A sus 83 años, puede presumir de un envidiable estado de salud, pero, sobre todo, de su entusiasmo y amor por el ministerio episcopal. Ciriaco Benavente, obispo emérito de Albacete, responde rápido a cualquier petición de ayuda que le llega, ya sea para sustituir a algún párroco o atender a sus compañeros de la casa sacerdotal de Plasencia, en la que vive. Originario de Malpartida de Plasencia, fue obispo de Coria-Cáceres para recalar después en Albacete, donde estuvo hasta 2018.
“En principio, pensaba quedarme en Albacete, donde me sentía muy a gusto, pero luego vi que era más conveniente no hacerlo porque así mi sucesor se sentiría más libre”. Dice que no tiene “nada en contra” de los obispos eméritos que deciden residir en la diócesis que han pastoreado. “Estaba dispuesto a quedarme. Había una excelente casa sacerdotal, incluso no me hubiera importado dedicarme a alguna parroquia o a otro tipo de actividades”. Pero “lo hablé con algún compañero en profundidad y una serie de circunstancias me hicieron ver que lo mejor era poner tierra de por medio durante un tiempo”. Gracias a aquella decisión, ahora está “muy contento y feliz”, con “otros 15 o 16 sacerdotes, algunos muy limitados”. Aquí hay espacio para dedicar tiempo al Señor y, si uno quiere, a los demás y echar una mano”.
A la casa sacerdotal llegó a finales de 2018. El papa Francisco le nombró administrador apostólico hasta 2022, cuando designó al nuevo obispo de Plasencia. “Digamos que, cuando ya creía que iba a descansar un poco, llegó el encargo”, recuerda entre risas.
Está siempre disponible para el que necesita su ayuda. “Es frecuente que, en estos tiempos en los que escasea el clero, recurran a uno”, reconoce. Por ello, no duda en “echar una mano a los compañeros” siempre que le es posible, aunque a veces se ve obligado a “limitar” esas peticiones que le llegan. Seguir en activo, de una forma u otra, “siempre es enriquecedor” y “le obliga a uno a repasar, a prepararse, y eso te mantiene ágil”.
Más de una vez ha tenido que sustituir a algún párroco o sacerdote en sus tareas. Acude ‘casi’ de incógnito, porque “no llevo ningún signo (episcopal)”, aunque reconoce que, “si es en la ciudad, normalmente me reconoce todo el mundo porque aquí he pasado media vida en distintos cargos diocesanos: desde rector del seminario a delegado del clero, vicario, etc., pero voy simplemente como si fuera un compañero más que va a celebrar misa”.
En este sentido, añade que “la gente ya no se sorprende y, como es algo que se repite con frecuencia, tampoco les extraña”. Una situación que se da también en fechas señaladas como Navidad o Semana Santa. “Este año me costaba marcharme y lo hablé con el director de la casa sacerdotal”, así que “en Semana Santa estaré de ejercicios espirituales con una congregación religiosa desde el Domingo de Ramos hasta el Sábado Santo”, desvela.
“Los primeros años de estar aquí creo que recorrí la mitad de las diócesis de España dando ejercicios a sacerdotes, y aún tengo pendientes unos ejercicios para mayo en Santiago”. Además, “antes tengo otros ejercicios con unas religiosas” y “hace una semana tuve un retiro también con religiosas”.
Confiesa que actividades como estas “a uno le vienen muy bien para salir y respirar un poco”. “Salir a echar mano a un compañero no te cansa; al contrario, te empuja el corazón”, y es algo que se vive de forma muy diferente a cuando uno está al frente de una diócesis. Declara sentirse “liberado de esas preocupaciones que siempre se viven en una diócesis”. “Me he referido algunas veces –y todos los obispos jubilados están de acuerdo– en la liberación de tener que hacer nombramientos. Empezaba en en abril o mayor a dar vueltas con los vicarios los posibles cambios que habría que afrontar”, explica. “Hay sacerdotes que ya están mayores y tienen que dejarlo, ¿no?, otro que está enfermo… A veces, los vicarios me decían que no había forma de dar soluciones pastorales y no solo cubrir huecos”.