El cardenal Parolin pide “invertir” en las nuevas generaciones y hacerlas protagonistas para construir un futuro de paz
Pietro Parolin durante su visita al Líbano en 2024
Los jóvenes obligados a empuñar un arma en Ucrania o en conflictos olvidados de África. Los que crecen sin oportunidades y se convierten en presa fácil del extremismo. Los que renuncian a tener hijos por miedo al futuro o se refugian en mundos virtuales para escapar de una realidad que no saben cómo afrontar. También los jóvenes migrantes que no logran integrarse, los que sienten que nadie los escucha o los que buscan su propia identidad —también la cristiana— en medio de la incertidumbre. A todos ellos se dirigió el cardenal Pietro Parolin con una llamada clara: hay que ofrecerles “perspectivas”, “invertir” en ellos y hacerlos protagonistas para construir un futuro de paz.
Tal como recoge Vatican News, el secretario de Estado vaticano tomó la palabra en la llamada Cátedra de la Acogida, un espacio de reflexión impulsado por diversas organizaciones del tercer sector junto a la Pontificia Universidad Lateranense. El encuentro, celebrado en la Fraterna Domus de Sacrofano, reúne desde hace cuatro años a expertos y responsables sociales para dialogar sobre los grandes desafíos del presente. En esta edición, el tema central fue ‘Los jóvenes y la Iglesia. Acogidas que generan pertenencia’.
Recién llegado de Burkina Faso —donde presidió la ordenación episcopal del nuevo nuncio en la República Democrática del Congo y Gabón—, Parolin inauguró los trabajos del encuentro con una reflexión sobre el mundo que están heredando las nuevas generaciones.
Entre los desafíos más urgentes señaló dos fenómenos que atraviesan muchas sociedades: la migración y el descenso de la natalidad. Sobre el primero habló de “retos todavía sin resolver”, reconociendo que, pese a los distintos intentos en muchos países, todavía faltan soluciones que permitan una integración real.
El segundo fenómeno, el de la baja natalidad, revela —según el cardenal— una dificultad más profunda: el miedo al futuro. “La guerra alimenta ese miedo y, por tanto, la falta de voluntad de traer hijos al mundo”, explicó. Cuando el hijo se percibe como una carga o como un obstáculo para la realización personal, advirtió, se bloquea el camino hacia la vida. “¿Cuál es el valor supremo? ¿La autorrealización o el don de uno mismo?”, se preguntó.
El cardenal subrayó que estas dinámicas no afectan por igual a todas las regiones del mundo. Mientras en muchas sociedades occidentales la natalidad se desploma, África vive una expansión demográfica acelerada. Sin embargo, ese crecimiento también encierra riesgos si no va acompañado de oportunidades.
“Cuando los jóvenes no tienen educación, trabajo ni perspectivas de futuro, caen víctimas de los extremistas y se convierten en presa fácil de estas tentaciones”, advirtió. “No es casualidad”, añadió, “que sean precisamente los jóvenes quienes terminan en los frentes de guerra, ya sea en Ucrania o en tantos conflictos olvidados del continente africano”.
En este contexto, Parolin reclamó también una mayor presencia de jóvenes en las instituciones, especialmente en los organismos internacionales. “Con demasiada frecuencia solo los mayores participan en las negociaciones y en los procesos de decisión”, señaló. Sin embargo, insistió, los jóvenes no son solo el futuro: pueden aportar soluciones nuevas a problemas que el mundo adulto no logra resolver.
Por eso pidió abrir más espacios para su participación y apostar por su formación. Las instituciones internacionales —dijo— necesitan renovarse y adaptarse a un escenario global que ya no es el de la posguerra ni el de la Guerra Fría.
El secretario de Estado también llamó la atención sobre el clima de frustración que viven muchos jóvenes, que sienten que se les exige demasiado sin ofrecerles el acompañamiento necesario. “Muchos se ven llamados a asumir responsabilidades para las que no se sienten preparados”, explicó. Ante esa sensación de insuficiencia, la respuesta no es la presión sino el acompañamiento.
“Necesitan a alguien que los ame gratuitamente, más allá de los resultados”, afirmó, recordando que el mensaje cristiano presenta a un Dios que no exige perfección, sino que ama y valora a cada persona tal como es.
Otro de los retos señalados por Parolin es la dificultad actual para transmitir valores. Durante mucho tiempo, recordó, esa tarea era compartida por la familia, la escuela y la parroquia. Hoy, en cambio, esas instancias ya no actúan de forma coordinada.
El resultado es una realidad fragmentada en la que los jóvenes reciben mensajes muy distintos, muchas veces condicionados por el entorno digital. “Basta con que un joven coja su teléfono móvil para entrar en una realidad que muchas veces los adultos desconocemos”, advirtió.
“La Iglesia puede convertirse en un ámbito donde los jóvenes de todo el mundo encuentren un lugar de integración”, afirmó el cardenal. En ese sentido, destacó el papel de las escuelas católicas como espacios de encuentro y recordó también el valor de iniciativas como las Jornadas Mundiales de la Juventud, donde miles de jóvenes descubren que la fe puede vivirse en comunidad. “Como católicos —concluyó— debemos abrirnos a escucharlos. Solo así podremos acercarnos a ellos y a su generación”.