fuente de pesimismo”.

“Lo que justifica la vida religiosa no es lo que uno hace, sino lo que uno es: signos de la presencia de Dios en el mundo, metáforas del amor de Dios”, asevera. Por eso, dirigiéndose especialmente a los jóvenes, señala que “la vida consagrada no se puede vivir a medias, mientras dure mi entusiasmo”.

Lienzo Vida Nueva 2 10

Angel Fernandez Artime

Una formación más humana

“Hay mucha menos madurez de la que se supone”, reconoce el cardenal, insistiendo en que una “formación espiritual y doctrinal básica ya no basta”. “La preparación humana, emocional, psicológica y cultural es cada vez más necesaria”, apunta. “La vida consagrada no es una automutilación”, afirma, ya que “sino una valoración de lo que somos, transformados, sin embargo, por la pasión por el Señor”.

Y es que en un mundo “marcado por la indiferencia y la fragmentación”, las comunidades religiosas pueden ser “un signo visible de unidad, encuentro, comunión y reconciliación”. Una especie de “contracultura evangélica” que propone otra lógica distinta a la del poder, el egoísmo o la acumulación.

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