El líder de la Iglesia greco-católica, Sviatoslav Shevchuk, grita desde Ucrania: “Esto es una vergüenza para la humanidad”
Cuatro años después del inicio de la invasión rusa en Ucrania vive lo que el arzobispo de Kiev y jefe de la Iglesia greco-católica ucraniana, Sviatoslav Shevchuk, no duda en calificar como “una tragedia que nunca debió comenzar” y “una vergüenza para la humanidad”.
En una entrevista con los medios del Vaticano, Shevchuk hace balance de un conflicto que, recuerda, no empezó en 2022, sino en 2014 con la ocupación de Crimea y parte del Donbás. “Nadie habría imaginado jamás una guerra en Europa que durara cuatro años”, afirma. “Puedo decir que ni siquiera al comienzo de la invasión, en 2022, la situación era tan dramática como lo es hoy”, añade.
Asimismo, el prelado alerta especialmente del aumento de víctimas civiles. Según datos de Naciones Unidas, 2025 ha sido el año más mortífero desde el inicio de la invasión, con un incremento del 31 % respecto a 2024 y del 70 % frente a 2023. “Cuanto más hablamos de acuerdos de paz, más sangre corre en suelo ucraniano”, lamenta.
Shevchuk describe un invierno devastador en Kiev, con temperaturas que han alcanzado los 20 grados bajo cero y una destrucción sistemática de la infraestructura energética. “Algunos lo llaman ahora ‘Jolodomor’, del ucraniano kholod, frío”, explica, en referencia al Holodomor, el genocidio por hambre del siglo pasado.
“Los rusos están destruyendo metódicamente las centrales eléctricas. Cuando se corta la electricidad, también desaparecen el agua caliente y el saneamiento. Imaginen edificios con tres mil personas, apartamentos helados y baños inutilizables”, relata.
Ante esta situación, la Iglesia ha abierto Centros de Resiliencia: tiendas calefactadas con generadores, escuelas adaptadas como refugios y espacios habilitados incluso en la catedral. “Nuestro generador funciona casi veinte horas al día. Mucha gente duerme allí y vive allí. Tenemos que proporcionarles todo”, explica.
A pesar de todo, Shevchuk percibe una resistencia sorprendente. “No veo un cansancio que lleve a la desesperación. Al contrario, con cada ataque crece la voluntad de resistir”. En medio del dolor, la gente canta y sonríe en los Centros de Resiliencia. “Nos habituamos a los bombardeos, y eso es peligroso, porque podemos perder sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. La Iglesia debe recordar siempre que en cada dolor está presente el sufrimiento de Cristo”, dice.
No hay familia en Ucrania que no haya perdido a alguien. También los sacerdotes viven el trauma. “La mayoría nos dice que no quiere descansar ni tomarse vacaciones”, cuenta Shevchuk. Los psicólogos le explicaron que es una señal de trauma: temen dejar sus comunidades por si ocurre algo durante su ausencia.
Por eso han puesto en marcha programas de “sanación de heridas”. “Quienes han sufrido se convierten en ‘médicos heridos’, capaces de acompañar a otros hacia la curación”, explica. La prioridad es la salud espiritual y mental: “Estamos adquiriendo una experiencia que puede ser un tesoro para otras Iglesias”.
“Es vergonzoso que en cuatro años la comunidad internacional no haya logrado detener la mano asesina del agresor”, lamenta el prelado. Recuerda incluso que, en esas mismas tierras, la Segunda Guerra Mundial duró menos. “Es algo que nunca debió comenzar y que ahora debe terminar”.
“Los políticos deben cumplir con su deber. Los eclesiásticos y los diplomáticos también. Los militares y los voluntarios, cada uno desde su lugar. Debemos hacer todo lo posible para detener al agresor”, continúa. Después, dice, vendrá el tiempo de reconstruir. De momento, concluye con una petición sencilla: “Recen por nosotros”.