Ante la preocupante situación geopolítica, la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE) y la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) han unido sus voces para exigir un alto al fuego y promover el retorno a la vía diplomática. Para reforzar este mensaje, han convocado un encuentro internacional de oración para el próximo viernes, 6 de marzo.
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Declive de la diplomacia
El obispo Mariano Crociata, presidente de la COMECE, mostró su profunda inquietud por el rumbo de los acontecimientos, señalando un “mayor debilitamiento del orden internacional basado en normas” y un evidente “desprecio por el derecho internacional”. Por ello, en su mensaje de solidaridad hacia quienes sufren la “reciente escalada de violencia en Irán y en todo Oriente Medio”, Crociata advirtió sobre el inmenso peligro de abandonar el diálogo.
El prelado alertó que dejarse arrastrar por “la lógica de la represalia y la venganza” tiene el potencial de desatar “una espiral de violencia que ponga en peligro la estabilidad regional y mundial y pueda conducir a una tragedia de enormes proporciones”.
Haciendo eco de las peticiones de paz del Papa León XIV, la COMECE ha instado a la Unión Europea a reafirmar su propósito original como proyecto de paz. La institución pide a la UE que mantenga la unidad ante la crisis, defienda sistemáticamente el derecho internacional, incluida la no proliferación nuclear, redoble sus esfuerzos diplomáticos para apaciguar las tensiones entre las partes implicadas y garantice la seguridad ciudadana y trabaje por un futuro regional basado en el respeto a la dignidad y los derechos humanos.
Por su parte, la UISG ha respondido a la crisis global con un llamado a la acción pacífica y desarmada. La organización ha programado un momento internacional de oración, acompañado de ayuno, que será transmitido en directo el viernes 6 de marzo a las 15:30 h (hora de Roma) y estará abierto a todo el público. Roxanne Schares, Secretaria Ejecutiva de la UISG, resumió la urgencia moral de esta iniciativa: “Como religiosas consagradas, presentes en los contextos más frágiles de la sociedad y cercanas a quienes sufren, no podemos permanecer en silencio ante una espiral de destrucción que socava la dignidad humana y pone en riesgo el futuro de las nuevas generaciones”.