Ni por asomo se imaginaba que un día acabaría trabajando al servicio de los papas en el Vaticano. Ni lo buscaba ni se lo planteó nunca. Se topó con ello. Francisco la fichó en 2021 como ‘capo ufficio’ de la Pontificia Comisión para América Latina (PCAL). Apenas unos meses después, la ascendió a secretario de este departamento vaticano que coordina la acción pastoral del continente. Desde que desembarcó en Roma, esta bonaerense –casada y con dos hijos– se puso a las órdenes del cardenal Marc Ouellet, entonces presidente de la PCAL. En 2023, Francisco nombra prefecto de ese dicasterio al entonces obispo de Chiclayo (Perú), Robert Prevost, quien pasó de ser su ‘jefe’ directo a ser hoy el ‘jefe’ de todos.
Ni entonces presumía de su complicidad con Francisco ni ahora lo hace con respecto a León XIV. Simplemente, se sabe una teóloga especializada en moral social al servicio de la Iglesia. Y, por qué no, de ser “pastora”. Así se lo deja caer a algún monseñor que la mira ojiplático ante lo que pudiera entenderse como una osadía ministerial. Esta argentina sale al quite enseguida recordando que asume ese ‘pastoreo’, aunque solo sea por ser alumna de las calasancias, de las Hijas de la Divina Pastora. Así acompaña y alienta al continente de los dos papas.
PREGUNTA.- Día Internacional de la Mujer. ¿Para celebrar o denunciar?
RESPUESTA.- Sobre todo, hay que celebrar. Hay que leer cada acontecimiento del presente a la luz del pasado, como un proceso. Si echamos la vista atrás para evaluar, por ejemplo, cuáles eran las condiciones de trabajo de las mujeres antes de que comenzara toda la lucha por los derechos civiles y sociales, que se llevó tantas vidas por delante, no podemos decir que las cosas vayan para atrás o que estemos estancados respecto a un siglo o medio siglo.
Aunque queda mucho camino por recorrer, las mujeres ven reconocidos sus derechos en gran parte del planeta y ya están ocupando trabajos formales, al igual que los hombres –eso, donde aún hay trabajo, porque el desempleo es estructural y va en aumento–. Vemos cómo, lo mismo en universidades que en empresas de primer orden, las CEO son mujeres, en los parlamentos tenemos mujeres en lugares destacados, en los organismos internacionales ellas también son líderes. Y, por supuesto, en la Iglesia ellas también han dado pasos al frente. Con Francisco, muchas mujeres, al menos en la Curia romana, no diría en toda la Iglesia, han llegado y están en lugares importantes. Eso es un avance.
P.- Hay quien evita la palabra “empoderamiento”. ¿Usted conjuga el verbo “empoderar”?
R.- Nunca me gustó la palabra empoderamiento, no por lo que significa la palabra en sí misma, sino por las connotaciones que se le han podido adjudicar. Yo apuesto más por hablar de reconocimiento, por reconocer la dignidad que tenemos como seres humanos. La dignidad infinita de la que nos hablaba Francisco la tenemos los hombres y las mujeres. Lo que hace falta es el reconocimiento real de esa dignidad en la mujer, es decir, con derechos civiles y sociales, y no solo con bonitas palabras. La lucha no es por el empoderamiento, es por el reconocimiento concreto en leyes justas y salarios dignos. No se trata de empoderar a alguien, sino de reconocer la dignidad –es decir, el derecho– que esa persona conlleva solo por ser humana.
P.- ¿Mejor hablar de feminismo o de igualdad?
R.- Tanto la palabra empoderamiento como feminismo se han convertido en banderas de lucha y también en puntos de ataque, y el papa León nos llama a desarmar las palabras. Por eso, prefiero utilizar los conceptos o términos que ya están lo suficientemente asentados, pero modificados en su significado. Me parece que, a veces, se usa el feminismo como un arma que se vuelve en contra de mujeres que ya están demasiado maltratadas como para seguir exponiéndolas más. León XIV nos ha insistido en este primer año de pontificado en cómo tenemos que trabajar por una paz desarmada, que pasa también por desarmar las palabras.
Creo que hablar de igualdad desarma. Ayuda a reivindicar sin generar frentes. En cualquier caso, creo que también debemos reflexionar sobre el sentido de la igualdad, que puede llegar a malinterpretarse. Thomas Hobbes, en ‘Leviatán,’ muestra cómo la igualdad absoluta se logra cuando cualquiera puede matar a cualquiera, es decir, un Estado de naturaleza absoluto. Eso nos llevaría a pensar que la igualdad llega cuando todo el mundo está armado frente al otro, armado incluso con palabras que matan. Para poner freno a esto, se lleva a cabo el pacto social, que permite crear el Estado de derecho, el cual debe garantizar la dignidad o derecho de todo ser humano, sea hombre o mujer, a “una vida buena y en abundancia” (Jn 10, 10), como dijo Nuestro Señor Jesucristo.
Si no distinguimos esto, podemos correr el riesgo libertario de entender por igualdad que cada uno hace lo que quiere al costo de la dignidad del prójimo. La igualdad en sentido absoluto puede terminar en la guerra de todos contra todos. Por eso, cuando hablo de igualdad, estoy hablando en el sentido de igualdad desde el respeto a la diferencia, es decir, de respetar que el otro piense distinto de mí o se exprese distinto de mí, y buscar un punto de acuerdo. Porque, si yo apuesto por la igualdad absoluta, aniquilo la diferencia y eso es totalitarismo; y en un Estado totalitario, las mujeres son las primeras en perder su dignidad. Por eso, pienso que para garantizar la dignidad de la mujer, se debe defender primero el Estado de derecho.
P.- ¿Grita lo suficiente la Iglesia para que se reconozca la dignidad de las mujeres?
R.- Por supuesto. Y más aún si hablamos de la Iglesia en sentido de cuerpo místico, esto es, sabedores de que la Iglesia somos todos. Hay quien sigue utilizando el término Iglesia solo para referirse al clero o a la jerarquía. Uno de mis empeños en estos años en Roma ha sido hacer caer en la cuenta a los propios cristianos de que todos somos la Iglesia, que la formamos todos los bautizados: los que trabajan en universidades que no son eclesiásticas, en empresas multinacionales, en pequeñas lavanderías, en los sindicatos, en el deporte, en el mundo del arte… Todos tienen el ‘sensus fidei’, todas esas personas siguen gritando en su día a día por el reconocimiento de “todos, todos, todos”, como decía Francisco, y ese todos también incluye a las mujeres.
P.- De las periferias reales y existenciales, ¿cuál le preocupa más en relación a la mujer?
R.- Evidentemente, si hablamos de periferias geográficas, pienso en los países que están en el sur global, en América Latina, África y parte de Asia. El planeta quedó dividido por la división internacional del trabajo: una mitad del mundo exportando recursos, y la otra mitad con un desarrollo tecnológico avanzado expropiando esos recursos. Todo ese mundo que queda arrinconado solamente como proveedor de materia prima, en las peores condiciones de trabajo y supervivencia, es lo que se entiende como una periferia social y económica, donde las mujeres siempre ocupan el último lugar; a ellas nunca llegaron los derechos sociales del siglo XX. A eso hay que unir las periferias existenciales, que son todas aquellas que, sin estar ‘a priori’ en una situación de pobreza económica, son dejadas al margen, son excluidas, por su identidad religiosa, étnica o sexual.
Y ahí, de nuevo, lamentablemente, encontramos el rostro de las mujeres sufrientes. Todavía hay muchas mujeres que ven cómo su vida está en riesgo de muerte por esa economía que mata. Un 62% de desempleo estructural implica que son muchas las que no tienen empleo formal, que no saben si van a tener que llevarse algo a la boca de un día para otro. Ellas están en el último escalón de las relaciones productivas, trabajando en condiciones horribles, vapuleadas, explotadas, víctimas de la trata o del narcotráfico. Es un drama silenciado para muchas instituciones, pero no para la Iglesia. Es más, ellas mismas son Iglesia, salvando vidas, salvando familias, salvando ecosistemas, salvando incluso países; pero esas mujeres son invisibilizadas, tanto por las economías nacionales como por sus narrativas.
P.- ¿Cree que en esta última década la Iglesia ha aprendido a reconectar con los pobres?
R.- La opción preferencial por los pobres no empezó con Francisco, como tampoco comenzó la defensa de la dignidad de la mujer. Empezó con Jesucristo y, por eso, es constitutivo de la predicación cristiana, y no una tarea complementaria para los días libres. Lo que sí hizo Francisco fue visibilizar esa prédica, resituar en primer plano la Doctrina Social de la Iglesia, algo que distingue al catolicismo del resto de las prácticas religiosas, y lo diferencia de cultos estetizantes. En este sentido, además de otorgar cargos curiales a las mujeres, me pareció especialmente significativa la apuesta que hizo Francisco para que las mujeres tuvieran voz en el Sínodo de la Sinodalidad. Ahora es el momento de que todas estas apuestas del Papa del fin del mundo aterricen en las Iglesias locales, en las diócesis y arquidiócesis, donde me da la sensación de que no se reconoce aún lo suficiente a la mujer como sujeto capaz de decisión.
P.- Fue una de las primeras mujeres a las que Francisco confió un alto cargo. Además de por su valía, ¿es consciente de que ayudó a Bergoglio a romper techos de cristal?
R.- Sí, por supuesto, y eso fue un honor en mi vida, creo que el más grande que recibí: poder servir a un Papa y trabajar con él para servir a la Iglesia. A la vez, es una gran responsabilidad, porque el hecho de ser de las primeras nos hace ser más exigentes con nosotras mismas y actuar con mucha cautela en la misión que se nos ha encomendado para que ese techo no vuelva a cerrarse. Habrá quien pueda criticar esta sana prudencia, pero es una manera de corresponder con esa apuesta de Francisco, la de haber roto el techo de cristal.
P.- ¿Se ha sentido ignorada o cuestionada en los pasillos del Vaticano por el mero hecho de ser mujer?
R.- No, jamás. Mira, es muy importante esta pregunta, porque muchos de los que en este momento están en la Curia romana fuimos nombrados prácticamente al mismo tiempo por Francisco, en la segunda mitad de su pontificado. Todos llegamos con una misma apertura de miras y con una conciencia clara de trabajar en equipo. Eso permitió generar un clima de colaboración e, incluso, de amistad. Él hizo mucho para que ni yo ni nadie se sintiera ignorado o maltratado. Eso no significa que, en algunos espacios eclesiales, a algunas mujeres se las trate mal o se las deje de lado; yo estoy hablando de la Santa Sede.
P.- ¿Qué pasaría si un día las mujeres de la Iglesia hicieran una huelga de brazos caídos?
R.- De nuevo, pensemos en que quienes conformamos la Iglesia –como cuerpo místico– no solo estamos en estructuras eclesiales, sino también en medio del mundo. En ese sentido, si las mujeres de la Iglesia hicieran huelga de brazos caídos, las escuelas se quedan sin maestras, los hospitales se quedan sin médicas y sin enfermeras, las universidades se quedan sin profesoras y sin rectoras, los juzgados se quedan sin juezas, las policías se quedan sin agentes. Si no empezamos a reconocer a todas las bautizadas como mujeres católicas, como mujeres de la Iglesia, entramos en una trampa dialógica.
Las mujeres son más del cincuenta por ciento de la Iglesia católica. Vayamos a un caso singular: las mujeres de los millonarios son las que presionan a sus maridos para que hagan las grandes donaciones a la Iglesia. ¿Y si ellas se cruzaran de brazos o miraran para otro lado? ¿Qué pasaría? Me voy ahora a otras coordenadas: ¿cómo seguiría nuestra Iglesia en las periferias –donde se encuentra el mayor número de bautizados practicantes– sin las mujeres que llevan sobre sus hombros tantas comunidades de base en América Latina?