No es una historia más de la II Guerra Mundial. “Es una historia verdaderamente extraordinaria”, como afirma Jean-Louis Balsa, arzobispo de Albi, Lavaur y Castres (Francia), presidente del jurado del Prix International de la Bande Dessinée Chrétienne d’Angoulême. “Es un verdadero homenaje a la memoria y al heroísmo”, asume Olivier Balez, dibujante que firma junto al guionista Arnaud Le Gouëfflec la novela gráfica ganadora, Vous n’aurez pas les enfants (Editions Glénat). Es decir: “No tendréis a los niños”. Y no los tuvieron.
Es la historia del rescate de 108 niños judíos del arsenal militar de Vénissieux, cerca de Lyon, detenidos por el gobierno del mariscal Philippe Pétain el 26 de agosto de 1942, la primera parada que les debía conducir al campo de internamiento de Drancy y luego a los de exterminio de Auschwitz y Sobibor. “Lo que más me conmovió fue el sacrificio que se hizo para salvarlos. Además, es una historia de valentía colectiva. Por eso, junto con Arnaud, quisimos afrontar el reto de contar esta historia, con la esperanza de que el público joven también se sintiera conmovido por el valor que emana de ella”, explica Balez.
Es la historia que contó hace cinco años Valérie Portheret, en un épico ensayo –también titulado ‘Vous n’aurez pas les enfants’– tras veinticinco años de investigación, en el que logró reconstruir la vida de 90 de esos 108 niños. “Es una historia que nos conmueve y este premio es, evidentemente, un bonito reconocimiento, por supuesto, a Valérie Portheret”, añade el dibujante. “Lo premiamos por unanimidad –manifiesta Balsa–. Es una novela gráfica cuyo mensaje cristiano se encarna, ante todo, en los personajes”.
Los personajes son “hombres y mujeres de diferentes confesiones que anteponen el respeto a la dignidad humana a todo lo demás”, prosigue el arzobispo. Por ejemplo, el abad Alexandre Glasberg, fundador de L’Amitié Chrétienne (Amistad Cristiana), quien encabezó una “red de solidaridad sin precedentes” que reunió a católicos y protestantes. Es lo que Balsa llama “la dimensión ecuménica en el corazón de la historia del rescate de los niños judíos de Vénissieux”. O como afirma Balez: “También es la historia de personas creyentes que no se resignan a la providencia y deciden actuar. Gracias a estos actos heroicos, más de 108 niños y casi 400 personas del campo de Vénissieux fueron salvados en el verano de 1942”.
A Glasberg fue a quien se le ocurrió el “thriller administrativo”, como lo describe el dibujante, que dio con el argumento legal para salvar a los 108 niños detenidos entre un millar de judíos procedentes de Alemania, Austria, Polonia, Checoslovaquia o la URSS, y con los que el régimen de Vichy quiso congraciarse –una vez más– con los nazis. “Hay una sensibilidad que no sabría explicar, una historia de benefactores detrás de la reunión de personas de diferentes creencias que se unen para formar una especie de asociación de malhechores que van a robar, desviar documentos y falsificar”.
L’Amitié Chrétienne falsificaba pasaportes con los que salvó a muchos judíos, pero no era suficiente: hasta que el ímpetu de Glasberg dio con la cláusula jurídica con la que todo se puso en marcha: si los padres abandonaban a sus hijos, estos no podrían ser deportados. “Aquí se despliega todo el drama humano: para salvar a sus hijos, los padres deben separarse de ellos. Gracias en particular al cardenal Pierre-Marie Gerlier, arzobispo de Lyon, esto fue posible”, revela Balsa.
La noche del 28 al 29 de agosto de 1942, los progenitores renunciaron a sus hijos y Galsberg los sacó de Vénissieux a escondidas. La policía colaboracionista los buscó con ahínco. Es ahí cuanto el cardenal Gerlier hace frente al régimen de Pétain. Y también Jules-Géraud Saliège, obispo de Toulouse, quien proclamó en una carta pastoral: “Los judíos son hombres, las judías son mujeres. Los extranjeros son hombres, las extranjeras son mujeres. No todo está permitido contra ellos, contra estos hombres, contra estas mujeres, contra estos padres y madres de familia. Forman parte del género humano”.