Desde que, el 28 de febrero, el presidente estadounidense, Donald J. Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, decretaran una operación militar conjunta contra el régimen de los ayatolás de Irán, todo Oriente Medio está en convulsión. En estos diez días, los acontecimientos se han acelerado y ya se registran más de 1.200 muertos en territorio iraní.
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En una agitación constante, las consecuencias económicas también están siendo devastadoras a nivel global, con el estrecho de Ormuz cortado por Irán (un punto clave del comercio mundial al ser el punto de salida del Golfo Pérsico) y el petróleo alcanzando un precio histórico (más de 100 dólares por barril, con una subida de un 46%).
Moytaba Jamenei, nuevo líder supremo
Por si fuera poco, la crisis puede extenderse más tiempo del inicialmente previsto por Trump y Netanyahu, pues Irán, lejos de ceder, ha reforzado su estructura política sustituyendo al ayatolá Alí Jamenei, asesinado el primer día de los ataques, por su propio hijo, Moytaba Jamenei, que sede ahora es el nuevo líder supremo.
Además, tras escalar el conflicto y afectar a más de una docena de países, Líbano es el más golpeado por el enfrentamiento entre la milicia islamista Hezbolá y Tel Aviv, con más de 400 muertos libaneses. De hecho, tal y como ha lamentado UNICEF, “casi 700.000 personas, incluidos 200.000 niños, han tenido que huir como desplazadas en Líbano en solo diez días de guerra en Oriente Medio”.
Por ello, la Asamblea de Patriarcas y Obispos Católicos de Líbano han difundido un comunicado conjunto de condena. Recogido por Vatican News, en él los pastores muestran su “profunda preocupación por la situación actual y por el riesgo de que la región pueda caer en enfrentamientos más amplios, con graves consecuencias para sus pueblos”.
Espiral de violencia
De no frenarse por la vía diplomática, “la continuación de esta espiral de violencia amenaza la dignidad de la persona humana, que es un don de Dios, y socava los fundamentos de la justicia y la estabilidad”. Y es que “la paz no es una opción secundaria o temporal, sino un deber humano y una responsabilidad colectiva”.
De ahí su SOS, que es casi una imploración agónica, por “el cese inmediato de la espiral de violencia y el retorno al diálogo constructivo y a la acción diplomática responsable”. Un reto que también deben acometer de inmediato las autoridades nacionales libanesas, debiendo “asumir plenamente sus responsabilidades”.
En estas horas dramáticas, a las comunidades cristianas les corresponde multiplicar la fraternidad y volcarse prestando la ayuda necesaria “a sus hermanos y hermanas que permanecen firmes en sus aldeas”, sobre todo las del sur, en la frontera con Israel, y que se niegan a abandonar sus hogares. Todo ello pese a que los misiles que se intercambian Hezbolá y Tel Aviv sobrevuelan sus cabezas.
“Fui forastero y me acogisteis”
En cuando a los desplazados que sí se hayan visto forzados a dejar todo atrás, es su deber “acoger a los civiles desplazados”, tal y como llamara Jesús en el Evangelio con el “fui forastero y me acogisteis”.
Mientras no cesa el ruido ensordecedor de las armas, la Iglesia debe clamar a diario “para que los líderes elijan el camino del diálogo en lugar de la destrucción y persigan el bien común en lugar de la tragedia de las guerras”.