España

El talento de los laicos jubilados sostiene la Iglesia

| 27/02/2026 - 04:32





La jubilación suele venir envuelta en un paquete de tópicos: el descanso merecido, el “ya nos toca”, la tentación de encerrarse en casa y, no pocas veces, la soledad. Pero existe otro relato. Uno en el que se da paso a una vida diferente, en el que el deseo de aportar se transforma en vocación, en ganas de aprender y en ilusión. En este contexto, la Iglesia, se convierte en el puerto seguro donde hombres y mujeres que, cuando termina su vida laboral, no apagan la luz. La cambian de sitio. Y la ponen donde hace falta.



Este es el ejemplo de Manuel Bretón. Tras décadas de vida militar, actualmente es el presidente de Cáritas Española. Un hecho, dice, ante el que él es el primer sorprendido. No había tenido, asegura, ninguna relación previa con la entidad. Sabía que existía, “pero nada más”. Y, sin embargo, cuando llegó el momento, la llamada le encontró. Igual que a Loli Rasero, quien, a sus 81 años dirige el comedor Paquita Gallego, en Leganés (Madrid), el que, después de casi cuatro décadas, siente como su casa. Su vida, explica, desde que enviudó siendo muy joven, se fue inclinando hacia el voluntariado y el cuidado de los más frágiles, y, después de una vida laboral en el Ayuntamiento de Madrid, acabó dedicando todo su tiempo a aquello que llenaba su corazón. Por su parte, Xavier Pomés –médico de profesión, gestor de hospitales por oficio– aterrizó en la diócesis de Almería después de jubilarse tras muchos años en San Juan de Dios.

Tres trayectorias distintas y tres maneras de servir unidas por un mismo hilo: el talento de los jubilados laicos que, lejos de quedar al margen, se convierten en nervio y soporte de la Iglesia, ya sea en cargos de liderazgo o encarnando toda esa labor que, más allá del foco, sostiene en lo cotidiano.

Al otro lado del teléfono, Bretón explica a ‘Vida Nueva’ que cuando alguien le insinúa que “manda” en Cáritas, lo corta con ironía: “Yo en Cáritas no mando nada. He mandado mucho en mi vida… pero aquí no se manda”, dice. “Aquí se está en el día a día, se colabora, se abre los ojos a la realidad”, añade. Y, sobre todo, “se aprende todos los días, y esa es la mayor riqueza”. Su relato comienza el día en que el entonces arzobispo castrense, Juan del Río –fallecido durante la pandemia del COVID-19 en 2020–, le llamó al jubilarse para poner en marcha una Cáritas “distinta a las demás”.

“Tenemos que poner en marcha una Cáritas castrense”, me dijo. Y así lo hicieron. Nació como la número 70 dentro de la Confederación, sin territorio propio, pero presente “en cualquier lugar donde hay un elemento o una institución militar”. De ahí, el paso a la presidencia de Cáritas Española le sigue pareciendo casi inverosímil: “Pensaron que yo podía presidir Cáritas Española y aquí estoy desde entonces”. Sin embargo, para Bretón esto no ha sido una ruptura con su pasado, sino una continuidad: “Es una forma de servir a los demás también”, explica. “He estado toda mi vida sirviendo a unos o a otros”. De hecho, su trayectoria, que le ha llevado a ver la realidad de la pobreza desde distintos ángulos, le permite ahora saber que la situación en España no se arregla con discursos.

Servir a los últimos

Si Bretón representa a quienes, tras jubilarse, asumen tareas de liderazgo, Loli encarna el perfil del servicio perseverante, de delantal y garbanzos en remojo. Su domingo es un mapa de compromisos que deja poco espacio para el cliché de la tristeza. “Con tanta actividad, ¿cómo voy a coger una depresión?”, se pregunta con una sonrisa. Luego enumera su día: misa de catequesis, conversación con familias, paso por el comedor para preparar lo del lunes, y después unas horas ante el Santísimo.

El comedor donde desempeña su labor desde hace 38 años tiene historia y memoria. El centro Madre de la Alegría, en la calle Santa Rosa de Leganés, es un pilar de solidaridad desde principios de los años 80. Lo impulsó Francisca ‘Paquita’ Gallego (1924-1986), reconocida como hija predilecta de Leganés, y su legado ha sobrevivido a su muerte gracias a voluntarias que, en algunos casos, trabajaron con ella desde el inicio. En este lugar se atiende a diario a personas con dificultades: no solo se ofrece comida, también acompañamiento, cariño y una red mínima de seguridad.

Recuerda que, cuando ella empezó, el comedor atendía a realidades durísimas: “El SIDA, tuberculosos, drogas…”. Ahora, sin embargo, han cambiado los perfiles de quienes acuden al comedor: llegan muchos migrantes y personas sin trabajo. Pero el método sigue siendo el mismo: permanencia, escucha, una mesa bendecida –que no falta ningún día–, y el convencimiento de que el otro no es un número. “Nosotros les recogemos. Desde chicos que han caído en las drogas hasta chicas prostitutas… los pobres entre los más pobres”, indica. Sin embargo, y a pesar de todo el bien que hacen, Loli está convencida de saber por qué tantos jubilados acaban en servicios así: “No es tanto lo que hacemos para lo que recibimos, porque recibimos mucho más que damos”.

Nuevos aprendizajes

Xavier Pomés también habla de aprendizaje, pero en su caso el escenario es otro: números, deudas, auditorías, presupuestos… La diócesis de Almería pidió ayuda a la Conferencia Episcopal por una situación económica “realmente preocupante”. Él estaba jubilado de San Juan de Dios. Pero una amistad surgida años atrás con un sacerdote bilbaíno al que conoció por un hospital en la diócesis de Riobamba (Ecuador), y que más adelante se convirtió en el actual obispo de Bilbao, Joseba Segura, le llevó a responder una llamada durante la Navidad de 2021. “¿Qué sabes de Almería?”, le preguntó el obispo. Y Pomés, que no había estado “en la vida” en la provincia, podría haber dicho: gracias, hasta aquí. Pero dijo: “Vamos a trabajar”.

El nuevo obispo, Antonio Gómez Cantero, se había topado por entonces con una situación difícil de manejar. Así que, en un principio, la entrada de Pomés en aquella diócesis alejada de Barcelona, donde estaba toda su vida, fue técnica –seleccionar una empresa y encargar una auditoría–, pero terminó siendo canónica: el obispo le pidió asumir el cargo de ecónomo. “No sabía qué era eso y resulta que es un nombramiento por cinco años”, recuerda. El resultado, según su propio balance, es una diócesis que hoy vive “en una situación de tranquilidad”, sin “la presión de las deudas ni de los costes”.

“Mi misión es combinar, por un lado, lo que tiene que ser una gestión económica, con cómo debe serlo en la Iglesia católica. Hay que hilar muy fino, saber en determinados momentos dónde tienes que decir que no, dónde tienes que ceder, dónde tienes que organizar o programar…”, explica Pomés, quien “nunca hubiera imaginado que al final de mi carrera profesional, de alguna forma, tendría esta experiencia tan bonita. Y lo digo con toda la satisfacción”.

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